miércoles, 29 de diciembre de 2010

Un par de libros que han hecho que 2010 valiera la pena (la lista con los mejores del año pero en este caso reducidísima)

Termino 2010 aprendiendo a bailar con James Brown:



Pero antes (o casi antes) me siento en la obligación (sí, obligación) de elegir los mejores libros del año.

Los mejores: o sea, los que más me han gustado de los que he leído, los que en un momento dado han hecho que 2010 valiera la pena (entre otras 1.000 ó 20.000 cosas más). Aunque piquen, o escuezan, o hagan que todo se tambalee a tu alrededor.

O precisamente por eso, lo de siempre.

Y como ha sido un año a medias en el blog, reduzco la lista de los 10 de 2009 a ¿cinco?, ¿cuatro?, ¿tres?

No, esta vez sólo dos.

Algo así como mejor novela extranjera y mejor novela española, o mejor novela de un autor consagrado y mejor novela de otro que está empezando.

Y la primera, no por orden de preferencia, que en eso no me voy a meter, es Homer y Langley, de E. L. Doctorow.

Me remito a lo ya dicho.

La segunda es Nada es crucial, de Pablo Gutiérrez (Ed. Lengua de Trapo).

Me remito en este caso a lo escrito en otro sitio (On Madrid), copio y pego, aunque en realidad, todo se resume en una palabra: milagro. Porque lo que hace Pablo Gutiérrez aquí es un milagro: el de crear todo un mundo. Sí, claro, como Doctorow, es que en eso consiste la literatura:
De qué va. Historia del nene Lecu, Antonio Lecumberri, nacido en un descampado de Ciudad Mediana, hijo del Señor y la Señora Yonqui. E historia de Magui, que creció en el pueblo de Belalcázar, señalada por todos desde que su padre decidió abandonar a la familia para fugarse con un muchachito. La novela sigue la infancia y la evolución de ambos personajes en la España de los años 80 y 90, hasta que sus destinos se cruzan en la juventud. Gutiérrez ha sido incluido en la lista de los 22 mejores narradores hispanoamericanos menores de 35 años elaborada por la revista Granta y con Nada es crucial ha ganado el premio Ojo Crítico.

Qué nos gustó. Pablo Gutiérrez parece haber escrito Nada es crucial en estado de gracia. O mejor, en estado de trance, conectando con algo muy profundo dentro del lector y arrastrándole a lo largo de toda la novela a base de talento, imaginación y un ritmo casi hipnótico. A veces resulta terrible; a veces, divertidísimo; a veces, poético y a veces, o quizá siempre, consigue todo eso al mismo tiempo. ¿Algo más? Sí, la ternura que inevitablemente provocan Lecu y Magui en el lector. ¿Y algún pero? El final, aunque mejor no comentar nada y que cada uno saque sus propias conclusiones.
Y ya, cierro por este año, con una idea que no puedo quitarme de la cabeza y con cierta pena por no haber hablado de unos cuantos libros muy, muy buenos, libros recientes, de los últimos meses, libros estupendos, como Mi gran novela sobre La Vaguada, o El cuarteto de Whitechapel, o El apocalipsis de los trabajadores.

Da pena, sí, pero es que Belén Esteban acaba de decir en la tele que la pena es la mujer del pene.

Lo juro.

O sea, que quizá otro día, para empezar 2011, aunque creo que he renunciado a seguir escribiendo reseñas aquí (digo sólo reseñas): me da muchísima pereza.

Feliz año a todos.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Vamos a morir todos (o sea, otra forma de decir feliz navidad)

No se me ocurre mejor villancico.

Además, el vídeo es espectacular:



Y dice cosas como ésta (traduzco libremente):
Cuando no puedas dormir por la noche y no haya nadie a quien agarrarte
recuerda que yo estoy en las mismas
tienes que reírte en la oscuridad
todos somos uno entre un millón
pero estamos vivos, existimos, aún formamos parte del juego.
Pues eso, un año más, a seguir jugando, en la cena de navidad o donde sea, pero muy, muy en serio.

(Lo he encontrado en Música preventiva, donde tienen otras seis canciones para sobrevivir a la navidad y a mí me están funcionando. Hasta allí llegué gracias a gintonicdream.)

jueves, 16 de diciembre de 2010

Jean Genet como otro centenario más que celebrar pero esta vez casi sin puntos ni comas

Resucita el blog así de pronto porque ya me da un poco de vergüenza cada vez que voy al supermercado de mi barrio y veo a la cajera y pienso ay pobre que sigue su foto como la primera entrada del blog y encima hago chistes sobre cosas tan importantes como Vargas Llosa y los supermercados y también me atrevo a predecir por enésima vez la muerte de la industria editorial como hoy en un bonito despacho de una bonita editorial situada en una de las calles más bonitas de Madrid donde mi padre tenía también un despacho pero el suyo alquilado a la viuda de Onetti y una vez vinieron a robarlo y entraron con cuerdas por la ventana y no se llevaron nada pues nada allí tenía el menor valor menos una tortuga que yo le traje de uno de mis viajes porque entonces yo viajaba o sea que yo hoy estaba en ese otro despacho de la editorial esperando para entrevistar a una gran mujer que vende muchos libros y para entretenerme decía tonterías como de costumbre y hablaba más de la cuenta y decía primero cayeron las discográficas después cayó la prensa y los siguientes vais a ser vosotros editores y una becaria me tenía que aguantar sin llevarme la contraria mientras soñaba con marcharse de España y dejar toda esta mierda atrás y hacía bien y ojalá lo consiga y tenga una vida maravillosa en cualquier otra parte.

Hay aún otro motivo para volver a escribir aunque eso es quizá una excusa y me refiero al centenario del nacimiento de Jean Genet porque este blog además de muerto ya sólo escribe cuando se muere alguien que a su autor le interesa o cuando se celebra un cumpleaños de otro alguien mientras también esté muerto y mientras la cifra sea tan redonda como los 100 años que el domingo le hubieran caído a Genet al que el autor de este blog leyó con fruición durante unos sanfermines en Pamplona pero es que eso era lo mejor que tenía que hacer entonces aparte de todas esas cosas que suelen hacerse en sanfermines y que mejor es no nombrar porque es mejor decir que le leí y luego le seguí leyendo y luego le odié años y años hasta que un libro llamado El niño criminal y editado por Errata Naturae me lo volvió a descubrir igual que ahora la misma editorial que sí resistirá el diluvio y hasta el apocalipsis publica otros dos libros de Genet con entrevistas y demás el primero y el otro una novela pero aún así yo vuelvo a coger aquel libro que me acompañó a los sanfermines de 1994 para abrirlo al azar y encontrar un fragmento subrayado que habla de bares y de amor:
Todas ellas frecuentaban, por la noche, los bares estrechos que no tenían la fresca alegría y el candor de los bailes de mala nota. La gente se amaba en ellos, pero en medio del miedo, en medio de esta especie de horror que nos procura el sueño más amable. Nuestros amores tienen alegrías tristes, y aunque tenemos más ingenio que los novios domingueros a la orilla del agua, nuestro ingenio atrae la desgracia. Una risa no eclosiona aquí sino provocada por un drama. Es un grito de dolor.
Copio y pego también un vídeo precioso que he encontrado en youtube y en el que Genet demuestra que sólo había una cosa más poderosa que su afán por tocar los cojones y mantener su postura de soy un maldito que estuvo en la cárcel y fui marica antes que nadie y ladrón y lo peor de lo peor y eso más fuerte que él mismo se llama VANIDAD:



(Lo de no poner ni puntos ni comas hoy es un entrenamiento: ensayo para convertirme en moderno. Y si no, al menos, para dar el pego. Prometo no repetirlo más. El fragmento de Genet pertenece a Santa María de la Flores.)

sábado, 6 de noviembre de 2010

Vargas Llosa en el supermercado y Michel Houellebecq en mi móvil


Voy al supermercado y cuanto estoy a punto de pagar, me encuentro dos ejemplares de El sueño del celta, la última novela de Mario Vargas Llosa, en el sitio donde normalmente la cajera deja el boli y el papelillo de la tarjeta para que lo firmes. O el cambio si pagas en efectivo.

Nadie se los ha olvidado. Es que los venden.

Desde hace ya tiempo, en este supermercado de mi barrio (de la cadena Gigante) venden libros.

Hay unos expositores en la entrada, pero nunca había visto ejemplares de ninguna otra obra en un lugar tan privilegiado.

Pienso, lo primero, que la editorial (Alfaguara) ha debido pagar una pasta para que coloquen sus "productos" allí.

Pienso, luego, que esa imagen a Vargas Llosa le debe poner cachondísimo. Porque él es liberal y a los liberales, ya se sabe, no hay nada que les guste más que un mercado, un supermercado o, en su defecto, un hipermercado.

A mí, la imagen me incomoda y me desconcierta.

Me gusta por lo que tiene de popularización de la literatura. O sea, por acercar los libros a la gente, todo tipo de gente.

Me irrita como una muestra más de la hipermercantilización de nuestras vidas y de aquellas cosas que más nos gustan, o que consideramos lo suficientemente importantes como para dejarlas al margen de los intercambios comerciales. O, al menos, para establecer otro tipo de relaciones de compra-venta: en otro contexto, con otras reglas, etc.

Y sí, ya sé, es puritano, pero es que yo soy muy puritano, y por lo tanto, hipócrita: ¿qué diferencia hay entre vender libros en una librería o venderlos en un supermercado?

Mucha, muchísima.

Por suerte, llevo el móvil. Con él hago la foto que encabeza esta entrada y dentro de su memoria, guardo decenas de libros.

Últimamente no paro de leer en el móvil (un smartphone, es decir, uno de esos teléfonos con la pantalla muy grande y que hace casi de todo). Antes lo creía imposible, ahora me parece comodísimo. Leo, sobre todo, a Houellebecq, esta semana me ha dado por ahí: tan reaccionario, tan repugnante, tan sectario, tan lúcido, magistral siempre.

Él tiene un libro que se llama El mundo como supermercado (Ed. Anagrama), así que le dejo que piense por mí y que ofrezca una posible explicación de mi malestar al ver los libros de Vargas Llosa en la caja de del supermercado. Corto y pego (las cursivas son del autor; las negritas, mías):
Los peligros que actualmente la amenazan [a la literatura] no tienen nada que ver con los que han amenazado y a veces destruido a las demás artes; están mucho más relacionados con la aceleración de las percepciones y de las sensaciones que caracteriza a la lógica del hipermercado. Porque un libro sólo puede apreciarse despacio; implica una reflexión (no en el sentido de esfuerzo intelectual, sino sobre todo en el de vuelta atrás); no hay lectura sin parada, sin movimiento inverso, sin relectura. Algo imposible e incluso absurdo en un mundo donde todo evoluciona, todo fluctúa; donde nada tiene validez permanente: ni las reglas, ni las cosas, ni los seres. La literatura se opone con todas sus fuerzas (que eran grandes) a la noción de actualidad permanente, de presente continuo. Los libros piden lectores; pero estos lectores deben tener una existencia individual y estable; no pueden ser meros consumidores, meros fantasmas; deben ser también, de alguna manera, sujetos.
Y sí, claro, hay una relación innegable entre ambos hechos. Quiero decir entre que los libros de Vargas Llosa estén en la caja del supermercado y que yo lleve las obras completas de Houellebecq en mi móvil. Son dos, sólo dos de los muchos cambios que ya se están produciendo en la industría editorial. Dos muestras más de su fragilidad, del nerviosismo y la confusión, de cómo todos buscan mantenerse a flote y a veces da la impresión de que algunos han perdido el norte.

Imposible no cerrar hoy con el Lost in the supermarket de los Clash:

sábado, 16 de octubre de 2010

Ópera, revolución y lumpenproletariado (de Weill y Brecht a Die Antwoord)

Me despierto escuchando a Die Antwoord y recuerdo de pronto que yo tenía un blog:



Luego me pongo a escribir un mail muy largo en el que repito tres veces "estilo RDA años 70" y recuerdo que la semana pasada estuve en la ópera.

¿La ópera?

Sí, la ópera, pero es que eran Brecht y Weill:



El montaje de La Fura de Ascensión y caída de Mahagonny:



¿Y?

Espectacular el montaje, con todo el escenario lleno de basura, y de putas, y los leñadores que representan al proletariado embrutecido y alienado convertidos en ejecutivos de medio pelo muy satisfechos de sí mismos y uniformados con su traje gris. Y la gente manifestándose con pancartas que dicen: libertad para los ricos. Como la Cope. O Libertad Digital. O Díaz Ferrán. O no, bueno, ese ya ni siquiera es rico.

¿Y?

Potentísimo a ratos y profético siempre el libreto de Brecht, con esos tres canallas que deciden fundar una ciudad en el desierto para desplumar a los pobres incautos que aspiran a divertirse y en la que sólo hay una cosa prohibida: no tener dinero. Como Las Vegas, como Disneylandia, como Marina d'Or.

¿Y?

A mí es que no me gusta la ópera. En realidad la odio. Ni siquiera la ópera que aspira a ser una antiópera y acaba cayendo en la misma pomposidad. Mejor cuando Weill y Brecht aspiraban directamente a no hacer óperas, y escribían sus obritas musicales mucho más modestas, más coherentes, más lúcidas.

¿Y?

Muy divertido el Teatro Real y sobre todo, su público, esa mezcla de modernos con gafas de colores, por La Fura, y cacatúas escandalizadas por ese panfleto que acaban de ver y del cual no han entendido nada.

Todos, todos, todos apolillados.

Si Brecht y Weill hoy estuvieran vivos se llamarían Die Antwoord:


martes, 5 de octubre de 2010

Sobre 'Tiempo de vida', de Marcos Giralt Torrente


Leo Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente (ed. Anagrama), y creo que quizá haya llegado el momento de volver a escribir una reseña después de estos cinco meses tan raros.

En Tiempo de vida, Giralt Torrente habla de su padre y de sí mismo, de la difícil relación que mantuvieron siempre, de la reconciliación que se produjo a raíz de que al padre le diagnosticaran un cáncer, de su posterior muerte y del proceso de duelo del hijo.

Tiempo de vida es una historia en la que se mezcla el amor con el resentimiento, los celos con la admiración, la mayor generosidad con las actitudes más mezquinas.

Giralt Torrente escribe con sobriedad, sin apenas florituras, incluso a ratos con antipatía.

Y a pesar de eso o no, al revés, precisamente por eso, lo que consigue es desbordar y conmover al lector.

Una conmoción (o emoción) que evita todos los tópicos y cualquier rastro de ñoñería.

Una emoción que se consigue a base de talento, muchísimo talento, y honestidad.

Giralt Torrente se impone a sí mismo la obligación de decir la verdad, y sólo la verdad, y esa es la impresión que transmite: la de alguien que está luchando consigo mismo por ser sincero, aunque eso duela y suponga en muchos casos reconocer cosas que nunca deberían ser dichas.

Luego hay otras veces que la novela parece convertirse en una impúdica lista de reproches.

O en un ajuste de cuentas.

Pero no, no es eso

Tiempo de vida trasciende el relato cerrado sobre sí mismo, cargante y quejica de la neurosis.

Quizá tampoco sea la historia del noble hijo abnegado que a veces Giralt Torrente se cuenta a sí mismo.

Tiempo de vida es algo mucho más descarnado e interesante.

Una elegía, claro, y una historia sobre la pérdida y el abandono, sobre cómo ese sentimiento de soledad de la infancia acaba cristalizando en algo mucho peor durante la madurez. Y el dolor, y la pena, y la falta de consuelo frente a la muerte, y la falta de respuesta, o de sentido, y ese proceso devastador que nos lleva a convertirnos en padres de nuestros propios padres, o sea, a cuidarles, ducharles, alimentarles o limparles el culo. La fugacidad de todo, y la fragilidad, y la necesidad de perdonar y de perdonarnos, y de asumir, y de encajar, y de reconciliarnos con nuestros padres, y con la vida, y sobre todo, seguir, sí, seguir, como siempre, hay que seguir, aunque a veces no se tenga muy claro ni hacia donde ni para qué.

martes, 21 de septiembre de 2010

En el 150 aniversario de la muerte de Schopenhauer (enésimo intento de matar a uno de los mil padres posibles)


Corto y pego el poema A Arthur Schopenhauer, de Naguib Surur, incluido en el libro Hacer imprescindible lo que es necesario, traducido por Santiago Alba y Javier Barrera, y publicado por CantArabia:
¡Tú, oh Arturo, eres libre!
Concibe el mundo en tanto que voluntad
y representación
y después represéntate lo que quieras...
¡Eres libre!
Di que el entendimiento es limitado y corto,
que el mal en el mundo es eterno,
que el bien es mal y el mal es bien,
convierte el blanco en negro
y haz que el negro aumente su negrura...
¡eres libre!
Di que la gente es un rebaño de bestias
o de muñecos ciegos... di que la vida
es una horrenda pesadilla
puesto que eliges el pesimismo...
¡eres libre!
También yo me represento
lo que quiero.
¡Soy libre!
Y veo que eres un sucio cerdo
cuando nos invitas al suicidio
para vivir después setenta años...
¡y dos más!
¡Ah, ladino!
Eres hijo de banqueros y te enriqueces con la miseria,
todos predestinados... hasta los ricos...
Oh Arturo, que hipócrita eres...
¿Qué queda para nosotros, los pobres, sino la limosna?
También yo me represento
lo que quiero...
¡Soy libre!
Y veo que el banco es el mal en sí,
y veo que el mal es el banco en sí,
y la cosa en sí
y para sí
que hace de esta vida
una horrenda pesadilla.
Tú puedes opinar lo contrario... ¡eres libre!

sábado, 18 de septiembre de 2010

Creo que yo tampoco voy a salir de aquí (Micah P. Hinson va a publicar una novela)

En realidad, lo que yo siempre había querido era colgar esta canción:



Tan rabiosa, tan sincera, tan desesperada.

Y lo demás (todo lo demás), sólo ha sido un preámbulo, o una excusa, o una larga, larguísima, espera.

Pero ayer apareció el motivo que estaba esperando: una postal (la de la foto de abajo) me informaba de que su autor e intérprete, Micah P. Hinson, va a publicar una novela en noviembre:


Corto y pego lo que dice la editorial (Alpha Decay) en su web:
No voy a salir de aquí es, como la describe el propio Hinson, una nouvelette. Una novela breve escrita con ese mismo encanto del lirismo extrañado y melancólico que destila la vasta producción musical de este joven prodigio de la canción de autor norteamericana. Con pulso febril y exacto, Micah P. Hinson atrapa una secuencia de las vidas de dos jóvenes solitarios, enfermos, malditos y enamorados. Y los acompaña en un viaje suicida y sentimental cargado de preguntas. Los protagonistas de esta novela sólo encuentran una respuesta en el amor, entendido como un patético intento de superviviencia, y en la creación literaria, esfuerzo último de trascendencia. Una primera novela que se bebe a sorbos lentos y que recuerda, por su humor negro y su tristeza, al viaje a ninguna parte de los personajes de Buffalo ’66. Chico y chica a la deriva, con máquina de escribir a cuestas y muchas millas por delante. Impacto certero en el corazón desde alguna carretera secundaria perdida de Texas.
Y yo sólo puedo decir lo que ya dije el año pasado cuando me enteré de que Antonio Luque (Sr. Chinarro) iba a publicar un par de cuentos con esta misma editorial:
Ojalá no esté bien escrito, ojalá no esté bien construido, ojalá nos sorprenda, ojalá tenga algo que decir.

Y si la caga, no importa, le seguiremos escuchando de todas formas.
(Me encantan, por cierto, las autocitas, y que la realidad se esfuerce cada día un poco más por copiarse a sí misma, y repetirse, y ponérnoslo todo tan fácil, o tan difícil, según se mire.)

martes, 14 de septiembre de 2010

Más de librerías y libreros


Corto y pego (arriba) el reportaje que apareció publicado el viernes pasado en On Madrid (la guía de El País).

Si le das a la imagen, debería ampliarse e incluso tener el tamaño suficiente para que se lea.

Si no, que alguien lo diga y se busca la forma de hacerlo mejor.

A lo que iba: Diez librerías imprescindibles dice el título.

¿Imprescindibles de verdad?

Hombre, es una forma de hablar, depende de para quién.

Por supuesto, se puede vivir sin ellas.

En realidad, se puede vivir sin nada.

O casi.

Pero no merece la pena.

Las diez son buenas librerías y pretenden ofrecer algo distinto.

Librerías de Madrid (España).

Son sólo diez, podían haber sido veinte, o treinta.

Siento las que se han quedado fuera.

Y algún día hablamos de libreros, de lo achuchados que dijeron estar muchos.

De momento, un enlace para ver en acción al grandísimo Bernard Black, el librero más odioso y divertido de la historia.

YouTube no me deja insertar el vídeo, pero lo tienes aquí.

domingo, 22 de agosto de 2010

Que florezcan cien millones de tentativas abortadas (se nos ha muerto Fogwill)

Dicen que abril es el mes más cruel, pero a mí siempre me ha parecido peor febrero.

O agosto, el final de agosto: es como si el verano se esforzara cada año en morir matando.

Siempre, siempre, siempre, a finales de agosto, hay algo o alguien que intenta matarte.

Aunque sólo sea para que no puedas ir presumiendo por ahí (ojo, esto es un guiño a Julio Iglesias, no un homenaje) de haber sobrevivido a otro verano.

Y normalmente te salvas: de los accidentes de coche que te pasan rozando, de las infecciones tropicales que pretenden contagiarte aquellos que tienen la estúpida manía de viajar cuanto más lejos mejor, de las intoxicaciones alimentarias que llegan disfrazadas de ensaladilla rusa, de los ancianos que te disparan en una discusión de tráfico o de quienes se desmayan en un cine de verano justo delante de ti para que te agaches a atenderles y entonces, morderte la yugular.

Son cosas que pasan y tú te salvas, pero siempre hay alguien que cae.

Cayó Pavese.

Cayó Pascal.

Cayó Nietzsche.

Cayó Lady Di.

(Son sólo cuatro que murieron a finales de agosto, cito de memoria.)

Y hoy, leo, ha caído Fogwill.

Lo primero que pienso es que en estos meses apartado del blog y de pocas lecturas, lo que más he disfrutado han sido sus cuentos: los cuatro o cinco, quizá seis o quizá siete, leídos en los transportes públicos y por la calle, corriendo porque llegaba tarde a algún sitio. Y leídos exclusivamente por el placer de leerlos, quiero decir que nunca pensé escribir nada de ellos, ni aquí ni en ninguna otra parte. Leídos para desintoxicarme y olvidar todo lo demás.

Pero parece que sí, que toca, que la sorpresa de su muerte (yo ni siquiera sabía que estaba tan enfermo) obliga a decir algo sobre lo bueno que fue este tío, lo cruel, lo inteligente, y lo guarro.

Fogwill escribe como ningún otro antes, es imposible confundirle, tiene eso que se llama un mundo propio, pero a lo bestia y al mismo tiempo, fingiendo que no le concede ninguna importancia.

Pura pose, por supuesto, lo de no querer parecer un escritor, y escribir con esa sencillez inicial que luego inmediatamente se convierte en algo muy complejo y que siempre acaba mezclando sexo y política, una ironía muy seca y muy áspera con esas escenas tan suyas de coprofilia, de ménage à trois entre hermanos, de lesbianas karatecas, de soldados follándose a los ovejas. Escenas llenas siempre de violencia (explícita o implícita).

Y todo ello sin despeinarse, como la cosa más normal del mundo.

Toda la potencia narrativa de Fogwill radica precisamente en esa amoralidad. Su falta de escrúpulos, o su supuesta falta de escrúpulos, es la que pone en jaque al lector, la que le incomoda, la que hace que se plantee mil preguntas y también que disfrute hasta el punto de babear o de dibujar en su rostro un gesto indescriptible, mezcla de asombro, fascinación, envidia, cierta repugnancia y una entrega absoluta hacia lo que se está leyendo.

Tan amoral, o tan supuestamente amoral, y tan ambiguo en su escritura como lo fue en su vida.

Baste recordar que Fogwill, el hombre que escribió Los pichiciegos, la gran novela sobre la Guerra de las Malvinas, la que ponía en evidencia todo su disparate y todo su absurdo, la que convertía a los soldados en una especie de topos o armadillos que viven bajo tierra y que durante años estuvo censurada en Argentina, era el mismo que justo en ese momento trabajaba en una empresa inglesa que asesoraba al ejército argentino.

Algunos se rasgarán las vestiduras.

Otros, quizá compendan mejor esa supuesta, sólo supuesta, amoralidad, o la tensión de la que surge, o lo que a partir de ahí, y con un talento infinito, se puede escribir.

Igual que lo que hizo con este poema (que sí pero no, y del que copio el título de esta entrada):



¿Qué?, ¿qué hizo? Lo convirtió en un anuncio de Coca-Cola dirigido por su propio hijo:



Borges describió a Fogwill de forma muy despectiva como el hombre que más sabía de cigarrillos y automóviles del mundo.

A lo que Fogwill, respondió: sí, él escribe mejor, pero yo tengo mucha más vista.

O sea, que sí, un cabrón, un cabronazo, aunque mucho menos que Borges, y muy bueno, buenísimo, imprescindible.

Dejad ya la playa, o la piscina, poneos en pie, volved a ser personas y corred todos a vuestra librería, o a una biblioteca, o descargadlo de internet (creo que hay bastantes cosas suyas colgadas). Leed todos a Fogwill.

(Los relatos a los que hacía referencia y que he estado leyendo son los recogidos en el volumen Cuentos completos, publicado este mismo año por Alfaguara.)

martes, 6 de julio de 2010

La noche que me encontré a Kafka por la calle

Madrid por las noches es un sitio extraño.

Sobre todo en verano.

Te pones a andar porque quieres volver a casa y de repente apareces en tu antiguo colegio (pero no, eso en el fondo tiene su gracia e incluso es bonito. Sí, bonito).

Luego vas a visitar la casa de una muerta, le presentas tus respetos y compruebas que el bar que había justo debajo, donde ella se rompió varias veces la pierna, y la cabeza, donde perdió un ojo y todo su dinero jugando borracha al póquer tampoco existe. Se murió de pena, el bar y todos sus parroquianos, después de que ella, la muerta, muriera.

Que Dios, sí, Dios, la tenga en su Gloria.

Y entonces, colgado en una pared, donde antes había unos tablones o las vallas de una obra o lo que fuera, te encuentras con él, (¡¡¡¡¡oh, es él!!!!!), seis versiones del mismo retrato, pero así como movidas, o distorsionadas, un rollo muy baiconiano.


Y le empiezas a dar vueltas a la cabeza. Cómo era, te dices: ¿"en la batalla entre el mundo y tú ponte siempre del lado del mundo" o "en la batalla entre el mundo y tú apuesta siempre por el mundo"?

Porque la frase puede parecer lo mismo pero no tiene nada que ver.

Y ya, por fin llegas a casa y corres a la estantería y coges el libro donde crees que estaba (Aforismos de Zürau. Franz Kafka. Ed. Sexto Piso) y empiezas a leer y lo primero es esto:
A partir de un cierto punto, ya no hay regreso posible. Éste es el punto a alcanzar.
Y lo siguiente:
¿Cómo alegrarse del mundo sino cuando se refugia uno en él?
Y más:
Escondites, innumerables; salvación, una sola; pero tantas posibilidades de salvación como escondites.
Y otro:
En teoría existe una posibilidad perfecta de felicidad: creer en lo indestructible dentro de uno mismo y no aspirar a ello.
Y sigues y sigues leyendo a Kafka, y ya no paras, mientras de fondo Micah P. Hinson se queja de lo mala que es la Heineken y se canta unas coplillas con la foto de su mujer en la guitarra.

lunes, 28 de junio de 2010

"¡Éramos tan hermosos!... Pero la cagamos". (Algunas entradas que me gustaría haber escrito durante estos meses)


(Esta es una entrada que habla de series de televisión y que está llena de vídeos. Pero los vídeos no se ven bien: la columna es muy estrecha y se pierden los subtítulos. Creo que si hacéis doble clic sobre el vídeo os lleva a la página de youtube y allí podréis verlos bien.)

1.
Sobre Misfits, la mejor reivindicación de la generación Paquirrín (o generación ni-ni), sólo que en versión inglesa y después de que los chavalines hayan adquirido superpoderes. Y mucho más que eso. Haría falta toda una entrada (o dos) para explicar lo maravillosa que es esta serie (sí, maravillosa). Y tronchante:



2. Sobre Shameless, otra serie que demuestra que nadie se ríe como los ingleses. Y que nadie retrata como ellos las miserias. Hay quien dice que es una obra maestra. Y ese alguien no es cualquiera:



3. Sobre Malviviendo, un auténtico milagro de serie, puro talento. Y en el fondo, aterradora, porque pone en evidencia el país en el que vivimos. O sea, tan cutre o más que Inglaterra, pero con una diferencia: aquí ninguna televisión se atrevería a emitir algo tan real, tan divertido y tan bestia. Ni siquiera después de haber arrasado en Internet. Pues eso, a ver si nos eliminan ya del mundial. (Y la serie completa e imprescindible, aunque a ratos algo irregular, en su web):



4. Sobre Treme, otro milagro, pero que esta vez cuenta la vida en Nueva Orleans de un grupo de músicos después de la tormenta y el desastre. Y que habla de eso que en este blog nos gusta tanto: la épica contemporánea. Es decir: una épica precaria e incluso absurda, la de aquellos que a pesar de todo, todo, todo se esfuerzan por hacer lo que consideran que tienen que hacer y al mismo tiempo, y a pesar de todo, todo, todo, consiguen seguir vivos.



(Como se ve, sigo de vacaciones del blog (sólo del blog): busco series que me entusiasmen, hago algunas cosas más y leo muy poco. En cuanto me quite un par de esas cosas de encima y vuelva a leer, retomaré el blog. O cuando sea. Imposible, de momento, fijar una fecha, pero seguramente en verano, mientras muchos de vosotros estéis por ahí de vacaciones.)

martes, 25 de mayo de 2010

Oh, sí, existen otros mundos y yo sigo de excursión por ellos...

... Aunque uno de estos días igual me animo y escribo una entradita sobre una serie de cuentos muy chulos que he leído.

Mientras, os dejo con un colega que he conocido estas semanas y que lo explica todo mucho mejor que yo...

martes, 4 de mayo de 2010

Sobre 'Homer y Langley', de E. L. Doctorow


Todo mundo está condenado a derrumbarse, a romperse, a explotar, a pudrirse.

Pero de cada derrumbe, explosión o carroña surge siempre e inevitablemente otro mundo.

Incluso cuando no quedan fuerzas ni ilusiones ni ganas surge otro mundo: en ese caso, son mundos de sombras, cenizas y polvo, mundos enfermos y en los que sólo encuentras cascotes.

Y mientras, la vida sigue, la vida siempre sigue y se lo lleva todo por delante, a la espera del gran calambre final.

Homer y Langley, de E. L. Doctorow, editado por Miscelánea y traducido por Isabel Ferrer y Carlos Milla, es un libro que habla justo de eso: de un mundo de lujo y esplendor que ya desde el principio lo ves derrumbarse y de la incapacidad de sus supervivientes para hacer nada digno a partir de ahí.

Homer y Langley no es una novela histórica, como otras de Doctorow, al que algunos acusan de haber inventado la novela histórica posmoderna, o sea, una novela histórica en la que todo, o gran parte de lo que se cuenta, es mentira.

Homer y Langley es una novela de terror, o novela psicológica, o si se quiere, una distopía.

Doctorow parte de un caso real, el de Homer y Langley Collyer, dos hermanos de buena familia que en los años 40 se hicieron famosos en Nueva York por convertir su mansión de cuatro plantas en un vertedero o mejor, una chatarrería.

Acumularon, acumularon y acumularon.

Se refugiaron detrás de 200 toneladas de objetos: decenas de pianos, cientos de miles de periódicos guardados durante más de tres décadas, máquinas de rayos X, máquinas de escribir, colchones, bicicletas y hasta un Ford T que instalaron en el comedor.

Al morir ambos, la policía y los bomberos tuvieron que recurrir al tejado. Ni por las puertas ni por las ventanas se podía entrar en la casa. Homer, ciego e inválido, había muerto de sed y de hambre. Langley le llevaba la comida cuando se le cayeron encima varias pilas de periódicos que le aplastaron. La policía tardó casi 20 días en encontrar el cadáver. O lo que las ratas habían dejado de él.

Doctorow parte de esa historia y luego, como de costumbre, cambia lo que le da la gana (el sábado, en Babelia, publicaron una entrevista con él y explicaban algunos de estos cambios).

Doctorow, como él mismo dice, no investiga.

Doctorow interpreta el misterio de Homer y Langley y lo que le sale es una historia sobre la incapacidad de vivir, la depresión, la disfuncionalidad, el aislamiento, la paranoia en la que acaba degenerando siempre el afán por instalarse fuera de la realidad, el horror ante el paso del tiempo y eso que uno de los personajes llama "la fortaleza que da carecer de ilusiones". Es decir, la fortaleza y el empecinamiento de determinados tipos de locura.

Y lo peor, lo que más acojona, es que Doctorow no hace una caricatura de Homer y Langley. Todo lo contrario: Homer y Langley son muy humanos, tan humanos como tú y como yo, tan humanos que producen ternura y asco. Y Doctorow te va contando el proceso, un proceso enajenado y cotidiano, muy cotidiano, cómo va ocurriendo todo, poco a poco, y lo que demuestra es eso que ya sabíamos: que sí, que también se puede vivir de esa manera, que mientras tanto hay vida, todo el rato hay vida, aunque sea otra forma de vida, claro, plegada sobre sí misma, y que cuando un mundo se derrumba, se rompe, explota o se pudre, la vida sigue y lo que hay que hacer es construir otro mundo, y si no, te conviertes en fantasma, fantasma en vida, y tu casa y el tiempo que te queda en un manicomio lleno de basura, de periódicos atrasados y de miedo, y que sí, que tal vez eso sea otra metáfora, la casa de los Collyer como metáfora, pero una metáfora bien real, tan real como 200 toneladas de mierda, o tan real como la disfuncionalidad y la desesperación.

(Y ya, yo lo dejo temporalmente: me voy a tomar unas semanas de descanso, sin dramas, nada que ver con Homer y Langley, es sólo que tengo que centrarme en otras cosas y quizá en algún otro mundo. Vuelvo a finales de mayo, mientras os dejo la despedida más alegre y bonita que ahora mismo se me ocurre. Que nadie se ofenda: no es una metáfora ni un arrebato más de megalomanía. Es sólo un chiste final. Y gracias, como siempre, gracias a todos.)

viernes, 30 de abril de 2010

Motivos para el viaje (Tulsa, Margarit y otra vez Doctorow)

Hay viajes atormentados:



Y hay viajes en busca de un poco de luz:
Viajar es arriesgado pero a veces me muevo
–las espinas haciendo de muletas–
y, por torpe, las olas me revuelcan.
En el mar peligroso busco la roca
de donde no haya de moverme nunca.
En la armadura soy mi propio prisionero:
una prueba de cómo, si no hay riesgo,
la vida es un fracaso.
Afuera está la luz y canta el mar.
Dentro de mí la sombra: la seguridad.
Lo anterior es un fragmento de Erizo de mar, poema de Joan Margarit incluido en el libro El primer frío y editado por Visor, no me convence demasiado, oscila entre cierta cursilería y la obviedad, pero Margarit, en general, es grande y transmite la idea que quería.

Hay también quien viaja después de leer un libro, casi como si huyera.

Porque hay libros que te afectan físicamente, ya se ha dicho aquí otras veces, y hay libros que van un paso más allá y te revuelven por dentro, te sitúan en una encrucijada, o te recuerdan que estás en una encrucijada, y te plantean determinadas exigencias.

A mí me ha pasado con Homer y Langley, de E. L. Doctorow y editado por Miscelánea.

Homer y Langley es un libro sobrecogedor y maravilloso (sí, maravilloso), capaz de emocionarte y que al mismo tiempo, te pone los pelos de punta.

Entras en él como quien entra en una catedral: en silencio, andando muy despacito, aguantándote la ganas de arrodillarte y ponerte a rezar.

O al revés, aguantándote las ganas de gritar, de profanar el altar mayor, de atacar al Cristo.

Ante la historia de los hermanos Collyer, Homer y Langley, sólo puedes sentir eso: fascinación y horror.

Y asco, y miedo, y piedad.

Pero de Homer y Langley mejor hablamos otro día y así yo sigo exagerando un ratito y poniéndome histriónico.

Ahora no.

Ahora me voy de viaje.

Sed buenos todos.

martes, 27 de abril de 2010

Nuevas visiones del apocalipsis (sobre 'Dios ha muerto', de Ron Currie)


Leo Dios ha muerto, primera novela de Ron Currie, editada por Seix Barral y traducida por Pedro Donoso.

Dios ha muerto empieza muy bien: Dios decide reencarnarse y lo hace en el cuerpo de una mujer africana que busca a su hermano en un campo de refugiados de Darfur.

Colin Powell anda por ahí, muy cabreado porque Bush nunca se le pone al teléfono y porque le han elegido Secretario de Estado sólo por ser negro pero por eso mismo también le odian y le desprecian, y encima los sudaneses le ven tan blanco que ni siquiera le consideran negro.

Colin Powell, con su gran todoterreno, su aíre acondicionado y su ejército de guardaespaldas, ve a la mujer y aunque no sabe que es Dios, decide ayudarla, pero lo lía todo aún más, y a ella, o sea, a Dios, la matan y vienen unos perros y se lo comen y los perros empiezan a hablar y le dicen a todo el mundo que se han comido a Dios y que sabía muy mal y que ya está, que Dios ha muerto.

Un gran principio, porque además es un Dios impotente, y horrorizado ante el mundo que ha creado, y con una herida en la pierna llena de gusanos, y que se siente culpable, y que sufre el calor, y que intenta hacer algo por los hombres, darles de comer, por ejemplo, pero que ni siquiera eso puede.

A partir de ahí, Currie nos cuenta qué pasa en el mundo después de conocerse la muerte de Dios a través de distintas historias, que bien podrían funcionar como relatos independientes, con distintos personajes y distintos planteamientos.

Hay suicidios, hay historias de amor, hay gente que busca sustitutos de Dios y hay guerras, pero ya no por motivos religiosos sino por cuestiones filosóficas: los psicoevolucionistas contra los antropologistas posmodernos.

A veces es muy violento y a veces te ríes.

A veces también tienes esa sensación que se tiene siempre ante las buenas historias de ciencia ficción: sabes que, en el fondo, de lo que te están hablando no es ni de marcianos ni de otras dimensiones, sino de ti y del mundo que te rodea.

A veces, incluso, este Currie tiene ideas tan buenas, tan lúcidas y tan disparatadas que hasta te recuerda a Chuck Palahniuk.

Pero a veces se vuelve un poco tostón y de las nueve historias del libro algunas son muy flojitas.

Y cuando ya llevas un rato con esa sensación tan desagradable y tan triste, y empiezas a mirar cuantas páginas faltan para que se acabe, y la decepción parece que se lo va a llevar todo por delante y te va a dejar un mal sabor de boca, entonces, ya que estamos hablando de Dios, ocurre el milagro.

Sí, el milagro, un relato o capítulo final que se llama Retirada y que es lo mejor de todo el libro, mejor incluso que el principio, uno de los mejores relatos de ciencia ficción que he leído en mucho tiempo. Grande, inmenso, fantástico.

Respiras aliviado, sonríes y te dices a ti mismo: ¿cómo podría digerir yo esto?

Y te acuerdas del último vídeo de M.I.A., del que hablaban hoy en uno de los blogs de El País, y comprendes que sí, que los dos, el vídeo y Currie, tienen el mismo espíritu, aunque donde el vídeo pone música, Currie va y pone su sentido del humor.

Muy bueno este Currie, muy diferente, habrá que seguirle la pista.

M.I.A, Born Free from ROMAIN-GAVRAS on Vimeo.

domingo, 25 de abril de 2010

La Tarde/Noche de los Libros 2010 (impresiones y hasta una minireseña de 'Bilbao-New York-Bilbao', de Kirmen Uribe)


Madrid, 23 de abril de 2010...

*
A media tarde, hay una gran cola en la Casa del Libro. Tan grande como la que suele haber todos los años la víspera de Reyes. No hay nadie firmando, no hay música, no tienen lo que yo busco. Compro Hollywood Babilonia para regalarlo. Después de pagar digo: "gracias". Ni siquiera responden. ¿Por qué siempre acabo volviendo a la peor librería de Madrid? Por comodidad, claro, y por masoquismo, y porque luego me da mucho juego para quejarme y llorar un poquito en este blog.

* En Abac, que es otra cadena de librerías, tampoco tienen lo que busco. Pero son amables: sonríen, miran en el almacén, responden cuando das las gracias...

* En Abac hay una orquesta en la puerta y una escritora a la que han sentado en una mesa rodeada de libros suyos para firmarlos.

* A mí los autores que firman sus libros siempre me producen una extraña piedad. Si no firman, se les ve perdidos y como avergonzados, disimulan, no saben a dónde mirar, se replantean toda su vida y sus carrera, imagino: los errores que han cometido, los libros que no han escrito, las personas a las que querían y nunca debieron abandonar...

* Pero es aún peor cuando tienen una gran cola de gente esperando porque entonces yo siempre imagino que son lectores furiosos que van a pedirles cuentas: ¿cómo has podido escribir semejante mierda?, ¿por qué has matado a tal personaje?, ¿me devuelves el dinero del libro y me pagas una indemnización por el tiempo que he perdido leyéndolo o te parto las piernas?

* Tampoco en la librería de mi barrio tienen lo que yo busco.

* Lo que yo busco son Las crudas, de Esther García Llovet, y si no, Las primas, de Aurora Venturini.

* Por la noche me acerco al Círculo de Bellas Artes. Kirmen Uribe y Quique González van a hacer algo juntos. Algo, no sé muy bien qué.

* Kirmen Uribe es el último Premio Nacional de Narrativa por su novela Bilbao-New York-Bilbao, editada en euskera por Elkar y en castellano por Seix Barral. También escribe poesía.

* De Bilbao-New York-Bilbao no he escrito aquí. Quizá sea el momento de hacerlo ahora. Bilbao-New York-Bilbao es una mezcla del rollito Nocilla con un espíritu tipo Manuel Rivas. Por un lado es muy, muy moderno y hace todas esas cosas que hacen los nocilleros: el autor se incluye a sí mismo como personaje (autoficción), mete también artículos de la Wikipedia y fragmentos del diario de un niño de 12 años (intertextualidad), te va contando como escribe la novela y cómo quiere que sea (metaliteratura o work in progress), etc. Pero en lugar de plantearlo en un paisaje digital, hipermoderno o mutante, los referentes de Uribe son sus raices, su historia, su familia y el País Vasco.

* Lo bueno de Bilbao-New York-Bilbao es que esa mezcla funciona y que tiene fragmentos estupendos, sobre todo cuando habla del mar, las olas y los marineros. Lo malo es que es muy blandito, incluso ñoño a ratos, demasiado sentimental y demasiado políticamente correcto. Cuestión de sensibilidades, supongo.

* Kirmen Uribe en vivo y recitando sus poemas o fragmentos de Bilbao-New York-Bilbao es como en su novela: buen tío, con talento, pero blandito.

* Quique González para algunos es un coñazo. Pero a mí me gusta. Mucho, mucho, mucho.

* Quique González empieza con esta canción, Doble fila, una de las mejores canciones sobre el adulterio que se han escrito jamás (sí, adulterio: Ayuntamiento carnal voluntario entre persona casada y otra de distinto sexo que no sea su cónyuge, según la RAE):



* Pero Quique González no canta esta canción, Avería y redención, y a mí me hubiera gustado oírla:



* Entre Kirmen Uribe y Quique González hay muy buen rollo: uno canta con la guitarra o el teclado, el otro recita y comentan que van a hacer algo juntos. Lo cometa Quique González: dice que le está poniendo música a algunos poemas de Uribe.

* Salgo del Círculo. Pienso en Del Diego. Creo que es el único sitio de Madrid donde voy a poder tomarme una copa después de casi un mes a palo seco. Me imagino entrando, como Jack Nicholson en El resplandor:



Pero en lugar de una botella de bourbon, yo diré: por favor, prepárame algo que no tenga ron, por si se me cierra la traquea, y que tampoco sea ni ácido ni amargo, por si mi estómago revienta, ponme algo dulce y suavecito, pero que no sea un puto zumo de melocotón, algo con un poco de alcohol y que me haga terminar esta Tarde/Noche con una sonrisa.

Una sonrisa y ni un libro más.

Hoy no más libros.

Hoy sólo sonrisas, copas dulzonas y absurdas, y 10 o 12 horas por delante para dormir de un tirón.

Eso y felices sueños.

jueves, 22 de abril de 2010

Esperanza Aguirre, Doctorow y el espíritu del Día del Libro


Mira la foto: ese es el espíritu.

Mírala porque parece que esté en un mercado: con ese gesto, tan popular, casi ordinario, como la encargada de un puesto de carne o de pescado (no, no voy a decir verdulera), que anuncia a gritos el género y lo exhibe orgullosa.

La veo, veo a la PRESIDENTA con un libro en la mano y siento un escalofrío, porque yo siempre que la veo a ELLA siento un escalofrío, y hasta un estremecimiento, no sé por qué. O sí, sí que lo sé y por eso mismo no pienso decirlo.

Pero hoy no me da miedo: la PRESIDENTA no me amenaza con ese libro que tiene en la mano.

La PRESIDENTA anuncia la fiesta.

Y me gusta cómo lo hace porque no se pone seria ni circunspecta ni con cara de estreñida.

La PRESIDENTA parece poseída por el mismísimo Sant Jordi, anima a regalar libros, y yo, quizá por primera vez en la vida, no siento ganas de llevarle la contraria.

Está bien regalar libros, y que los libros salgan a la calle, y que te hagan un 10% de descuento, y que por un día se hable de libros (aunque sólo sea un día), y que se formen colas por el rollo fetichista de las firmas, y que la gente entre en las librerías.

Está bien perderle el miedo a los libros: tocarlos, olerlos, abrirlos al azar o por el principio, hojearlos, buscar uno que merezca la pena, reírte de otros, huir de aquellos que sabes que sólo contienen basura.

Está bien esa actitud e ir a las librería como se va al mercado en día de fiesta, aunque a algunos les parezca ordinario y muy poco elevado.

O sea, tratar a los libros como se trata a un filete o una sardina o una manzana: algo con lo que se puede disfrutar y que a la vez te alimenta y te permite seguir viviendo y etc, etc, etc.

Con respeto.

Y quizá hasta con amor (sí, con amor).

Pero sin la menor solemnidad.

Sin pedantería.

Sin hacer todo lo posible para que el aburrimiento cause decenas de víctimas mortales (y cuantas más, mejor).

Ojalá el Día del Libro, o la Noche de los Libros, sirva para eso.

Ojalá mucha gente de la que no suele ir a las librerías, o que va poco, se acerque a una de ellas y encuentre uno de esos libros que te cambian la vida, y que son como un fogonazo, y que después de leerlos, ya no puedes parar.

Ojala, ojalá, ojalá.

Feliz Día del Libro a todos.

O Feliz Sant Jordi.

(¿Y Doctorow? Doctorow, E. L. Doctorow, es el autor de Homer y Langley, el libro que yo mañana me voy a regalar a mí mismo: supersolipsista, Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como. O no, para nada, en realidad es sólo un capricho.)

martes, 20 de abril de 2010

Sólo en sueños soy tan deplorable (sobre 'Sueños', de Franz Kafka)


Contar los sueños debería estar prohibido.

Por impúdico.

Y porque casi siempre son un coñazo.

Hay aún otro peligro: la mezcla de lo impúdico y el coñazo.

Los sueños suelen ser pastosos.

Nuestro inconsciente es pastoso.

En él se van quedando los restos del día.

Como una fosa séptica: si te asomas, a lo mejor, te acabas ahogando en la mierda.

Imagina que encima la mierda es de otro.

No.

Pero imagina que ese otro es un tal Franz Kafka.

Entonces, las cosas cambian.

Los sueños siguen siendo pastosos, o muy pastosos, incluso, e impúdicos, terriblemente impúdicos.

Pero ya no son un coñazo.

Kafka tuvo sueños tan cotidianos como éste:
Hoy he soñado contigo y con tu padre, podría acordarme de los detalles, pero no quiero pensar en ello. Sólo sé que, estando aún en la puerta, le contestaba: «Puede que simplemente esté enfermo».
Y Kafka también tuvo sueños así:
Quiero interpretar tu sueño. Si no te hubieras tumbado en el suelo entre las fieras, no habrías visto el cielo estrellado y no habrías sido liberada. Tal vez no hubieras sobrevivido a la angustia de la posición vertical. A mí me ocurre lo mismo. Es un sueño común que has tenido por los dos.
Kafka, cuando cuenta sus sueños, dice frases como: "Anoche asesiné por ti" o "Sólo en sueños soy tan deplorable".

Y a veces, él mismo cree que es más útil dormido, por lo que sueña, que despierto. Mientras que otras, ya no soporta tanta actividad inconsciente y se queja desesperado. Dice: "No puedo dormir. No hago más que soñar", y acojona.

En los sueños de Kafka hay teatros infinitos, niñas ciegas y viajes a Laponia.

Y cartas, muchas, muchas cartas.

Y su padre, y Milena, y hasta una pared cubierta de mierda (otra vez la mierda) que él tiene que escalar pero que se resbala.

Kafka nunca reunió sus sueños en una única obra, cuaderno o lo que fuera. Los desperdigó por sus diarios, sus cartas, etc. Ahora la editorial Errata Naturae ha seguido el camino inverso y los ha juntado todos en un librito que se llama Sueños.

Hoy Vila-Matas hablaba de él
en El País y lo calificaba como: "un recuento sobrecogedor, sobre todo cuando comprendemos que ese material (los sueños) se infiltró directamente en su propia biografía".

Lo que no cuenta Vila-Matas es que lo verdaderamente sobrecogedor, o más que eso, lo aterrador, de Kafka, es que ese mismo material, y en general cualquier otro, donde de verdad se infiltra es en la vida de quien lo lee.

Se infiltra.

Se infiltra.

Y se infiltra.

Y yo sé que esta noche volveré a tener pesadillas, como tantas otras noches, pero hoy, por lo menos, serán las pesadillas de Kafka.

(La foto no sé de quién es. La encuentro en una página de MySpace, pero tampoco creo que sea de ahí.)

domingo, 18 de abril de 2010

Un jinete misterioso busca venganza... (sobre 'Aliento a muerte', de F. G. Haghenbeck)


Leo Aliento a muerte, de F. G. Haghenbeck y editado por Salto de Página.

Aliento a muerte es la historia de una venganza: la de Adrián Blanquet, que tras perder una guerra, vuelve a casa y se encuentra que han matado a su padre y a su mujer.

La guerra que ha perdido es la que enfrentó a los partidarios del emperador Maximiliano I con las tropas republicanas en el Méjico de mediados del siglo XIX.

Aliento a muerte tiene algo, o mucho, de western crepuscular: un jinete al que todos creen muerto llega a un pueblo, que también parece muerto, sobre su caballo negro y famélico, etc.

Aliento a muerte a ratos se convierte en un thriller ultraviolento, quizá porque lo primero que hace ese mismo jinete es cortarle los huevos a uno y metérselos en la boca.

Y también Aliento a muerte recuerda a una novela histórica. Novela histórica, eso sí, con espíritu de cómic. O si prefieres, novela histórica traviesa, porque explica muy bien ese momento de la vida de Méjico, aunque lo hace inventándose una exposición de cuadros que no existen pintados por autores que tampoco existen.

Pero sobre todo, Aliento a muerte está lleno de sorpresas, de caprichos y de cierta ironía, de giros inesperados de la historia, de momentos en los que te das cuenta de que nada es lo que parece o lo que tú esperabas, de cocineros enanos y aficionados a los jovencitos que en su día trabajaron para P. T. Barnun, y hasta de prostitutas adolescentes, perversas y además, siamesas.

O sea, muy curioso, muy divertido, pelín retorcido (sólo, pelín) y con momentos estupendos.

¿Y no se le va la mano al autor?

Sí, claro, de tanto dar vueltas y más vueltas, el final se le acaba yendo y le queda un poco pasado de rosca.

Pero da igual, no molesta demasiado.

Y mejor asumir riesgos que contar siempre la misma historia.

Por cierto, hablando de asumir riesgos, una versión del Born Slippy, a cargo de un grupo que no conocía y del que hoy me han hablado. Aún no sé si me gusta, pero su nombre casi me ha hecho llorar: Get Well Soon.

Feliz semana a todos (y gracias, mil, mil gracias a quien me lo ha recomendado y también a quien ha sacado su móvil de última generación y con pantalla táctil para apuntar eso tan bonito: GET WELL SOON).

viernes, 16 de abril de 2010

Hay una cámara dentro de mí (con un relato de Rubem Fonseca)


Hay gente a la que le asusta mucho que le metan cosas por el culo.

A mí, me da más miedo que me metan cosas en la boca.

Las cosas que te meten por el culo pueden doler.

Las cosas que te meten en la boca te pueden matar: envenenado o asfixiado.

A no ser que te empalen, claro.

A mí ahora me van a meter una cámara de televisión o de vídeo, no sé, por la boca.

No, no voy a Sálvame.

Se llama endoscopia.

Mi estómago está tan roto que ya no tolera ni la cerveza.

Y eso es grave.

Muy, muy grave.

Gravísimo.

Me voy corriendo.

Cuando salga, igual me he convertido en otro.

Ojalá.

Mientras, sólo podré pensar en este cuento de Rubem Fonseca.

Se llama Orgullo:
En varias ocasiones había oído decir que por la mente de quien está muriendo ahogado desfilan con vertiginosa rapidez los principales acontecimientos de su vida y siempre le había parecido absurda tal afirmación, hasta que un día ocurrió que estaba muriendo y mientras moría se acordó de cosas olvidadas, de la noticia del periódico según la cual en su infancia pobre él usaba zapatos agujerados, sin calcetines y se pintaba el dedo del pie para disimular el hoyo, pero él siempre había usado calcetines y zapatos sin hoyo, calcetines que su madre zurcía cuidadosamente, y se acordó del huevo de madera muy liso y suave que ella metía en los calcetines y zurcía, zurciendo todos los años de su infancia, y se acordó de que desde niño no le gustaba beber agua y si se bebía un vaso lleno se quedaba sin aire, y por eso permanecía el día entero sin beber una gota de líquido pues no tenía dinero para jugos o refrescos, y que a veces a escondidas de su madre hacía refresco con la pasta de dientes Kolynos, pero no siempre tenían pasta de dientes en su casa, y en el momento en que moría también se acordó de todas las mujeres que amó, o de casi todas, y también del piso de madera roja de una casa en la que había vivido, aunque angustiado no logró recordar qué casa era aquélla, y también del reloj de bolsillo ordinario que rompió el primer día que lo usó, y también del saco de franela azul, y del dolor que lo había hecho arrastrarse por el suelo, y del medico que decía que necesitaba hacerle una radiografía de las vías urinarias, y cuanto más lo cercaba la muerte más se mezclaban los recuerdos antiguos con los recientes, él llegando atrasado al consultorio del médico que ya estaba vestido para salir, ya hasta había permitido que se fuera la enfermera, y el médico con prisa, ansioso como alguien que va a encontrar a una novia muy deseada, mandándole que se quitara el saco, se levantara las mangas de la camisa y que se acostara en una cama metálica, explicándole que a fin de cuentas la radiografía no se tardaría mucho, sólo había que inyectar el contraste y sacar las placas, y el médico se inclinó sobre la cama para aplicar el contraste en la vena del brazo y él sintió el olor delicado de su perfume y pudo observar su corbata de bolitas, y no pasó mucho tiempo cuando empezó a sentir que la laringe se le cerraba impidiéndole respirar y él intentó alertar al médico pero no logró emitir sonido alguno y todas las reacciones vinieron a su mente, la noticia del periódico, el saco azul, el piso de madera, las mujeres, el huevo liso de madera de su madre, mientras el médico en una esquina del consultorio hablaba por teléfono en voz baja, y como sabía que se estaba muriendo golpeó en la cama de metal con fuerza, el médico se asustó y después muy nervioso sacaba los cajones de los armarios, maldiciendo, culpando a la enfermera y diciéndole a él que se calmara, que iba a ponerle una inyección antialérgica, pero no encontraba dónde estaba el maldito medicamento, y él pensó me estoy muriendo sofocado, la vida y la muerte corriendo al parejo, y consciente de que su muerte era inminente e inevitable, se acordó de las palabras de un poema, debo morir pero eso es todo lo que haré por la Muerte, pues siempre se había rehusado a tener el corazón atormentado por ella, y en ese momento en que moría no iba a dejar que ella se hiciera cargo de su alma, pues lo más que la Muerte haría de él sería un muerto, así es que pensó en la vida, en las mujeres que había conocido, en su madre zurciendo calcetines, en el huevo liso de madera, en la noticia del periódico, y golpeó con fuerza la mesa de metal, ¡bam!, ¡bam!, ¡bam!, estoy pensando en las mujeres que amé, ¡bam!, ¡bam!, ¡bam!, pensando en mi madre, y en ese momento el médico, sin saber qué hacer, atormentado y sobresaltado por los ruidosos golpes que él descargaba en la cama metálica, lo miró con gran conmiseración y tristeza, y él gritó nuevamente ¡bam!, ¡bam!, que perdonaba al médico, ¡bam!, ¡bam!, que perdonaba a todo el mundo, mientras su mente recorría velozmente las reminiscencias de la vida, y el médico, ahora entregado a su impotencia, desesperado y confundido, le quitó los zapatos y le levantó la cabeza y vio sus pies vestidos con calcetines negros, y vio en el calcetín del pie derecho un hoyo que dejaba aparecer un pedazo del dedo grande, y se acordó de cuán orgullosa era su madre y de que él también era muy orgulloso y que eso siempre había sido su ruina y su salvación, y pensó no voy a morirme aquí con un hoyo en el calcetín, no va a ser esa la imagen final que le voy a dejar al mundo, y contrajo todos los músculos del cuerpo, se curvó en la cama como un alacrán ardiendo en el fuego y en un esfuerzo brutal logró que el aire penetrara en su laringe con un ruido aterrador, y cuando el aire era expelido de sus pulmones hizo un ruido aún más bestial y horrible, y se escapó de la Muerte y ya no pensó en nada. El médico, sentado en una silla, se limpió el sudor del rostro. Él se levantó de la cama metálica y se puso los zapatos.
La foto, por cierto, la saco de aquí. Hay muchas otras chulas o curiosas.

Feliz fin de semana a todos.

miércoles, 14 de abril de 2010

Sobre 'Notas al pie de Gaza', de Joe Sacco


Leo Notas al pie de Gaza, de Joe Sacco, editado por Reservoir Books (Mondadori) y traducido por Marc Viaplana.

Notas al pie de Gaza es un largo, larguísimo reportaje en forma de cómic, casi 400 páginas, que pretende investigar dos matanzas de civiles palestinos ocurridas en 1956.

Sacco ya conoce el terreno y de hecho publicó otro cómic, Palestina, entre 1993 y 1995, elogiado por gente como el gran Edward Said y boicoteado por algunas librerías de Estados Unidos, según cuenta Jaume Vidal en una de las solapas del libro.

Sacco también ha escrito y dibujado la guerra de Bosnia y la de Chechenia en otros trabajos suyos.

Trabajos de no ficción, o sea, reportajes, ya se ha dicho pero conviene recalcarlo.

Sacco recorre Gaza en busca de supervivientes de esas dos matanzas y todos le preguntan lo mismo: ¿por qué cuentas lo que pasó hace 50 años y no lo que está ocurriendo ahora?

Pero lo cierto es que Sacco lo cuenta todo, lo de 1956 y lo de 2003, momento en el que él realiza su investigación.

Y lo cierto, también, es que hay tantos muertos, tanta sangre y tanto horror en Gaza, que al final, los más viejos acaban confundiendo todas las matanzas: las de 1948, las de 1956, las de 1967, la primera Intifada, la segunda, etc.

Todas se confunden, todas se mezclan y todas, quizá, sean la misma.

Aunque no, de ninguna manera, son necesarias las referencias, como son necesarios los cadáveres, para despedirte de ellos, y tener las cosas un poco claras, para no liarse, para no perderse en ese gran magma de horror (sí, horror) e injusticia, para saber, por ejemplo, cuándo mataron a tu padre, cuándo mataron a tu mejor amigo, o cuándo mataron a tu hijo.

Visto así, alguien podrá pensar en Vals con Bashir.

Vals con Bashir es una película de animación que luego adaptaron al cómic y en la que el director, Ari Folman, contaba su propia historia: la de un israelí que en 1982 participó en las matanzas de Sabra y Chatila. Veinte años después, ante su incapacidad para recordar nada, inicia él también su propia investigación.

Vals con Bashir era espectacular, visualmente potentísima y muy bien contada.



Pero viendo Vals con Bashir es imposible no sentirse incómodo.

Vals con Bashir es el relato de los verdugos, sus culpabilidades y sus neurosis.

Bien, los verdugos (muy jóvenes en este caso, eso sí, adoctrinados, soldados rasos que cumplían órdenes y que quizá no sabían ni lo que estaban haciendo) también tienen derecho a contar su historia, por supuesto, su arrepentimiento si se da el caso, su empecinamiento en el crimen, o lo que sea.

Pero en Vals con Bashir faltaba algo y quizá fuera eso lo más incomodo: faltaban los palestinos.

El verdugo se miraba el ombligo y lloraba.

Los palestinos, una vez más, se quedaban sin nada: ni país ni casa ni voz ni identidad.

Los palestinos sólo aparecían como fantasmas en la imaginación de su director, o como figurantes en alguna escena, o mejor, como cadáveres al terminar la historia.

Pienso en Vals con Bashir porque Notas al pie de Gaza puede parecer lo mismo pero es justo lo contrario.

Notas al pie de Gaza es un gran retrato de Gaza y sus habitantes: gente que no son ni fantasmas ni cadáveres ni figurantes de alguna otra tragedia.

Los habitantes de Gaza, aquí, luchan, discuten, tienen hijos, intentan ganarse la vida o construyen casas.

A pesar de todo.

Y ese a pesar de todo incluye ejecuciones en masa, asesinatos selectivos, torturas, demolición de viviendas, pobreza extrema y mil violaciones más de los derechos humanos.

Notas al pie de Gaza quizá le parezca a alguien poco objetivo o partidista.

Puede ser, pero es que hay veces que resulta imposible, o algo mucho peor, el pretender esa objetividad.

Lo que sí hace Sacco es recoger la versión israelí de las matanzas de 1956, o la de la demolición de casas en 2003. La de Israel y la de la ONU.

Y desde luego, no se le puede acusar ni de maniqueo ni de panfletario.

En Notas al pie de Gaza aparece la traición de los líderes palestinos a su pueblo, las torturas por parte de los egipcios, las ejecuciones de los colaboracionistas o los atentados suicidas en territorio israelí, que todos discuten, algunos para repudiarlos mientras otros los celebran.

Hay algo más en Notas al pie de Gaza: un sentimiento generalizado de cansancio e impotencia, la convicción de que es imposible vencer y que los kalashnikovs no tienen ninguna opción frente a los helicópteros Apache. Y sin embargo, a nadie se le ocurre rendirse. Saben que, de una u otra forma, están obligados a resistir y a seguir luchando porque la vida así resulta intolerable, pero si no, podría ser aún peor.

domingo, 11 de abril de 2010

Desde el rencor, pero con cariño (incluye un texto de Fogwill y una canción de Iván Ferreiro)

Este blog recupera su vocación pedagógica.

Y espera no volver a perderla nunca más.

La semana pasada aprendimos a diferenciar dos posibles interpretaciones de un concepto tan complejo como el de nihilismo y después, descubrimos que detrás de uno de los grandes logros del espíritu humano (el God Save the Queen de los Sex Pistols) lo único que había era el afán de lucro y notoriedad de un canalla.

Hoy vamos un paso más allá para esbozar las posibilidades del rencor como resorte último de la obra de arte.

Y lo hacemos mediante dos ejemplos.

El primero, es el arranque del relato Reflexiones, de Fogwill:
Cuando un imbécil se ha vuelto prescindible para sí, íntimamente se sabe prescindible para los otros. Esto se aprende en las salas de terapia intensiva, los tiroteos, los naufragios y ningún otro lugar del mundo, creo. Hace tanto tiempo me supe prescindible que ni lo recordaba y esta reflexión sobre la memoria me ayuda a prescindir de vos y de tus efectos sobre mí, que siempre imaginábamos no eran sino los efectos que producía sobre vos el reconocimiento de que "algo hubo". Ya ves, estoy muy viejo y continúo escribiendo cartitas de amor, pero desde que me supe prescindible sólo escribo cartitas de amor a prostitutas de la peor especie, como vos. "Putita discou", escribiría si no temiese lastimarte ahora que has aprendido que ciertos géneros musicales hay que ignorarlos desde el comienzo porque importan menos que el amor y se parecen al amor sólo en su carácter obvio, ficticio, seriado, imitativo, invasor, viscoso. Y pegajoso. Pero no volveré a representar mi antigua revulsión hacia las cosas que pringan -bastante la he vivido contigo– ni quiero que pienses que te supongo una "putita discou": sos una puta de foyer, una puta de soirée, una cazadora de fortunas emocionales, una "play-girl" sin auto, una desgracia de mujer. Pronto envejecerás y cada vez será menos probable que alguien sorprenda determinado efecto que sus efectos sobre vos le provocan y se ate a eso, pero siempre habrá imbéciles y la vida transcurre trayendo nuevas preocupaciones, nuevos ejercicios que sustituyen a las personas cuando comienzan a congelarse los mohínes y los tics deliciosos de la carne graban su negativo en las pieles de plata de las putitas que envejecen.
El resto de la historia, con espejos rotos, revólveres y unas cuantas ratas muertas sigue en Cuentos completos, recién editado por Alfaguara.

El segundo ejemplo lo encontramos en la canción Farenheit 451, del nuevo disco de Iván Ferreiro:



Más allá del indudable valor estético de estos dos ejemplos, están sus virtudes terapéuticas: para quien las escribe o canta y para quien las lee o escucha.

O sea, ayudan a descargar un montón de mierda y de rabia.

Aunque quizá, lo más paradójico, o lo más interesante, sean sus efectos cómicos.

Si alguien ha sido capaz de leer el texto de Fogwill y/o escuchar la canción de Iván Ferreiro sin, al menos, esbozar una sonrisa, se encuentra en grave peligro.

La sonrisa o mejor, unas cuantas y sonoras carcajadas, son la única defensa posible frente a todo el veneno que destilan estas dos obritas de arte.

Feliz semana.

A ser posible, sin rencor y sobre todo, sin dramas.

viernes, 9 de abril de 2010

Un sinvergüenza menos (nota apresurada ante la muerte de Malcolm McLaren)

ESTE BLOG VUELVE A NO HABLAR DE LIBROS.

Y lo hace sólo unas horas después de haber anunciado lo contrario y de haber escrito la última entrada.

Lo hace también conmocionado por la muerte de ese gran majadero: Malcolm McLaren.

El hombre que demostró que la música, el arte, o cómo quieras llamarlo, a veces sí que es sólo una cuestión de mercaderes y oportunistas.

E incluso peor, de modistas y/o modistos.

Porque los Sex Pistols, unos impostores, puro humo, nada de nada, una campaña de marketing antes de que existiera el marketing, son y serán siempre una de las mejores bandas de la historia.

Eso es lo aterrador.

Que se pudra en el infierno y que no vuelva más Malcolm McLaren.

Pero que sigan sonando ellos, su gran invento, los Sex Pistols.

jueves, 8 de abril de 2010

Ni siquiera en la India vas a salvarte (sobre 'Desorientación', de Elisa Iglesias)


Volvamos a hablar de libros.

En este blog ya SÓLO SE HABLA DE LIBROS.

Otra vez y hasta cuando sea.

El de hoy se llama Desorientación y es la primera novela de Elisa Iglesias. La edita Caballo de Troya.

Desorientación es la historia de Claudia.

Claudia es una abogada treintañera (no lo dice explícitamente, creo recordar, pero se intuye) roja y con inquietudes ecologistas.

A Claudia, el mundo no le gusta, cómo está organizado, quiero decir, conoce sus mentiras y sus trampas, y sabe que seguramente se encuentra al borde del colapso.

Claudia tiene una amiga, Alicia, que un buen día lo deja todo, corto y pego: "marido, trabajo, casa, amigos, familia, créditos", y se marcha a la India.

Poco después, Claudia va a verla y a intentar descubrir qué le ha pasado, si es un "paréntesis de espiritualidad" u otra cosa.

Lo primero que se le agradece a Elisa Iglesias es su claridad. Escribe de esa forma en que el autor no molesta. Ni molesta ni se le ve (y eso que es un relato en primera persona). Sólo ves la historia y al personaje.

Al principio, quizá en determinados momentos, asusta. Porque intuyes cierto afán pedagógico o, muy ligado con lo anterior, porque crees que te vas a encontrar con otra novela roja.

Algún día habrá que hablar con calma de las novelas rojas, de todas las que se escriben ahora, de sus aciertos (muchos) y sus errores (algunos, quizá pocos, pero graves).

De momento, sólo uno de esos errores: el miedo.

¿Miedo a qué? A ser literario, supongo, lo que no quiere decir ni ñoño ni tonto ni cursi, a dejarse arrastrar, a ese momento en que el autor y el lector despegan un segundo, sólo un segundo, los pies del suelo. Como si eso no fuera revolucionario.

A veces, lees las novelas rojas, incluso las mejores, y te jode, porque estás viendo todo el rato cierta rigidez, ciertos prejuicios y cómo el autor se va lastrando a sí mismo.

Quizá haya algo de eso en el arranque de Desorientación, algo, muy poco, imperceptible.

Luego coge la protagonista y se va a la India.

Y dices: no, ya la hemos cagado, se va a llenar todo de rollito new age, o de rollito ONG, o de palacios, majarajás y elefantes.

Pero no.

Y esto es lo que más sorprende de Desorientación.

A partir de ese momento, la novela despega.

Elisa Iglesias se mete en todos los charcos y se enfrenta a todos los peligros. Pero sale indemne. Y más que indemne, crecidísima.

A partir de ese momento, la protagonista vive su propio cuento de hadas, que en realidad no tiene nada de cuento de hadas, y que pone de manifiesto todas las contradicciones del personaje, su falta de consistencia a ratos, su mala conciencia, su frivolidad.

Y también, su inteligencia (la del personaje y la de la autora), su mala leche frente a determinada forma de vivir la espiritualidad, su ironía respecto a lo que ve y respecto a sí misma, y esa desorientación de la que nos habla el título.

O sea, una nueva crónica del desconcierto y de la pérdida de los treintañeros actuales, pero esta vez sincera y nada autocomplaciente.

¿Y al final?

Al final, la sensación que te queda es que aún es posible leer novelas buenas y distintas, incluso partiendo de algo tan poco apetecible a priori y tan manido como un viaje a la India.

Y sí, quizá exista también alguna forma de salvarse, o de escapar del capitalismo, o quizá no y estemos todos perdidos, pero desde luego, esa vía de escape no se encuentra ni se debe buscar nunca en una novela. Y seguramente tampoco en la India.

martes, 6 de abril de 2010

Nueva lección de filosofía barata (en torno al concepto de nihilismo)

Hay quien cree que el nihilismo es esto:



O sea, un tipo deprimido y que dice que se quiere morir, según algunos a modo de chiste, pero que sí, que lo hizo, que se pego un tiro ayer hizo justo 16 años.

Pero a mí lo que me asusta, lo que de verdad me parece nihilista y alejado de cualquier valor, y que se caga en todo, y que no respeta nada, y que anuncia el fin del mundo (sí, sí, ya sé que exagero, y que parezco una abuela) es esto:



O sea, un tipo que está al borde de la bancarrota, que quiere vender batidoras pero que se ha quedado desfasado, y un buen día tiene una idea: mete no sé qué en una de sus batidoras y la batidora lo reduce a polvo.

Luego se graba a sí mismo, lo cuelga en Internet y se convierte en una estrella.

El chiste funciona y ya da igual vender batidoras o no: hay otras fuentes de ingresos mucho más rentables.

Y por su batidora va pasando todo lo que cae en sus manos y todo queda reducido a polvo: teléfonos móviles, pelotas de golf, esquís, juguetes, diamantes...

Y cuánto más caro o cuánto más deseado o cuánto más duro, mejor.

El mismo día que el ipad se puso a la venta, el tipo éste lo metió en su batidora.

Destrucción, destrucción, destrucción.

Es una gran metáfora del capitalismo posposmoderno: un mundo que produce y produce mercancías (o quizá ya sólo produzca símbolos e ideología) para inmediatamente destruirlas, una economía basada en el despilfarro, la violencia y la destrucción generalizada, tan generalizada que ya ni siquiera podemos verla, no la distinguimos, la consideramos normal.

Tan generalizada que los vertederos cada vez se parecen más a los supermercados.

Y viceversa.

Y quizá, llegados a este punto, sólo queda un último desplazamiento posible: que los campos de batalla dejen de estar ocultos detrás de las estanterías de los supermercados y sus crímenes, sus violaciones, y toda la sangre del mundo nos salpique la cara.

Destrucción para producir.

Destrucción para vender un poquito de humo.

Destrucción para renovar la mercancía y que la rueda siga girando.

Destrucción como espectáculo, todo visualmente muy atractivo, incluso simpático, gracioso, ja, ja, ja, tronchante.

Destrucción que fascina y que no puedes dejar de mirar.

Destrucción, destrucción, destrucción.

Y yo, sí, debería hablar de libros, incluso tengo algunos leídos y buenos, y tal.

Prometo hacerlo el próximo día.