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jueves, 24 de diciembre de 2009

No es un villancico, son dos borrachos peleándose y la mejor canción sobre la navidad que se ha escrito nunca

Se llama Fairytale of New York (cuento de hadas de Nueva York), por la novela A Fairy Tale of New York, de J. P. Donleavy.

Es del grupo The Pogues. La escribieron Shane MacGowan y Jem Finer. La cantan Shane MacGowan (él) y Kirsty McColl (ella).

A mí me emociona hasta cuando la escucho en agosto.

Debajo del vídeo va la letra traducida por Pablo Badía, aunque con algún cambio hecho por mí al meterla en el blog. La copio del libro The Pogues (Ed. Cátedra), de Ann Scanlon.

Y con esta entrada, cierro el tema navideño.

La próxima, sobre la novela Aire Nuestro, de Manuel Vilas (que no es primo mío), y así nos reímos todos.

Sed buenos hoy y mañana, no os peguéis con los vuestros, no lloréis demasiado por todo lo que habéis perdido, bebed y comed mucho, tanto como os haga falta, pero cuidado con los atragantamientos. Lo importante, como siempre, es luego poder contarlo.


Era el día de Nochebuena,
en aquel bar de borrachos.
Un viejo me dijo que no vería un día más,
y cantó una canción,
The Rare Old Mountain Dew,
y aparté la vista de él
y empecé a soñar contigo.

Tuve un golpe de suerte
gané dieciocho contra uno.
Tengo el presentimiento
de que éste va a ser nuestro año.
Así que, Feliz Navidad.
Te quiero, cariño.
Veo mejores tiempos,
en los que todos nuestros sueños se harán realidad.

Ellos tienen coches
grandes como camiones.
Tienen ríos de oro,
pero los vientos soplan
directamente hacia ti.
No es lugar para viejos.

La primera vez que me cogiste la mano,
en una fría Nochebuena,
me prometiste
que Broadway me estaba esperando.

Eras atractivo.
Tú eras guapa,
la reina de Nueva York.
Cuando el grupo terminó de tocar,
el público aullaba pidiendo más.

Sinatra estaba cantando,
todos los borrachos estaban cantando.
Nos besamos en un rincón
y bailamos toda la noche.

Los chicos del coro del NYPD
cantaban Galway Bay,
y las campanas repicaban
por ser el día de navidad.

Eres un vago,
eres un punk.
Tú eres una vieja puta asquerosa,
ahí echada, medio muerta, chorreando alcohol
en esa cama.

Montón de mierda,
repugnante gusano,
piojoso maricón barato.
Feliz Navidad para tu culo.
Le pido a Dios
que éstas sean las últimas.

Podría haber sido alguien,
como todo el mundo,
pero tú me quitaste mis sueños
el mismo día que nos conocimos.

Yo todavía los conservo
y me los guardo para mí.
Pero no puedo hacerlos realidad
porque he construido todos mis sueños alrededor tuyo.

jueves, 15 de octubre de 2009

No volveré a tomar el nombre de Nick Cave en vano (sobre su novela 'La muerte de Bunny Munro')


No sé si me gusta Nick Cave.

Tengo unos cuantos discos suyos (con The Birthday Party y The Bad Seeds) y llevo años sin oírlos.

Ni siquiera los he metido en el ipod.

Demasiado intenso, chillón, grandilocuente.

Me gustó, eso sí, lo que hizo como Grinderman, cosas como la canción de abajo (el vídeo original es muy, muy chulo: muy sucio, muy oscuro, muy vicioso, pero Emi no me deja insertarlo aquí).



Este No pussy blues da la impresión de que Nick Cave ya no se toma tan en serio a sí mismo.

Queda la energía, la distorsión y la mala leche, pero parece menos pretencioso.

También tenía gracia cuando le daba el punto marciano y se ponía, por ejemplo, a cantar con esas dos bombas sexuales: Kylie Minogue y PJ Harvey.

O el colmo del despropósito (maravilloso despropósito), su versión con Shame MacGowan de It´s a wonderful world.

Pero Nick Cave se estaba convirtiendo, cada vez más, en un imitador de Leonard Cohen.

En australiano, en ex yonqui, en bestia.

Lo bueno es que lo reconocía y hasta le grababa homenajes al maestro ya viejo y arruinado.

Tampoco esta vez me ha dejado YouTube insertar el vídeo que quería, pero sí este bonito montaje con fotos de Nick Cave y de fondo, su versión de I´m your man:



Y quizá, para terminar de ser Leonard Cohen, después del traje y la voz profunda, le hacía falta una carrera literaria.

En 1989 publicó su primera novela Y el asno vio al ángel (editada en España por Pre-Textos).

Yo la recuerdo como algo ilegible: tan rebuscada, tan barroca, tan excesiva, tan ingenua, tan torpe.

Con ese precedente, no esperaba gran cosa de La muerte de Bunny Munro (editado por Papel de liar y traducida por Miguel Izquierdo).

Y sin embargo, me ha sorprendido, me ha gustado y la he disfrutado muchísimo.

Una novela estupenda.

La historia es la de los últimos días de Bunny Munro, putero, adicto al sexo, canalla de poca monta y vendedor de cosméticos a domicilio.

Bunny tiene una mujer que se suicida al principio y un hijo del que debe ocuparse a partir de entonces.

El Bunny éste parece casi una caricatura de Nick Cave, lo que le da a la novela un punto autoparódico muy gracios0.

Se agradece la ironía y cierto sentido del humor que se mantiene hasta el final.

Se agradece también lo guarro que es.

Bunny se pasa todo el día follando o intentando follar, pensando en "vaginas" (él emplea esa palabra) e imaginando con especial cariño la de Avril Lavigne.

O los minishorts dorados de Kylie Minogue en el vídeo de Spinning around.

Y además de cerdo, Nick Cave sigue siendo tan siniestro como siempre.

A ratos, incluso, parece una de las películas buenas de David Lynch.

Desde la primera página, se crea una atmósfera muy densa, de amenaza constante o casi de pesadilla.

Hay fantasmas, hay pederastas en chándal y hay diablos que van matando mujeres a través de toda Inglaterra, de norte a sur, hasta llegar al protagonista.

Bunny va visitando a sus clientas y deja a su hijo en el coche.

El padre intenta seducirlas a todas y el niño hace cuanto está en su mano por no olvidar a la madre muerta sólo una horas antes.

Al principio, parece que la fiesta de Bunny va a continuar para siempre, pero la historia se va enrareciendo poco a poco, empiezan a pasar cosas y él va perdiendo el control...

Y todo ello, para mostrarnos la desesperación del personaje, su tragedia y su miseria moral, su patetismo, esa muerte que se anuncia tanto en el título como en las primeras líneas.

En La muerte de Bunny Munro, Nick Cave sorprende por su imaginación, pero también por cómo controla la historia y por su capacidad para ensamblar escenas y situaciones potensítisimas: a ratos divertidas, a ratos aterradoras y siempre pelín desquiciadas.

Yo, después de leerla, me he reconciliado con él, me ha divertido muchísimo y hasta prometo que voy a meter todos sus CD en mi ipod.

(Estupendo también lo que escribe Juan Varela en soitu.es sobre La muerte de Bunny Munro como el anuncio de una posible o futura novela multimedia. No estoy de acuerdo en nada, o casi nada, con él. Es más, hasta podría tener ese rollito papanatas de quienes parece que han nacido en Internet, pero es inteligente, muy inteligente, y provocador, y tiene su punto. Igual otro día hacemos una gran defensa de la lectura como experiencia íntima, aunque compartida y en formato electrónico si hace falta. Frente a todo el ruido y la pachanga de quienes aspiran a convertir la literatura en un espectáculo más, desde aquí propondremos la vuelta a cierta vida monástica. Un monasterio, eso sí, laico, alegre y libertino.)

miércoles, 12 de agosto de 2009

Una oración por todos nosotros, bebedores (sobre 'Beber para contarla')


Parece que esto va a ir hoy también de hígados enfermos.

O a punto de enfermar, o que no tardarán en hacerlo, o que asumen demasiados riesgos, o que tal vez se salven, pero de milagro.

Da igual.

Hoy no importa la enfermedad.

Lo que importa es el hígado, esta vez humano, y para más señas, irlandés, sometido a una ingesta masiva de alcohol y escurrido luego a conciencia para que chorree literatura.

Importa por un libro, Beber para contarla, editado por La otra orilla y que reúne 15 textos de escritores irlandeses recopilados por Peter Haining.

En todos ellos está presente, de una u otra forma, el alcohol.

Entre los autores, hay viejos conocidos: Joyce, Beckett, O´Brien, Patrick McCabe y hasta Shane McGowan, el de The Pogues, explicando cómo y por qué montó el grupo y escribiendo frases como las que siguen:
No quería insultar a la inteligencia de las personas y no quería dármelas de puto intelectual. No quería que la música tratase de la angustia y de lo terrible que es estar tumbado en tu cuarto chutándote heroína y toda esa basura. No quería que hablara de lo puta que es la bebida, de lo mala que es, sino que más bien quería hacer una celebración de las drogas, de la bebida y de la vida. Quería festejar el lado oscuro de la vida que tanto disfruto. Me flipan los pubs, las drogas y el sexo.
Por si alguien no lo sabe, su idea funcionó, y McGowan, con The Pogues, hizo cosas así:



Luego, volviendo al libro y a quienes escriben en él, hay sorpresas. O autores menos conocidos, como Malachy McCourt, hermano espabilado y crápula de Frank, el de Las cenizas de Angela, que aquí nos cuenta cómo abrió el primer bar para solteros de Nueva York. Era, por supuesto, un auténtico bar irlandés.

Y sobre todo, Eamonn Sweeney. Atentos, editores que leéis esto, aunque estéis de vacaciones, aunque os dé mucha pereza, aunque no hayáis oído hablar de él en la vida, corred y contratad inmediatamente los derechos de su novela Waiting for the Healer. A juzgar por sus doce primeras páginas, publicadas aquí con el título de La despedida de soltera, es un trallazo. "Realismo guarro, irlandés, original, violento y doloroso", lo definen. Pero mejor no contar nada. Mejor enfrentarse a él sin saber dónde te estás metiendo. No dejéis que nadie os lo joda, ni siquiera J. L. Miranda, que lo traduce y escribe una introducción. Leedla, sí, pero después, al acabar. Es uno de los mejores relatos de todo el libro.

Otros textos son flojitos. Pero aún así. Este libro es mucho más que un conjunto de cuentos o de historias cogidas de aquí y de allá. Beber para contarla es un estado mental. O mejor, un paisaje retratado desde distintos ángulos y a lo largo de cientos de años.

Un paisaje de pubs y de tabernas, de miseria, de golfos, de asesinos con buen corazón, de mujeres con aspecto de ejercer la prostitución pero que dicen vender entradas para el cielo (o sea, que sí, que son putas), de borrachos que mueren ahogados y de terratenientes que celebran su ruina, de ingleses estúpidos que jamás entenderán la tierra que pretenden seguir explotando, de emigrantes, de granjeros que no han conocido el amor, de paradojas y de pasión por el absurdo, de misticismo, de grandeza de espíritu, de amargura y de nostalgia, de humor, muchísimo humor, y de moribundos que al cerrar los ojos sueñan con el aire viciado de un bar.

Es, claro, un retrato de Irlanda, a través de uno de sus símbolos nacionales: el culto a la cerveza, el whiskey y, en general, cualquier otra bebida con la suficiente graduación.

Pero es también eso que pretendía Shane McGowan con The Pogues: una reivindicación del alcohol y de todos esos vicios que nos permiten seguir viviendo. Aunque duelan, aunque poco a poco nos vayan minando.

Y al final, cuando acabas esa otra joya, De visita, relato de Bernard MacLaverty con el que se cierra el libro, te dan ganas de entonar una oración, parafraseando aquella con la que Joseph Roth terminaba La leyenda del santo bebedor, algo así como:

Denos Dios (o quien sea) a todos nosotros, bebedores, fuerza y salud suficiente para seguir disfrutando del alcohol aún muchos años y a ser posible, hasta el final de nuestras vidas.

Amén.

viernes, 17 de abril de 2009

Nihilismo* borracho e ilustrado (Bacon, Beckett y Shane Macgowan)

(*El significado de nihilismo aquí)

Alguien llama por teléfono (¿la supercolega sin nombre?). Nos habla de la exposición de Bacon. Coño, Bacon, si ya se acaba.

Nos metemos en la web del Prado: dice que es hasta el 19 de abril.

Siempre pasa lo mismo: todo el mundo habla de las exposiciones cuando se inauguran, incluso antes, pero nadie dice luego: corre, imbécil, que están a punto de cerrar, que te la pierdes...

Es la obsesión contemporánea por todo lo nuevo. Pura superstición, como los viajes.

Nosotros preferimos siempre llegar tarde. Nos gusta lo viejo, lo gastado, lo que está a punto de consumirse... Como nuestras botas.

Pero no nos perdamos.

Bacon mola. Vete a verlo. Merece la pena.

Hazte un huequito delante de Tres estudios para figuras al pie de una crucifixión (el tríptico que encabeza esta entrada), aunque para ello tengas que pegarte con todos los demás. Habrá mucha gente, seguro. No los odies: tú también eres gente. No les desprecies. No te creas mejor, más listo, más guapo. Pero resiste. Empújales si es necesario. O mételes un codazo. Incluso una patada en el culo.

Mira esos tres cuadros. Míralos juntos: ¿te gustan?, ¿te producen angustia?, ¿te dan miedo?, ¿te sientes agredido?, ¿las figuras gritan, ríen o bostezan?, ¿te identificas con ellas?, ¿son humanas?, ¿acaso lo fueron alguna vez?, ¿están muertas o vivas?, ¿por qué no miran?, ¿por qué no tienen ojos?, ¿dónde están?, ¿quizá en el infierno?, ¿qué es ese espacio naranja y geométrico?, ¿algo así como el alma?, ¿podríamos considerarlos un retrato?, ¿y un autorretrato?, ¿y una representación de la santísima trinidad?

Es uno de los primeros cuadros de Bacon, uno de los más potentes. Ahí está el germen de todo lo que vendrá después.

Y a nosotros, al mencionar a Bacon, el escritor que nos viene a la cabeza es Beckett.

No somos los únicos: todo el mundo los relaciona.

Uno pinta y el otro escribe. ¿Artistas de la angustia, del absurdo, de la desesperación, de la pérdida de todos los valores, de una humanidad que ya no es humana sino alguna otra cosa?

Uy, qué pedante e intenso para ser viernes.

De Beckett lo más conocido es Esperando a Godot. Pero tiene unas novelas que a nosotros nos gustan más, como su trilogía: Molloy, Malone muere y El innombrable.

¿De qué va? Pues como las figuras de Bacon: ¿tal vez del proceso de desintegración y descomposición de una persona y de la humanidad entera?

Bueno, ya vale de palabrejas, un poemita, porque Beckett escribió también poemas. Los tienes todos en Obra poética completa, editado por Hiperión:

bebe solo
come quema fornica revienta solo como antes
los ausentes ya muertos los presentes apestan
saca tus ojos vuélvelos sobre las cañas
discuten quizá ellos y los ays
no importa existe el viento
y el estado de vela

Bacon y Beckett tenían otra cosa en común: su país, Irlanda, aunque los dos huyeron de allí.

Los irlandeses son así, un poco como los españoles: conocen sus miserias y mantienen una relación difícil con la patria. Son también católicos, pobres y borrachos. Y eso explica muchas cosas.

Si Bacon hubiera nacido en Francia, ya no sería Bacon. Ni tendría una caja vacía de Wiskhy Vat 69 en su estudio. A Beckett también le gustaba el alcohol (mucho) y necesitaba un par de copas para aguantar tanta angustia.

Nosotros los imaginamos juntos en cualquier pub, charlando y riendo. Con ellos está Shane Macgowan, ex cantante de The Pogues e irlandés ilustre, otro monumento a la descomposición y al alcoholismo, casi una pieza de museo.

Pero se pone a cantar y se te olvida todo.

La canción se llama Dirty old town y mientras la buscábamos, nos ha alegrado mucho descubrir que el bueno de Shane sigo vivo.

Pero vosotros, no, no sigáis su ejemplo: sed buenos y no bebáis mucho este fin de semana.