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domingo, 29 de noviembre de 2009

Crónica a toda prisa de algunas lecturas del fin de semana (Joan Margarit, Pere Ginferrer, Esther García Llovet, etc)

Leo a Joan Margarit y uno de sus poemas, Versos para Billie, me lleva a escuchar esta canción:



Sí, lo sé, me he hecho mayor de golpe, más mayor todavía, quiero decir: ya sólo pongo vídeos de chalados que tocan el piano o negras de vida turbulenta que cantan como Dios.

Pero es que ambos, Glenn Gould y Billie Holiday, son los únicos que consiguen emocionarme en estos momentos.

No voy a cortar y pegar el poema de Margarit, aunque es estupendo.

Quizá otro día.

Sí voy a copiar el arranque de Canción para Billie Holiday, de Pere Gimferrer:
Y la muerte
nadie la oía
pero hablaba muy cerca del micrófono

Con careta antigás daba un beso a los niños
Y también el final de ese mismo poema:
No nos dan mermelada ni pastel de cereza
ni el amor ni la muerte extraña fruta que deja un sabor ácido
Leo en diez minutos, no me duran más, los suplementos culturales de un par de periódicos.

Una frase se me atraganta: vacía y tópica, vale, pero pesada, pesadísima, intolerable, porque la reproducen muy grande, como si tuviera algún valor, y porque se refiere a Rafael Sánchez Ferlosio.

Ni aunque quisiera podría repetirla aquí.

El sábado mientras ceno, o mientras intento cenar, un tal Zindo escribe un comentario en la entrada sobre Me acuerdo, de Joe Brainard.

Entro a ver uno de sus blog, cuaderno de notas.

Es moderno, muy, muy moderno.

Pero tiene una entrada preciosa sobre el silencio.

Y esta otra, se llama soplar, corto y pego.

en un comentario etimológico probablemente falso pero del todo afortunado, pascal quignard sugiere que las palabras latinas flare -soplar así como se sopla una flauta- inflare, fellare, tienen su origen en la griega phalos, y todas, de alguna manera u otra, suponen infundir energía, cargar la realidad, el ejercicio de otorgarle a la realidad una forma aumentada

Me deja tan impresionado que hasta me obliga a lanzarme a las calles.

A eso, a "otorgarle a la realidad una forma aumentada".

O a que ella (la realidad) me la otorgue a mí.

O a celebrar un cumpleaños en el que no se soplan velas pero sí se soplan gin tonics.

(Y como siempre, lo más importante es lo que se calla: la verdadera, la gran lectura del fin de semana, ha sido una novela llamada Las crudas y escrita por Esther García Llovet. Muy buena. Se merece toda una entrada. Puede que la siguiente.)

jueves, 26 de noviembre de 2009

Vendrán más años malos y nos darán más premios (elogio de la antipatía a cargo de Rafael Sánchez Ferlosio)


Los premios literarios cada vez me recuerdan más a los certámenes de misses.

O de misters.

Casi nunca entiendo los criterios por los que se rige el jurado.

Ni siquiera sé si deberían seguir existiendo.

Pero de repente, le dan el Nacional de las Letras a Rafael Sánchez Ferlosio y entonces dices sí, cuánto me alegro, ojalá disfrute mucho los 40.000 euros, y no se le atragante la cena en la ceremonia de entrega (si es que hay cena y ceremonia).

Y amén.

A mí, de Ferlosio, me gusta todo, o casi todo, o bueno, muchas cosas.

Y especialmente, lo que no me gusta.

Por ejemplo, me jodió la infancia con sus Industrias y andanzas de Alfanhuí, esa novela que nunca conseguías leer entera.

Siempre, año tras año, el libro de Lengua estaba lleno de fragmentos rarísimos e imposibles de ese tal Alfanhuí.

Había, además, que leerlos en voz alta, o analizarlos sintácticamente, o lo que fuera.

Yo odiaba a Alfanhuí, y le odiaban todos mis colegas, y hasta juramos que si un día nos encontrábamos por la calle a un niño con los ojos amarillos como él le íbamos a romper el alma a patadas.

Pero luego, ya en la adolescencia, leí el Alfanhuí de verdad todo seguido y aquello no estaba mal.

Me gustó también El Jarama (a mí, sí) y me gustó más todavía que Ferlosio renegara de ella, su gran novela, la que todos reverenciaban e intentaban imitar, y que se pasara no sé cuántos años sin escribir narrativa, puesto de anfetaminas y dilucidando extrañas cuestiones gramaticales que no le importaban a nadie.

O lo de su hermano Chicho, el cantautor que en este vídeo da una auténtica lección a los chavales. No sé si de Educación para la Ciudadanía. Pero sí de educación para la vida. Atentos al cometario final de uno de los niños.

Hasta tiene hace gracia lo de su padre, el falangista que escribió parte del Cara al sol.

Pero a mí, de Ferlosio, lo que de verdad me gusta es su antipatía, que sea tan hosco, tan gruñón.

No lo digo por la pose (la suya, si es que es pose).

Lo digo porque me parece un buen lugar en el que instalarse si es que se quiere pensar. O sea, plantearte cómo funciona el mundo, las cosas que ocurren, quién manda, quién se beneficia y las tonterías (o no) que se dicen. Está bien no sonreír, tocar un poco los huevos y desmontar unos cuanto tópicos sobre, por ejemplo, la tolerancia, el poder, España, la democracia, el derecho a la intimidad, el deporte y hasta al mismísimo Dios.

En eso consistía Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, para mí, uno de sus mejores libros. O el mejor.

Eran cositas muy cortas, aforismo, reflexiones...

Yo vuelvo a él con frecuencia, sobre todo cuando veo que me estoy ablandando y que ya no gruño con tantas ganas como antes.

Corto y pego un fragmento. Y hasta por una vez utilizo las negritas. A disfrutarlo y a resistir:
No hay nada que pueda impresionarme tan desfavorablemente como el que alguien trate de impresionarme favorablemente. Los simpáticos me caen siempre antipáticos; los antipáticos me resultan, ciertamente, incómodos en tanto dura la conversación, pero cuando ésta se acaba se han ganado mi aprecio y simpatía. Ese viajero que dice "Buenas noches", al entrar en el compartimento del vagón; que apenas alza los ojos, sin interés alguno, a la comparecencia de viajeros nuevos, que no vuelve a despegar los labios hasta llegar a su estación, para decir: "Que tengan ustedes buen viaje", suscita en mí la convicción –probablemente tan arbitraria como injusta– de que en un choque o descarrilamiento se portaría del modo más heróico y más socorredor, mientras que el dicharachero, que no ha parado en todo el viaje de hablar y de reír, de entablar relación con todo cristo, y no digamos si –¡horror!– hasta contando chistes por añadidura, me impone, en cambio, la más absoluta certidumbre de que no podría dar, en igual trance, sino el más bochornoso espectáculo de histeria y cobardía. La simpatía es un arcaísmo de quienes creen, quieren creer o necesitan fingir que hay todavía un medio, un ámbito de vida pública, en el que los hombres pueden allegarse en algún grado, de manera directa y espontánea, los unos a los otros. La antipatía es resistencia y repugnancia a simular y escenificar –abyectamente– un mundo que no existe.