jueves, 30 de abril de 2009

Céline, repugnante y maravilloso (a cuento del libro que ha escrito su viuda)


Céline era un canalla, un sinvergüenza, un golfo.

Como todos. O como tantos otros escritores.

La diferencia es que Céline también era nazi. Apoyó al gobierno de Vichy cuando los alemanes entraron en Francia y odiaba a los judíos, les culpaba de la guerra, de la pobreza y en general, de cualquier cosa mala que pudiera pasar.

Al acabar la II Guerra Mundial, tuvo que huir para que no le mataran y pasó por la cárcel. Nunca le perdonaron. Ni él se molestó en pedir perdón.

Todo el mundo, menos los nazis, considera que Céline defendió una serie de opiniones política y moralmente despreciables.

Y sin embargo, Céline es uno de los escritores más grandes del siglo XX. Desde todos los puntos de vista.

En 1932 publicó una novela llamada Viaje al fin de la noche y se lo llevó todo por delante. Desde entonces, ya nada volvió a ser lo mismo.

Exageramos.

O no: el Viaje al fin de la noche es la novela más influyente de los últimos cien años. La historia de un tal Ferdinand Bardamu, que una mañana se pone a maldecir a Francia y a los franceses. Y para demostrarse a sí mismo que tiene razón o por no estarse quieto o por hacer la gracia o por lo que sea, acaba alistándose en el ejército y poco después, le mandan a la I Guerra Mundial.

Allí conoce la muerte, el miedo y el horror. Pero eso tampoco le basta y se marcha a África, a enfermar de paludismo y a saber cómo funcionan las colonias, y cuánto se roba, y que la naturaleza no tiene nada de idílico. Y luego, a Nueva York, para trabajar en la fábrica de Ford y alienarse como un obrero más. Y ya de vuelta a Francia, se convierte en médico y abre una consulta en un barrio pobre donde comprueba que la miseria humana no tiene fin.

Los griegos tenían la Odisea, nosotros tenemos el Viaje. Ulises quería regresar a su patria, Bardamu aprende que no tiene un hogar ni un sitio al que volver ni nada que se le parezca. Sólo le queda la huida.

Seguimos exagerando: Hoy en día todos somos celinianos.

Aunque no lo sepas, aunque no te guste, aunque no lo hayas leído, tú también eres celiniano.

Ser celiniano implica no quedarse quieto jamás, una insatisfacción constante, ver siempre lo malo y buscarlo, no encajar en ningún sitio, caer y caer, declararle la guerra al mundo y recibir todos los palos... Pero con mucho nervio y mucha rabia, nada llorica.

Céline luego escribió otros libros y los llenó todos de puntos suspensivos. Novelas atroces, desquiciadas, divertidísimas, maravillosas... Sobre su infancia, su juventud en Inglaterra, la caída del gobierno nazi en Francia o su posterior huida para salvar el pescuezo.

A Céline hay que leerle entero.

Ahora se ha editado en España Céline secreto (Ed. Veintisiete letras), un libro que su viuda, Lucette Destouches, escribió en 2001, en colaboración con Véronique Robert, y en el que recuerda su vida junto a Céline, años y años, desde 1935 a 1961, resumidos en poquito más de 100 páginas.

La buena mujer no aporta nada que no supiéramos ya. Céline lo contó todo. Pero se le agradece el tono, la proximidad y algo tan básico como que no quiera ni despellejarlo ni subirle a los altares.

Su Céline resulta muy real y muy creíble, y a nosotros nos ha gustado porque nos ha dado la oportunidad de reencontrarnos con un viejo amigo: seductor, gruñón, desesperado, intratable, amante de los chismes (la "expresión de una vida en marcha" los llamaba), odiado y perseguido por todos... Y medio loco al final de su vida, cuando ya se había convertido en una especie de monstruo o de mala bestia. Los periodistas acudían a él para oírle despotricar y su editor le pedía más y más libros. Pero casi todos le despreciaban, como Camus, que iba mucho por su casa (su amante daba clases de baile con Lucette), pero que nunca quiso conocerle.

¿Se le podía haber sacado más partido a los recuerdos de la viuda? Nosotros creemos que sí. Pero puede que sea porque la otra que escribe el libro, o la que lo escribe en realidad, Véronique Robert, nos ha caído muy mal: empieza cada capítulo con unos textitos muy cursis y muy bobos, en cursiva. Y eso Céline nunca se lo hubiera consentido. Antes, se la come por los pies.

Cerramos con una cita del Viaje para que entiendas cual es el tono y el espíritu:
"¡Mirad, asquerosos! Dejadme ser amable algunos años más aún. No me matéis todavía. Dejadme parecer servil y desgraciado, lo contaré todo. Os lo aseguro y entonces os doblaréis de golpe, como las orugas babosas que en África venían a cagarse en mi choza, y os volveré más sutilmente cobardes e inmundos aún, tanto, pero es que tanto, que tal vez diñéis, por fin."
Y una canción. Ha sido difícil elegir. Incluso hemos dudado si incluir alguna entrevista con Céline que hay en youtube, o con su viuda. A quien le interese ver en movimiento al viejo y escuchar su voz, que lo busque.

Al final nos hemos quedado con Tom Waits. No sabemos por qué, pero suponemos que él también nos parece celiniano y que nos gusta.

Buen puente.

miércoles, 29 de abril de 2009

Libros para el puente (o para el fin del mundo)


Es el fin del mundo.

Todos lo saben menos Isaac Rosa, que aún cree en teorías de la conspiración o en cortinas de humo.

Pero el signo de los tiempos es otro.

Acabamos de volver de Crisol, después de leer que cierran las tres librerías que aún les quedaban en Madrid.

Hemos ido como el que va a oficiar un funeral, o peor, como el que acude al tanatorio sin conocer a nadie, ni a la familia ni a los amigos, sólo para verle la cara al muerto.

A nosotros Crisol nos gustaba, nos pillaba cerca de casa, tenía horarios cómodos y solíamos encontrar cosas. Era una gran librería, una cadena perteneciente a un grupo importante, pero de las mejores dentro de ese tipo de establecimientos. Y con unos trabajadores que solían saber de libros y lo que se traían entre manos.

Lo sentimos por nosotros, pero sobre todo, lo sentimos por ellos.

Más signos del Apocalipsis.

Ayer se nos rompió el mail. Teníamos casi 9.000 mensajes en la carpeta de entrada.

El programa se negó a seguir funcionando y nos exigió que hiciéramos limpia.

Fue una escabechina.

Nos impresionó la cantidad de bajas que habíamos sufrido en poco más de un año: todas esas personas que antes nos escribían y ahora están en el paro, o han desaparecido, o quizá se han muerto.

Hablamos de mails profesionales. Y de la diferencia de trato entre entonces y ahora por parte de todo el mundo. Lo que ha cambiado, por ejemplo, el tono de la gente, cómo se ha ido agriando, como se ha impuesto la tristeza, la frialdad, el desánimo, un minimalismo expresivo que en realidad transmite miedo, impotencia, hartazgo...

Ni bromeamos ni exageramos. Animamos a cualquiera a que haga la prueba con su cuenta de correo.

Y ya, al grano, hoy íbamos a hablar del gran Céline, pero mejor lo dejamos para mañana, con más tiempo, suponemos.

En lugar de eso, nos centramos en tres libros interesantes, que empezamos en su día, o que estamos leyendo ahora o que nos apetece leer. Libros que prometen para este puente.

1. El hombre de mazapán. J. P. Donleavy. Ed. Edhasa: Otra de esas historias de irlandeses borrachos que a nosotros tanto nos gustan: excesiva, llena de miserias, de humor y de mala leche. Está escrita en los 50 y al pobre Donleavy le costó años publicarla. Decían que era obscena. Ahora, no sé quién, la ha incluido entre las 100 mejores novelas del siglo XX. Fresán escribió una crítica en ABC hace un par de semanas que nos decidió a leerla. A veces, las críticas también sirven para eso.

2. El beso de la sirena negra. Jesús Ferrero. Ed. Siruela: Ferrero se pasa a la novela negra y nos apetece ver qué ha hecho. Decimos como en su día con Atxaga: lo normal con estos cambios de registro es cagarla. Pero Atxaga, por ejemplo, no la ha cagado. Sus Siete casas en Francia nos gustaron. Es una buena novela. Y además, divertida. Igual que cuando John Banville se disfraza de Benjamin Black para dedicarse al género negro.

3. Libro de huelgas, revueltas y revoluciones. Edición de Constantino Bértolo. 451 Editores: ¿A que el título es bonito y más para un 1 de mayo? Un paseo por la historia de la literatura y de la insurrección. Distintos autores (John Milton, Mark Twain, Stephen Zweig, Galdós, Isaac Rosa otra vez...) nos cuentan la Revolución Rusa, la Mexicana, el Mayo del 68, la Intifada o los movimientos antiglobalización. Las ilustraciones corren a cargo Doré, Sorolla o Chagal.

Detrás del libro está Constantino Bértolo, alguien con mucho criterio. Empezó como crítico y ahora trabaja como editor, dirigiendo Caballo de Troya. Otro día, con más calma, transcribimos aquí los dos entrevistitas (en realidad, selección de libros) que le hemos hecho. Merecen la pena.

Y mañana, sí, el viejo gruñón, la gran bestia, nuestro amadísimo Céline. Sí, amadísimo. En vísperas del Apocalipsis uno sólo puede amar a Céline.

martes, 28 de abril de 2009

La necesidad de perderse (Sobre 'El heredero' de Mario Catelli)


Hay novelas que se escriben en 10 minutos.

Vale, exageramos, como siempre, en realidad, son cinco.

Para otras, en cambio, hace falta toda una vida.

La diferencia se suele notar.

Las que necesitan tanto tiempo son pocas. Exigen demasiado esfuerzo, ¿para qué quemarse hasta ese punto?

Quizá porque se tiene algo qué decir.

A nosotros nos ha venido esta idea a la cabeza mientras leíamos a Mario Catelli.

Catelli nació en Argentina, tiene más de 50 años, lleva desde 1987 viviendo en Barcelona y según cuenta la editorial, El heredero es su primera novela para adultos (aunque al parecer tiene tres libros infantiles y juveniles publicados). Con esta obra ha ganado el último Premio Bruguera.

La historia suponemos que es la suya, o muy parecida, la de un argentino que intenta buscarse la vida por todos los medios imaginables en Barcelona.

"Mi cuerpo parece acostumbrado a todo, menos a recordar", dice Catelli nada más empezar la novela.

Su cuerpo, en efecto, trapichea con drogas, toca el saxofón en la calle, roba si la cajera de cualquier establecimiento se descuida, pinta las casas de señoras teñidas de rubio y con un padre enfermo, intenta vender pisos o dedicarse a coser bolsos.

Su cuerpo viste las ropas de un músico muy elegante pero que ya está muerto y no tiene permiso de trabajo, aunque sí de residencia. Lo ha conseguido en una sauna, comiéndole la polla a un funcionario viejo y con la espalda llena de pelos.

¿Y su memoria? En su memoria está la culpa y están los muertos. Como en todas las memoria, pero en la suya quizá un poco más porque él ha sobrevivido mientras sus amigos eran torturados, violados o asesinados por la dictadura argentina.

La vida de Marcos o Martín, el personaje de Catelli, transcurre entre esa necesidad de encontrarse a sí mismo, o al menos, una profesión, algo con lo que ganarse la vida y fijarse una identidad, y la necesidad inversa de huir y perderse, de no parar nunca, de no ser arrastrado hacia atrás, de no volver a esos sitios que duelen tanto.

Marcos o Martín es un Pijoaparte, ahora que Marsé está tan de moda, pero ya crecido, a punto de cumplir los 40, descreído y en versión sudaca.

Si quisiéramos ponernos pedantes, diríamos que El heredero nos ha sabido a El juguete rabioso, de Roberto Arlt, o al Herry Miller menos místico y tostón.

Pero como preferimos que todo el mundo entienda esto y se anime a leerlo, diremos que es una novela muy distinta a lo que ahora suele hacerse, que transmite una extraña sensación de autenticidad (la autenticidad en los libros a nosotros siempre nos parece extraña, y nos gusta), y que sorprende por lo bien escrita que está.

Bien escrita porque te va llevando, O porque de repente te encuentra una frase, un giro o una página entera que te gusta y te hace pararte, y la vuelves a leer, pero sin que resulte ni cursi ni empalagoso. Y porque Catelli hasta se permite ponerse introspectivo y meterse mucho dentro del personaje sin resultar coñazo.

Ya casi al final de la novela, Marcos o Martín, ve a un tío en un bar al que le han tocado las tragaperras. "Debe ser bueno ganar. El que lo hizo fuma a pleno pulmón y sonríe, debe estar contento, sí, pero ¿cuánto habrá perdido?", escribe Catelli.

Y nosotros pensamos que tiene razón, que algunos necesitan perderlo todo y perderse muchas veces para llegar algún sitio.

Catelli es ahora el que lo ha conseguido, y puede también sonreír y hasta fumar a pleno pulmón.

lunes, 27 de abril de 2009

Enamorados de Lisbeth Salander (Sobre el fenómeno Larsson)


¿Hablamos de Céline (estamos leyendo el libro que ha escrito su viuda sobre él)?, ¿hablamos de El heredero, de Mario Catelli, una novela cojonuda que terminamos el otro día?, ¿hablamos de haikus ahora que Jiménez Losantos amenaza con publicar su propia visión del género?...

Cuesta arrancar los lunes.

Dejamos para los próximos días lo de Céline y Catelli, y descartamos de momento los haikus, aunque abrimos al azar nuestra antología favorita, Jaikus inmortales, editado por Antonio Cabezas y publicado por Hiperión, y transcribimos uno de Basho:
Muévete, tumba,
que mis gemidos son
viento de otoño
Imposible no pensar en la situación profesional de Losantos. Pobre. Y quizá en la nuestra.

Otro día, más haikus.

La siguiente opción es Larsson, el triunfador de Sant Jordi.

¿Hay alguien que aún no sepa quién es este tío?

Stieg Larsson es un sueco que ha escrito una serie de novelas negras. Todo el mundo las está leyendo: Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire, que se editará en España el próximo 23 de junio.

Luego se murió y no pudo escribir más ni ver su éxito, aunque dicen que igual existe una cuarta novela escondida en algún rincón de su disco duro o en la caja fuerte de sus herederos que andan peleándose como fieras por la pasta y los derechos.

Larsson ha sido un pelotazo. Lleva meses en todas las listas de los más vendidos y a nosotros nos parece uno de los fenómenos editoriales más interesantes de los últimos años.

No es una novela ñoña y escrita para adolescentes, como El niño con el pijama de rayas.

No es una novela histórica (nosotros es que odiamos la novela histórica), copia a su vez de alguna otra novela histórica.

No es un thriller sobrenatural sobre los secretos del cristianismo o extrañas sociedades místicas que gobiernan el mundo...

Los libros de Larsson son novelas negras.

Y entonces, viene algún pedante y se mete con Larsson. Él se cree muy listo pero lo que hace es repetir toda una serie de tópicos que desde siempre se han esgrimido contra la novela negra y que nosotros creíamos muy superados.

La novela negra es divertida, lo que a algunos les parece imperdonable. Y la novela negra, a diferencia de otros géneros, no es escapista, sino que se atreve a husmear en los aspectos más oscuros de la sociedad.

Larsson habla, por ejemplo, de importantes empresarios que se dedican a malversar fondos públicos, del pasado nazi de Suecia, de la brutalidad de determinadas prácticas psiquiátricas, de la impunidad con la que actúan los servicios secretos, de la situación de esclavitud en la que viven las inmigrantes que ejercen la prostitución y, en general, de distintas formas de violencia contra las mujeres.

La serie de Larsson no es una obra maestra (¿cuántas obras maestras hay?) y seguramente tampoco sean las mejores novelas negras de la historia (ni mucho menos), pero están muy bien y le dan mil vueltas a cientos de otros títulos supuestamente mucho más serios y mucho más profundos.

Nosotros los disfrutamos, los devoramos y sí, nos enganchamos, como todo el mundo, lo que nos convierte en seres muy vulgares, pero también refuerza nuestra tesis principal: nosotros somos gente.

Aunque el gran acierto de Larsson es el personaje de Lisbeth Salander, tan excesivo ya en la segunda parte, tan fuera de la realidad, que resulta imposible no enamorarse de ella.

Lisbeth es un ser antisocial, una especie de Pipi Calzaslargas en versión punki, como la describió su autor, llena de tatuajes, irresistible tanto para hombres como para mujeres, que pesa sólo cuarenta kilos pero que se entrena con los campeones de su país de boxeo y que es capaz de meterse en cualquier ordenador.

A Lisbeth la han puteado durante toda su vida. Incluso hay quien se cree que es tonta, pero todo lo contrario. Lisbeth es peligrosísima y está deseando poner a los malos en su sitio...

A nosotros por eso nos gustó más la segunda parte que la primera: porque Lisbeth es la auténtica protagonista. Además de por el final. Pero tranquilos, no vamos a reventarlo.

Estaría bien ahora poner una foto de los dos tochos, son libros de muchísimas páginas, uno encima de otro, aquí, en la mesa o delante del ordenador, pero los hemos prestado. Ya es la quinta vez que nos los piden. Y los hemos regalado como tres o cuatro veces más. La de pasta que le estamos dejando a Destino. A ver si el año que vienen aciertan y le dan el Premio Nadal a alguien que merezca la pena.

viernes, 24 de abril de 2009

Viaje real a la locura (sobre Michael Greenberg y Gul Y. Davis)


¿Alguna vez has estado en un psiquiátrico?

No es un sitio muy divertido.

Hay personas y donde hay personas siempre pueden surgir cosas buenas: cariño, generosidad, sonrisas...

Pero lo que hay sobre todo en un psiquiátrico es sufrimiento.

La locura no tiene gracia. No resulta romántica ni guay ni sofisticada. Una enfermedad mental o una crisis nerviosa o un brote o como quieras llamarlo no se parecen en nada a una fiesta.

La locura tampoco es la última parada de la inteligencia o del talento. No es la demostración del genio ni suelen encontrarse demasiadas respuestas en ella.

Lo que no quiere decir que los locos (los enfermos mentales, los que están sufriendo una crisis, un brote, o como quieras llamarlos) sean tontos.

Hay locos listos y hay locos tontos, hay locos con talento y hay locos sin talento. Y seguramente en la misma proporción (o muy parecida) que los que consideramos cuerdos.

Es difícil establecer los límites y es difícil generalizar.

La locura (la enfermedad mental, las crisis, los brotes o como quieras llamarlo) tienen muchas formas de presentarse. E incluso muchas fases y etapas dentro de una misma enfermedad.

Los locos (los enfermos mentales, los que están sufriendo una crisis, un brote, o como quieras llamarlos) están locos una temporada y luego, a lo mejor vuelven a estar más cuerdos que tú, depende de cada caso.

Pero lo que no suele hacer la locura es convertirte en un genio o en un payaso o en un peligrosísimo criminal. Citamos estos tres prototipos porque son los que suelen aparecer en los libros. Son libros que mienten, aunque quizá sus autores ni siquiera lo sepan.

La locura real se conoce muy poco. Entre otras cosas, porque la locura real se esconde, tanto en la literatura como en la vida. Nadie quiere verla. No encaja con esa idea romántica y además, duele.

La locura real suele significar sufrimiento, insistimos en ello, miedo, soledad, incapacidad para entenderse a uno mismo, aislamiento, una ruptura respecto a todo lo que hasta ese momento has sido y respecto al mundo...

Hoy hablamos de locura por dos libros recientes que nos ha gustado cómo abordaban el tema.

El primero se llama Hacia el amanecer. Lo ha escrito Michael Greenberg y lo ha publicado Seix Barral.

No es una novela. Es un padre que cuenta como su hija Sally de 15 años sufre una crisis mental. La diagnostican un trastorno bipolar y lo que sigue es todo el proceso de recuperación: el ingreso en el hospital, las preguntas sin respuesta, la familia culpabilizándose y haciéndose todo tipo de reproches, la mezcla de impotencia y arrogancia de los psiquiatras, los efectos secundarios de la medicación...

Lo primero que sorprende en Greenberg es la mezcla de serenidad y sinceridad. No es exhibicionista ni obsceno, no se aprovecha de la enfermedad de su hija para hacer "literatura".

Puede incluso resultar frío, premeditadamente frío, pero eso es mil veces mejor que una historia victimista o llorica.

Y a pesar de ello, hay momentos en los que resulta difícil no verse afectado emocionalmente por lo que está contando. Como cuando decide probar la medicación de su hija para saber qué siente. O cuando pasa el brote y Sally por fin vuelve a ser Sally.

Greenberg desmitifica la locura y habla de ella desde fuera. Habla de sí mismo, de cómo lo vivió. No habla de la locura desde dentro. No pretende reconstruir la experiencia de su hija. No dramatiza, pero tampoco ofrece falsos consuelos.

El otro libro, Un paseo solitario, sí es una novela. Lo escribió en 2000 un inglés, Gul Y. Davis, y lo ha editado ahora en español Periférica.

Davis, al revés que Greenberg, habla desde dentro, desde su propia experiencia, la de alguien muy joven, poco más de veinte años en la novela, pero que ha pasado más de diez ingresado en distintos psiquiátricos. Le dan el alta y sólo una semana después sufre una recaída.

Davis habla de la incapacidad de sonreír o follar, de la violencia y los castigos en el psiquiátrico, del vacío, del aburrimiento, de sentirse muerto, del terror al no poder distinguir entre lo imaginado y lo real...

El libro de Davis es duro, durísimo, como el Greenberg, pero de una forma distinta, sin la menor serenidad, al contrario, con toda la urgencia y la desesperación de quien no quiere volver a ese sitio, el psiquiátrico, donde tanto daño le han hecho y ni siquiera han podido curarle.

Davis, ya para acabar, reza e inventa una oración que podría ser la de cualquier loco:

"Querido Dios, concédeme un sueño reparador. Rezo para que mañana no esté tan solo por dentro; para que mi dolor se adormezca, para que mi mundo sea amable, para que yo no siga atormentado. Amén."

Hoy es viernes, pero no ha habido chistes. Lo que sí tenemos es una canción, She lost control, que habla también de la locura. El que la canta es Ian Curtis. Hace un par de semanas estrenaron una película sobre su vida. Se llama Control y a nosotros nos apetece mucho verla. Quizá superemos la pereza y vayamos este fin de semana.

Ian Curtis se ahorcó con 23 años. Dicen que si era epiléptico (y que por eso bailaba así), que si estaba deprimido, que si se estaba divorciando de su mujer...

Habrá a quien la imagen de Ian Curis colgado en la cocina de su casa le parezca muy de maldito, muy guay. A nosotros, en cambio, nos jode frivolizar, como con la locura. Y nos parece de una desolación extrema.

Sentimos el mal rollo. Pero a veces toca.

A cuidarse y a ser buenos.

La foto de hoy, por cierto, es de Jaime San Román. No le conocemos, ni a él ni a su modelo, sólo de este blog. Pero nos mola.

jueves, 23 de abril de 2009

Torsos musculados y falditas escocesas (la novela romántica como fenómeno a nosotros no nos da más de sí)


Hoy, 23 de abril, Día del Libro, deberíamos descansar.

O hacer una selección de libros. O de actividades. Algo útil y socorrido, como todo el mundo.

Pero ayer por la noche hablamos con nuestra Supercolega librera y hoy transcribimos la conversación.

No, conversación, no, entrevista. E incluso análisis sociológico. Y hasta estudio de mercado.

Nosotros: La última vez que hablamos, dijiste en la misma frase Corín Tellado y sobrenatural, y a los pocos días, la mujer murió...
Supercolega librera: Sí, pero yo no me la he cargado. La señora ya llevaba mucho vivido y mucho escrito.
N: Dicen que es la segunda autora más leída en España. ¿Vendéis mucho sus libros?
SL: No, no hay nada editado ahora mismo. Todo está descatalogado. Lo comprobé el otro día.
N: ¿Los libros de la segunda autora más leída en España están descatalogados?
SL: Supongo que se refieren a lo largo de la historia.
N: Yo es que no me creo que sea tan leída. ¿Y de Cervantes vendéis muchos libros? Ese dicen que es el más leído.
SL: Sí, el Quijote siempre se vende.
N: Y leíste lo que escribió Vargas Llosa sobre Corín Tellado?
SL: No, ¿por?
N: Es que nosotros no lo entendimos: el tío empieza reconociendo que no se ha leído nada de ella y luego es como si no supiera qué decir o tuviera que justificarse o le diera vergüenza o lo que fuera. Se nota lo que piensa, pero no se atreve a escribirlo y tampoco se atreve a mentir, y un escritor siempre debe mentir. Y más, en una necrológica. ¿Por qué pone eso de: "la traté con respeto, como era lógico"? ¿Qué iba a hacer? ¿Escupirla? Vamos, que no sabemos por qué se metió en ese lío. Boris Izaguirre, en cambio, se entregó.
SL: ¿Y?
N: No, nada, que se nos va la olla y estamos preocupados por Vargas Llosa. Igual ha invertido en Madoff, tiene problemas de dinero y ahora va mendigando trabajillos de mierda por ahí como nosotros.
SL: Seguro que es eso.
N: ¿Y funciona bien la novela romántica?
SL: Mogollón.
N: Dicen que ahora con la crisis se ha puesto de moda.
SL: Total. Yo creo que sí.
N: ¿Y qué autores o qué títulos o qué tipo?
SL: La saga de los Highlanders arrasa.
N: ¿Y eso qué es?
SL: En plan Braveheart, con escoceses de la Edad Media y unas portadas que son todo torsos desnudos y falditas, pero nunca se ve ninguna cara. Eso les pone mogollón.
N: ¿A quién?
SL: A mujeres de todas las edades, pero sobre todo a partir de los 40 años. Y algún que otro gay.
N: ¿Y las jóvenes?
SL: También, pero esas son más de la novela romántica sobrenatural, lo que cometamos el otros día, Stephenie Meyer y así.
N: ¿Tú has leído a los Highlanders?
SL: No.
N: Nos está quedando esto un poco soso.
SL: Es que el tema no da para más.
N: Bueno, pues recomiéndanos algo...
SL: Mira, a mí hay una novela que me recomiendan muchas clientas, se llama Los buscadores de conchas.
N: Eso es porno.
SL: Que no, que no, que es también romántica...
N: ¿Y te la vas a leer?
SL: Ni de coña.

Íbamos a colgar ya la entrada, conscientes de que no está a la altura de una fecha tan señala, pero encendemos la tele y vemos a Marsé en la entrega del Cervantes. Habla nuestra gran amiga la ministra y él, ¿se está durmiendo?

Más preguntas: ¿por qué tiene una cara tan rara?

¿Le han empastillado? ¿Trankimazín para que no muerda a nadie, ni al rey ni a la ministra ni a ningún colega escritor?

Marsé mola. Es otro grande. Todo el mundo lo sabe.

Su hija también mola: Berta Marsé. Hace un par de años publicó en Anagrama un libro de cuentos muy chulo: En jaque. Son historias de familias y de parejas, muy hijas de puta todas: infidelidades, hijos ilegítimos, abusos sexuales...

Y capaces de transmitirnos ese malestar casi físico que a nosotros nos gusta tanto en los cuentos. Recordamos dos especialmente: Piragüismo (Placeres Adultos), o de cómo una pareja aparentemente perfecta se va de excursión y acaba naufragando, y Primer amor, la historia de un chaval muy enfermo que se enamora de la chica más guapa de su clase.

Ahora ya sí, cortamos y nos lanzamos a las calles. Nos esperan para comer.

miércoles, 22 de abril de 2009

Superman se hace comunista


"Necesitamos a los superhéroes", decía el otro día El País.

Y debe ser cierto.

Si no, no se explica que en un mismo día:

- Hannah Montana visite Madrid (¿somos los únicos que vemos en esta mocosa a la auténtica sucesora de Lina Morgan?, ¿alguien se ha fijado en la serie, las caras que pone, los gestos que hace, las ganas que dan de matarla? Asesinato metafórico, se entiende, que si no, nos denuncian el Defensor del Menor y nos meten en la cárcel).

- Aznar reúna a todos sus ministros de 1996 (ayer insultamos al ex presidente, hasta le dedicamos una canción, pero al final, decidimos que no venía mucho a cuento y lo quitamos).

- Nosotros nos pongamos a leer lo último de Superman.

¿Superman?

Sí, es que se hace comunista y en lugar de llevar la S tiene una hoz y un martillo en el pecho. Precioso. El cómic se llama Superman. Hijo rojo y lo acaba de editar Planeta DeAgostini.

Es muy curioso. Y muy divertido.

Resulta que la nave que le trae de niño desde Krypton, en lugar de caer en una granja de Estados Unidos, lo hace en la URSS y Superman se convierte en el sucesor de Stalin.

A todo esto, Lex Luthor está casado con Lois Lane y la CIA no para de darle millones y millones para que cree un supervillano capaz de acabar con él.

Kennedy está vivo, se ha casado con Marilyn y todos los países se han vuelto comunistas menos dos al borde de la ruina, Estados Unidos y Chile (suponemos que es porque con la mala bestia de Pinochet no puede nadie).

No hay hambre en el mundo ni pobreza ni enfermedad ni ignorancia... El Superman rojo ha acabado con todo ello.

Lo único malo es que eso que llaman derechos individuales no se respetan mucho, pero más por el legado de Stalin, que por la voluntad del superhéroe.

Y va a ser justo el hijo de unos disidentes ejecutados por la KGB quien se convierta en su gran amenaza: un Batman con gorro ruso...

Imposible no pensar en Watchmen, claro.

Dicen que Watchmen es el principio de todo: del cómic moderno, de la novela gráfica, de los superhéroes fascistas y zarrapastrosos...

Y sí, Watchmen está llena de aciertos, de ideas brillantes y tiene algunos personajes magníficos, como Rorschach, el vengador ultraviolento y con Trastorno Límite, o el fetichista que sólo se empalma si se pone el uniforme de superhéroe.

Pero Watchmen es también muy pesadita y el origen de uno de los grandes males del cómic actual: esa actitud acomplejada que le hace querer ser siempre otra cosa, muy seria, muy profunda, y que acaba creando auténticos tostones, muy, muy pretenciosos.

Nada que ver con este Superman. Insistimos.

Y hoy, camaradas, cerramos con La Internacional. Ya sabéis: "Arriba parias de la tierra / en pie famélica legión"...

martes, 21 de abril de 2009

Más sangre y más sexo (sobre J. G. Ballard)


(Atención: lo que hoy se cuenta aquí es cierto, como siempre. No es coña. Ni nos lo hemos inventado. Sólo evitamos, eso sí, los detalles más desagradables de los DVD que sirven de apoyo al libro de Ballard. No queremos herir a nuestros "sensibles" lectores.)

"El mundo empezaba a florecer en heridas", escribe J. G. Ballard en Crash, una de sus novelas más famosas.

Y en efecto, a nosotros, ayer por la noche, nos ocurrió eso: nos brotaron las heridas, los cortes, los bisturíes, las incisiones y los úteros extraídos a mujeres de mediana edad por cirujanos gordos y sudados.

Alguien había dejado encima de una papelera una colección de DVD con títulos como: Histerectomía vaginal, Histerectomía abdominal o Banda suburetral para la técnica transobturadora. Procedimiento quirúrgico.

Había también un catálogo de relojes y una novela, sí, novela, sobre esa marca de pelucos, escrita por una tal Estelle Fallet. Empieza así:
"En la línea del TGV Mediterranée, mientras la máquina me transporta sin tropiezos hacia nuevos paisajes, consulto mi reloj".
La basura, los quirófanos, los vientres abiertos, la carne que sangra, las vaginas a través de las cuales salen trozos no de otra vida o de algún amante sino de ese mismo cuerpo, el consumismo, la maquinaria de precisión suiza...

Todo parecía hecho a propósito: alguien, seguramente sin saberlo, había erigido un monumento a J. G. Ballard a las pocas horas de su muerte.

Porque J. G. Ballard se murió el domingo y porque J. G. Ballard escribía justo de eso.

Nosotros lo leímos hace muchos años, nos gustó, incluso nos entusiasmó, y guardamos un buen recuerdo, pero es cómo si prefiriésemos conservarlo ahí, en segundo plano, encerradito en la memoria y no volver demasiado a él.

En realidad, ni siquiera nos apetecía escribir esta entrada.

¿Pereza? No hacia Ballard. Más bien pereza hacia nuestro pasado o una parte de él.

Pero no importamos nosotros. Hoy, no. Importa Ballard y hay que leerlo, con todos sus excesos.

De él suelen decir que escribía ciencia ficción. Pero no, Ballard escribía de ti y de mí, de las obsesiones contemporáneas y de sus peligros.

Te vamos a contar, por ejemplo, la ya mencionada Crash (ojo, somos muy poco rigurosos, hablamos de memoria, sólo hojeando el libro y leyendo algún que otro subrayado, puede que digamos alguna tontería...).

Un tío se estrella con su coche y a raíz de eso, descubre una extraña comunidad que se dedica a provocar accidentes porque es así como se ponen cachondos. Les molan los motores a punto de incendiarse, los neumáticos reventados, las abolladuras, los chasis convertidos en chatarra, los cristales rotos... Y el efecto de todo eso sobre su cuerpo y el de sus compañeros de perversiones: cortes, fracturas, mutilaciones, prótesis. Y por supuesto, la muerte.

Aprovechan los accidentes propios o ajenos para follar, masturbarse o, bueno, hacer lo que se puede porque cuando tienes las dos piernas rotas y el volante clavado en el pecho, tampoco te quedan demasiadas opciones.

Su icono, su gran fantasía, es el cadáver decapitado de Jane Mansfield en su Cadillac rosa.

Un libro retorcido y guarro. Muy guarro. Aunque quizá no tan retorcido. O acertadamente retorcido. Cuestión de lecturas.

Ballard presume en el prólogo de haber escrito "la primera novela pornográfica basada en la tecnología".

Pero reconoce que va mucho más allá. Obsesiones contemporáneas, decíamos antes, de eso habla Ballard: de los coches, de la velocidad, de la tecnología, de la ciencia, del consumo, de la publicidad, de la pornografía, del voyeurismo, de la enfermedad en todas sus variantes, de la fascinación por la muerte y por el accidente...

Nihilismo, otra vez la palabreja, pero ya no como una cuestión sentimental, o existencial, y de barra de bar. Nihilismo, esta vez, industrializado e implantado a escala planetaria.

Ya, volvemos a liarnos, lo dejamos, sólo dos apuntes más:

1. David Cronenberg adaptó Crash al cine. Era una película muy fría. James Spader y Deborah Unger salían muy guapos. Hacían una buena pareja. Nos gustó. Pero creo que fuimos los únicos. Nadie debió entender nada. Todos se decojonaban en el cine.

2. A nosotros, desde que la leímos Crash, nos ha quedado una pequeña perversión. Nos gustaría tener una casa desde la que se viera una autopista. A ser posible, la M3o. Incluso ahora, cada vez que cruzamos uno de los puentes que hay sobre ella, no podemos evitar sentir un cosquilleo. Pero sólo eso, un cosquilleo.

(Y gracias a Don Zana por su nuevo mensaje, ya se le echaba de menos. A ver si pronto podemos hacer algo para mitigar su soledad.)

lunes, 20 de abril de 2009

Me acuerdo (Apuntes sobre 'Me acuerdo' de Joe Brainard y el fin de semana)


- Me acuerdo de lo que pensé la primera vez que oí o leí algo sobre este libro: otra gilipollez posmoderna. Un tío va diciendo: me acuerdo de no sé qué, me acuerdo de no sé cuántos, me acuerdo de tal y me acuerdo de Pascual... Así una y otra vez hasta llenar 146 páginas en la edición que acaba de sacar Sexto Piso. Y todo, para contarnos su vida (infancia y juventud) y su tiempo (los Estados Unidos de los 40, 50 y 60).

- Me acuerdo de la fabada que me comí el viernes y de lo mucho que me reí. (Gracias, Supercolega Dabajo. Y gracias mujeres de Melilla.)

- Me acuerdo de lo que dice Paul Auster (bueno, no me acuerdo pero lo copio de la contra): "Me acuerdo es una obra maestra. Los libros supuestamente más importantes de nuestro tiempo serán olvidados uno tras otro, pero la pequeña y modesta joya de Joe Brainard perdurará".

- Me acuerdo de que cogí el libro porque quería algo "ligerito" para leer en el metro.

- Me acuerdo de que Georges Perec (un escritor francés que ahora también se ha puesto muy de moda) hizo su propia versión y escribió un par de años después un libro igual, pero que no se llamaba I remeber, sino Je me souviens.

- Me acuerdo de lo mucho que me gustó el mensaje de Anónimo a la entrada del viernes. Eso es nivel. Y la interpretación que hizo ayer Anegit del tríptico de Bacon.

- Me acuerdo de la gracia que me hizo un fragmento del libro que dice: "Me acuerdo de una placa colgada en la pared encima del televisor que decía: «Dios bendiga nuestra casa hipotecada»". Ojalá lo hubiera leído hace cinco años, cuando todo el mundo amaba sus casas y sus hipotecas, y quizá también a Dios. Podría haberme convertido en emprendedor, fabricar millones de placas idénticas e hincharme a venderlas. Incluso podría haber conseguido que me subvencionara el Ministerio de la Vivienda. O una constructora. O un banco. O si no, la Iglesia.

- Me acuerdo de que ya he instalado el Google Analytics y de que sé que sois cuatro pringados (o quizá alguno más) los que leéis esto. Pero yo os quiero a todos.

- Me acuerdo de lo mucho que me gustó un fragmento en el que Brainard cuenta como un chaval le llevó a un banco. Abrió una caja de seguridad, sacó una pistola y le pidió que se bajara los pantalones. Y sigue contando un poco más. El colega sólo tenía once años. Es lo mejor del libro.

- Me acuerdo de que el sábado alguien me preguntó por qué escribía el blog en segunda persona del plural. Y creo que le contesté que era plural mayestático. "Porque nosotros aspiramos a ser como el Papa", le solté o algo por el estilo. Pero mentí, en realidad es porque odiamos eso del yo. Yo, yo, yo, yo dice todo el mundo. Y nos agota. Y es mentira. Y nos sobran tantos yos, o yoes, o como se diga.

- Me acuerdo de que Me acuerdo, después de leerlo, no me pareció una gilipollez. Es más bien, pongámonos también posmodernos, una "experiencia lectora". Oscila entre lo curioso y lo irritante. A veces, casi todo el rato, las dos cosas a la vez. Pero no llega a convertirse en un rollo hipnótico, como debería ser, o como a nosotros nos hubiera gustado.

- Me acuerdo de todas las copas que me tomé el sábado. Y de todos los años que llevaba sin ver a David y Fernando. Y de cómo me gustan los bares sórdidos. Porque ya no tenemos ni edad ni ganas de frecuentar los garitos modernos pero sí esos otros a los que van los policías y las putas al terminar su jornada de trabajo.

- Me acuerdo también de lo que pasó el sábado después, cuando volví a casa, pero eso no lo voy a contar.

viernes, 17 de abril de 2009

Nihilismo* borracho e ilustrado (Bacon, Beckett y Shane Macgowan)

(*El significado de nihilismo aquí)

Alguien llama por teléfono (¿la supercolega sin nombre?). Nos habla de la exposición de Bacon. Coño, Bacon, si ya se acaba.

Nos metemos en la web del Prado: dice que es hasta el 19 de abril.

Siempre pasa lo mismo: todo el mundo habla de las exposiciones cuando se inauguran, incluso antes, pero nadie dice luego: corre, imbécil, que están a punto de cerrar, que te la pierdes...

Es la obsesión contemporánea por todo lo nuevo. Pura superstición, como los viajes.

Nosotros preferimos siempre llegar tarde. Nos gusta lo viejo, lo gastado, lo que está a punto de consumirse... Como nuestras botas.

Pero no nos perdamos.

Bacon mola. Vete a verlo. Merece la pena.

Hazte un huequito delante de Tres estudios para figuras al pie de una crucifixión (el tríptico que encabeza esta entrada), aunque para ello tengas que pegarte con todos los demás. Habrá mucha gente, seguro. No los odies: tú también eres gente. No les desprecies. No te creas mejor, más listo, más guapo. Pero resiste. Empújales si es necesario. O mételes un codazo. Incluso una patada en el culo.

Mira esos tres cuadros. Míralos juntos: ¿te gustan?, ¿te producen angustia?, ¿te dan miedo?, ¿te sientes agredido?, ¿las figuras gritan, ríen o bostezan?, ¿te identificas con ellas?, ¿son humanas?, ¿acaso lo fueron alguna vez?, ¿están muertas o vivas?, ¿por qué no miran?, ¿por qué no tienen ojos?, ¿dónde están?, ¿quizá en el infierno?, ¿qué es ese espacio naranja y geométrico?, ¿algo así como el alma?, ¿podríamos considerarlos un retrato?, ¿y un autorretrato?, ¿y una representación de la santísima trinidad?

Es uno de los primeros cuadros de Bacon, uno de los más potentes. Ahí está el germen de todo lo que vendrá después.

Y a nosotros, al mencionar a Bacon, el escritor que nos viene a la cabeza es Beckett.

No somos los únicos: todo el mundo los relaciona.

Uno pinta y el otro escribe. ¿Artistas de la angustia, del absurdo, de la desesperación, de la pérdida de todos los valores, de una humanidad que ya no es humana sino alguna otra cosa?

Uy, qué pedante e intenso para ser viernes.

De Beckett lo más conocido es Esperando a Godot. Pero tiene unas novelas que a nosotros nos gustan más, como su trilogía: Molloy, Malone muere y El innombrable.

¿De qué va? Pues como las figuras de Bacon: ¿tal vez del proceso de desintegración y descomposición de una persona y de la humanidad entera?

Bueno, ya vale de palabrejas, un poemita, porque Beckett escribió también poemas. Los tienes todos en Obra poética completa, editado por Hiperión:

bebe solo
come quema fornica revienta solo como antes
los ausentes ya muertos los presentes apestan
saca tus ojos vuélvelos sobre las cañas
discuten quizá ellos y los ays
no importa existe el viento
y el estado de vela

Bacon y Beckett tenían otra cosa en común: su país, Irlanda, aunque los dos huyeron de allí.

Los irlandeses son así, un poco como los españoles: conocen sus miserias y mantienen una relación difícil con la patria. Son también católicos, pobres y borrachos. Y eso explica muchas cosas.

Si Bacon hubiera nacido en Francia, ya no sería Bacon. Ni tendría una caja vacía de Wiskhy Vat 69 en su estudio. A Beckett también le gustaba el alcohol (mucho) y necesitaba un par de copas para aguantar tanta angustia.

Nosotros los imaginamos juntos en cualquier pub, charlando y riendo. Con ellos está Shane Macgowan, ex cantante de The Pogues e irlandés ilustre, otro monumento a la descomposición y al alcoholismo, casi una pieza de museo.

Pero se pone a cantar y se te olvida todo.

La canción se llama Dirty old town y mientras la buscábamos, nos ha alegrado mucho descubrir que el bueno de Shane sigo vivo.

Pero vosotros, no, no sigáis su ejemplo: sed buenos y no bebáis mucho este fin de semana.

jueves, 16 de abril de 2009

Nazis, negros y un mundo en guerra permanente (o un poquito de no ficción)


Nosotros somos más de novela. O de cuentecitos

Y nos hace mucha gracia todas esa gente que se pone muy seria y dice que sólo lee libros de historia o biografías o ensayos, que lo de las vidas inventadas no merece la pena.

Es extraño lo de las vidas o las historias inventadas. Están en todas partes, en todas la culturas, en uno o en otro formato. Naces y lo primero que hacen es contarte un cuento, a ser posible que dé mucho miedo aunque luego acabe bien, porque si no, no puedes dormirte.

O la Biblia. O cualquier otro mito o relato del origen.

Todo son cuentecitos e historias inventadas: las películas, las series de televisión, los culebrones...

Nuestras propias vidas también.

No, no te asustes, no vamos a ponernos metaliterarios ni tostones.

Hablamos de todas esas historias y cuentecitos que nos contamos a nosotros mismos para poder seguir viviendo, para inventarnos una identidad, para saber quienes somos, qué debemos hacer, qué se espera de nosotros.

Preciosa reflexión mañanera (para nosotros es muy de mañana, aún estamos desayunando). Esperamos no haber dormido a nadie.

A lo que íbamos, hoy tres libros que tienen muy buena pinta pero que no son novelas.

1. La era del guerrero. Robert Fisk. Ed. Destino. Qué pena, que desprestigiado está el periodismo, cuánta mentira, cuánta tontería, cuánto interés bastardo. La mayoría de medios parecen el brazo armado o los hooligans de uno u otro partido político. Y mientras, metido cada cual en sus batallitas, la realidad no aparece por ningún lado. Por eso, vas y te encuentras con un periodista de verdad y te quedas sin habla.

A nosotros nos pasó con Robert Fisk en 2003, poco antes de que empezara ese desastre monstruoso, repugnante y lo más aterrador, chapucero, que solemos llamar La Guerra de Irak. Leímos este artículo y ya nos enganchamos a él.

Fisk lleva más de 30 años como corresponsal en Oriente Medio. Lo ha visto todo, ha entrevistado a todos y lo ha contado como nadie. No es un corresponsal de guerra, pero dada la zona en la que está, no ha dejado ni una sin cubrir. Queremos decir, y por supuesto no todos los corresponsales de guerra son así, que no es uno de esos geyperman que tan bien quedan en televisión ni un amoral ni un cínico ni un tonto del haba con afanes suicidas. No ha caído allí por casualidad, sabe muy bien de lo que habla y es capaz de pensar, sí, además de contar y describir, intenta explicar, analiza las causas, las posibles consecuencias, enmarca esos hechos en un marco global e histórico...

¿Otra razón para leerlo?, ¿un cotilleo, una anécdota? El actor John Malkovich dijo en cierta ocasión que le encantaría matarle. Las razones las explica Fisk aquí (lo sentimos, está en inglés, pero si googleas, seguro que encuentras algo en español al respecto).

Destino ahora publica esta recopilación de artículos de los últimos años sobre Irak, Palestina, Líbano... O sea, sobre el estado de guerra permanente que vive la zona y sin el cual es imposible entender nuestro mundo y el conjunto de intereses y disparates que lo rigen.

De todas formas, si quieres ahorrarte el dinero, encontrarás un montón de artículos suyos, puede incluso que todos, en Rebelión.

Y bueno, esto se nos ha hecho muy largo y creemos que Fisk se merece una entrada para el solito. Incluso cinco o seis. Lo dejamos aquí.

Mañana más. Quizá los otros dos libros, quizá alguna otra cosa. Será viernes y ya veremos por donde salimos.

miércoles, 15 de abril de 2009

Trabajar cansa (sobre La Noche de los Libros 2009)


Ha sido un día largo, duro, pesado. No nos apetece pensar mucho y recurrimos a Cesare Pavese (un tío grande, grande, grande) para el título y para transmitir nuestro estado mental.

Queríamos destacar algunas actividades de La Noche de los Libros, que es una de esas fiestas culturales que se han inventado en Madrid pero que a nosotros nos gusta.

Porque antes Barcelona nos daba mucha envidia todos los 23 de abril con su Sant Jordi, o su Día del Libro, o como lo llamen, y ahora, un poco menos.

Está bien que los libros salgan a la calle. Y hacer una fiesta popular en torno a ellos. Aunque a algún pedante le joda porque a él, o a ella, lo que le gustaría sería leerlos solito con sus colegas en el cementerio, o en misa, que para el caso es lo mismo: todos callados, muy serios, aburridísimos.

Hemos abierto el documento con la programación: 51 páginas, pero al llegar a la treinta y tantas, lo hemos dejado.

No se nos ocurría nada que de verdad nos llamara la atención o nos apeteciera.

Aquí también se nota la crisis: poco nombre de relumbrón y pocos de esos actos que no tienen mucho que ver con la literatura (como los conciertos de Sophie Auster o Patti Smith de otros años), pero que se supone que dan caché.

En general, todo parece rutinario, sin ganas, de bajón. Como nosotros esta noche.

Descartamos las cosas infantiles, los cuentacuentos, todo lo que tenga que ver con el teatro, los talleres literarios, el jazz, las conferencias y nos quedamos con los encuentros con escritores en librerías. Hay de todo, aunque las grandes firmas que acaban de sacar libro siguen estando en Barcelona.

Lo bueno es que esto es más íntimo, no hay colas, incluso puede que en muchas librerías no haya ni gente. Sólo el autor, el librero y alguien que pasaba por allí y al que le han puesto una copa de cava en la mano. Visto así, mola mucho. Quizá empiecen a hablar entre ellos y se caigan bien, o se enamoren. O a lo mejor, no. A lo mejor, se odian y se matan. Pero eso también tiene su punto.

Échale un vistazo a la programación por si ves algo que te apetezca.

(Por cierto, nos llega la noticia de que han retirado un libro que recomendamos el otro día: El barco de la muerte, de B. Traven, por un lío legal entre editoriales. En unos meses lo sacará El Acantilado. Pero si puedes, hazte con él cuanto antes.)

martes, 14 de abril de 2009

Adiós al sushi (una mañana pateando librerías)


El alergólogo se parece a César Vidal, es gordo y lleva un peinado extraño.

Pero lo peor es el diagnóstico: anisakis.

Nada de comer pescado en los próximos tres meses. Y luego, ya veremos.

Los restaurantes japoneses, ni olerlos, nos recuerda. Los que se mueren de esto siempre vienen de cenar en un japonés.

Adiós al sushi, al sashimi, a los makis y a todo lo demás.

Ya no conoceremos el nuevo Miyama. Ni nos cobraremos esa invitación pendiente en Kabuki. Ni compraremos la cena en Nippon para luego compartirla con los colegas en casa.

Ante una noticia tan dura, sólo nos queda tomarnos la mañana libre.

Ha dejado de llover y tenemos cerca la librería de la doctora Ochoa.

Estuvimos poco después de que abriera. No terminó de convencernos. Pensamos que le faltaba rodaje.

Hoy nos ha vuelto a decepcionar. Es fría y aséptica. Hay demasiado silencio. Nada invita a entrar ni a hojear los libros. Lo hacen aposta. Porque así se parece más al arte contemporáneo, su especialidad, y porque eso lo deben considerar muy moderno.

El colmo de la ridiculez son unos guantes blancos, como de mayordomo de anuncio de televisión. Los tienen encima de un libro y suponemos que son para tocarlo. Lo malo es que no nos transmiten sensación de limpieza. Más bien al contrario.

Y entonces, lo ridículo se convierte en muy, muy cutre. O en pura decadencia. Como unas cortinas de terciopelo sucias y apolilladas.

Pero no nos hagas caso, exageramos, como siempre y hoy además nos puede la aprensión. Es lo que pasa cuando acabas de descubrir que tienes un gusano hijo de puta dentro de ti que amenaza con cerrarte la traquea en cualquier momento.

Sólo curioseamos dos libros, los dos de Eugène Atget, un fotógrafo de finales del XIX y principios del XX. Son todo fotos de las calles de París vacías, o casi vacías. Tan fantasmales y evocadoras que aún no hemos descartado volver mañana mismo a comprarlo. O a robarlo, según nos dé el punto. (Para que te hagas una idea, la imagen que encabeza esta entrada es suya).

La siguiente parada es en La Modesta, una de nuestras librerías favoritas de Madrid. ¿Qué es lo que tiene? No lo sabemos exactamente. Pero se nos ocurren unos cuantos motivos: encanto, una forma distinta de hacer las cosas o que allí solemos encontrar libros que nos sorprenden.

Hablamos con Rocío, su dueña. Nos recomienda varias novelas. Después de muchas dudas, nos llevamos Dios no quiere a los niños. Un título precioso para una historia de críos asesinados en el Buenos Aires de principios del siglo XX.

Al parecer, está basado en una historia real y lo ha escrito una italiana, Laura Pariani. Lo edita Pre-Textos.

Antes de marcharnos, nos acordamos de que acaban de presentar el programa de La Noche de los Libros. Hoy queríamos haber escrito sobre eso. Le preguntamos a Rocío qué va a hacer ella en la librería. Nos cuenta que va a firmar Luis Alberto de Cuenca.

A nosotros nos cae bien y nos gustan sus poemas. Sobre todo, los sentimentales, esas historias de ex alumno del colegio del Pilar jugando al canalleo. Y los dedicados a los amigos o las amantes muertas, y la elegía que le escribió al perro de una de sus novias.

A ver si un día de estos nos hacemos una entradita sobre escritores de derechas. Pero no Céline ni Mishima ni Foxá, sino un par de ellos españoles y actuales, que nos molan y nos hacen mucha gracia.

Y ahora, a ver si el anisakis nos deja leer un rato...

lunes, 13 de abril de 2009

Nos mola el malestar (sobre la nueva ministra y 'El barco de la muerte')


Estábamos de vacaciones y leímos las declaraciones de Ángeles González-Sinde en su toma de posesión como ministra: "creo en la cultura como generadora del bienestar".

Cogimos el coche y salimos huyendo a Francia, un país mucho más civilizado, democrático y a la vanguardia: sus trabajadores ya han empezado a secuestrar a los directivos y patrones que quieren gasearlos.

Somos injustos y descontextualizamos, seguro, pero ¿de qué bienestar habla la ministra?

¿El Estado del bienestar?

Llevábamos años sin oír ese concepto.

Tampoco termina de convencernos porque suena un poco a anuncio de compresas o de aíre acondicionado, a paraíso ficticio para pequeños burgueses, pero con la que está cayendo y con la que va a caer, nos apuntamos a él.

Aunque preferimos que sean otros ministros los que se encarguen de nuestro bienestar. El de Trabajo, por ejemplo. Ese sí. Sería un puntazo: acabar con la precariedad, garantizar un salario digno, una protección real frente a las empresas y a un sistema de explotación generalizada...

La Cultura, así con mayúscula, la preferimos para otras cosas. Los libros, las películas, los cuadros, las esculturas, etc, nos interesan cuando se atreven a adentrarse en nuestro propio malestar. Que es el malestar de todos. O de muchos.

(No, no vamos a citar a Freud. Ni a relacionar todo esto con su Malestar en la cultura.)

O sea, nos interesa una cultura capaz de tocar los huevos, que no sea ñoña ni aburrida ni autocomplaciente ni escapista ni un coto privado para cuatro listos o un chiringuito para que vivan de puta madre los amiguetes de turno, que al final, siempre acaban siendo los mismos.

Somos muy retorcidos.

Y por eso, le recomendamos un libro a la ministra (por supuesto, ella es una de nuestras seguidoras, ¿tal vez Capricornio superfan?): El barco de la muerte, de B. Traven (¿1882?-1969), que acaba de editar Alfabia. Antes de leerlo, ya hablamos de él.

Una vez leído, insistimos.

No es una obra maestra. Tampoco le hace falta. Es una novela extraña y a ratos, fascinante, con mucho humor y mala leche, irregular y reiterativa, quizá demasiado reiterativa, pero poderosísima.

Es la historia de un marinero yanqui de los años 20 que llega al puerto de Amberes, se emborracha, acaba con una mujer y cuando se despierta, ha perdido el barco.

No tiene ni dinero ni equipaje ni documentos. Convertido en un 'sin papeles', empieza a vagabundear por Europa, hasta que le enrolan en el Yorikke, un barco de la muerte.

Un barco de la muerte es lo peor. Su único destino es naufragar para que la compañía cobre el seguro o para que pueda quitárselo de en medio sin causar más gastos. Y cuantos menos testigos deje, mejor. En un barco de la muerte no se respeta ningún derecho ni se cumplen los contratos ni se tienen en cuenta las medidas de seguridad ni hay forma de escapar.

Un barco de la muerte es el infierno, y más si se trabaja en las calderas, como el narrador.

Todo ello funciona como una bonita alegoría sobre el trabajo en la sociedad capitalista y sobre hasta donde puede llegar la explotación. En los años 20 o ahora mismo.

Y seguro que más de uno va a sentirse identificado cuando lo lea. Es lo que tiene la literatura y el malestar: convierten un descenso privado al infierno en un descenso colectivo.

Traven, al parecer militante anarquista en su juventud, despotrica contra las patrias, las fronteras, la policía, las guerras, el Estado, el Capital, la esperanza y todo lo que se le ponga por delante.

Una saludable lectura. Te dejamos un fragmento para que te hagas una idea:
"Cuando me aparté de la borda supe que, aunque estaba en un barco de la muerte, en una carolina de camuflaje, había dejado de ser mi barco de la muerte. No voy a convertirme en un gladiador del Yorikke. Te escupo a la cara, emperador César Augusto. Ahórrate tu jabón y cómetelo, que yo ya no lo necesito. Pero no creas que me vas a oír lloriquear más. Te escupo en la cara, a ti y a los de tú ralea."

martes, 7 de abril de 2009

Vacaciones


A nosotros es que viajar no nos gusta.

En realidad lo que nos pasa es que lo odiamos. Nos parece uno de esos vicios modernos y estúpidos.

Sólo nos divierte cuando nos perdemos. Eso sí. Y esta vez estamos más cerca que nunca de conseguirlo.

Nos hemos traído una mochila llena de libros. Pero muy pocas ganas de leerlos.

Elegimos tres de ellos, casi al azar, para la foto y te contamos:

- Siete casas en Francia. Bernardo Atxaga. Ed. Alfaguara: Nos gustan los escritores que se cansan de sí mismos, los que deciden mandar a la mierda ese 'mundo propio' que con tanto esfuerzo han construido. O sea, que Atxaga deja de escribir de vascos y se va al Congo Belga. Lo normal en estos casos es cagarla. Pero nunca se sabe. A veces salen cosas muy curiosas.

- La soledad de los números primos. Paolo Giordano. Ed Salamandra: Está en todas las listas de los más vendidos. Y a nosotros nos gusta leer lo que lee la gente. Somos superdemocráticos. Y, sobre todo, somos gente. Aspiramos a entender nuestros propios gustos. Y en este caso, no terminamos de pillarlo. Sí, el escritor es jovencito y muy guapo y parece que muy 'sensible'. Pero a eso de mezclar una historia de amor con las matemáticas, no terminamos de verle la gracia. Hay que investigarlo.

- Sidecar. Alberto Lema. Ed. Caballo de Troya: Este tío publicó el año pasado una novela, Una puta recorre Europa, que empezamos a leer en una librería. Y nos interesó mucho. Pero no debíamos tener pasta porque no la compramos ni la acabamos. Ahora saca estas dos novelitas cortas de amor. Y tienen muy buena pinta. La primera es sobre una mujer que ha leído a Foucault y aspira a tener una relación sin secretos. Y la segunda, por lo visto, de un tío al que sólo le gustan las gordas.

Veremos por donde empezamos. Si es que empezamos. Ya hemos dicho que estamos muy perros.

Y quizá, un poco tristes.

Ayer, o antes de ayer, o cuando fuera, se cumplieron 15 años del suicidio de Kurt Cobain.

Te dejamos una canción suya y desconectamos hasta la semana que viene.

Se llama You know you´re right (sabes que tienes razón) y es la que nos ponemos siempre que nos entran ganas de mandarlo todo a la mierda. O liarnos a tiros.

Aunque nos acabamos de enterar de que fue la última que escribió Cobain antes de matarse y eso nos ha acojonado. Prometemos no escucharla más.

Otro abrazo para Don Zana, y tómeselo con calma. Quizá los blogs impliquen inmediatez. Pero la lectura nunca, al contrario, cuanto más despacito, mejor. Y nosotros seguiremos aquí, esperamos, por si más adelante quiere comentar algún libro de Carlos Herrero. O lo que sea.

Feliz semana santa, con minúsculas y sin procesiones, a todos.

lunes, 6 de abril de 2009

Razones para leer a Carlos Herrero


Antes de nada, ¿quién es Carlos Herrero?

Un madrileño nacido en 1975 que iba para gimnasta (estaba en el equipo nacional con Carballo o Defer), pero por culpa de una extraña infección en la cadera, tuvo que dejar el deporte.

Casi se queda cojo y las pasó muy putas.

Luego vinieron más problemas, más enfermedades, más historias y un montón de trabajos basura.

Decidió dedicarse a escribir y se encerró en la biblioteca de su barrio con la misma disciplina y el mismo esfuerzo que antes había dedicado a la gimnasia. Pero también con muchísima más rabia.

En 2007 publicó su primera novela, Prosperidad (Ed. Barataria), en la que reconstruía un poco toda esta trayectoria personal y la de una juventud que no era ni pija ni moderna, y para la que la vida parecía cualquier cosa menos una fiesta: se emborrachaban solos en callejones para calmar su ansiedad, iban a sórdidos burdeles si querían follar y la única perspectivas de futuro que tenían era un trabajo con el que ni siquiera llegaban a mileuristas.

Ahora ha editado Cuentos rotos, también en Barataria. Y nosotros creemos que es un libro que hay que leer. Entre otras cosas, por:

1. Como comentábamos el otro día, es uno de esos escritores que aún es capaz de hacernos sentir algo. Sus historias saltan del papel y llegan a afectarnos, incluso físicamente. Te duelen y te remueven por dentro. No te dejan frío. No las olvidas al cerrar el libro. Se te quedan ahí, dando vuelta y vueltas, y allá tú si no sabes cómo digerirlas. La última vez que nos ocurrió algo así fue con otro libro de relatos, Carne (Ed. 451 Editores), de Eider Rodríguez.

2. Sí, habla mucho del dolor y la enfermedad, son dos constantes, pero en sus cuentos, como en la vida misma, pasas del mal rollo al descojone casi sin darte cuenta. Y en estos casos, todo el mundo sabe que la risa vale muchísimo más.

3. Igual que en Prosperidad, sus personajes no son perdedores de diseño. No tienen ningún glamour. Son feos, pobres y están jodidos la mayoría de las veces. Pero hay algo que les hace muy superiores: son reales, seres ni buenos ni malos, que intentan vivir, aunque ni siquiera sepan por qué y aunque deban enfrentarse a las pruebas más duras.

4. Desde esta realidad tan pedestre, de repente, Herrero da el salto y convierte algunas de sus historias en relatos de ciencia-ficción. O mejor, en auténticos delirios en los que, por ejemplo, a las mujeres de todo el mundo empiezan a salirles pollas o las almas que esperan para entrar en el más allá deciden rebelarse contra Dios.

5. Sus cuentos están llenos de mierda. Pero no por capricho. La mierda, en este caso, es una devastadora metáfora de lo que la enfermedad puede llegar a hacer con nosotros: humillarnos, arrebatarnos toda la dignidad, impedirnos controlar hasta las funciones más básicas de nuestro cuerpo...

... Y hay también mucho sexo (sexo de verdad, no de película porno trasladado al papel). Y mucho amor. Amor tratado y entendido así:
"¿Qué ata una persona a otra? La palabra amor ocupa multitud de sentimientos: compasión y agradecimiento, deseo sexual, necesidad de apoyo, lealtad, sacrificio, ternura, miedo, cariño, comodidad."
Amor como el que sienten los protagonistas de El trabajo del hijo, el padre y la madre de un retrasado mental que se gana la vida desnudándose como 'boy'. Es el cuento con el que se abre el libro y uno de los mejores, nueve páginas en las que Herrero te arrastra por casi todas las emociones imaginables: la pena, la ternura, la risa...

O ¿Por qué no? Otro de nuestros relatos preferidos, la historia de una mujer de 57 años, virgen y que ha renunciado a todo para cuidar de su padre enfermo. Hasta que Internet se cruza en su camino y ella, por fin, empieza a vivir.

Ya sólo por estos dos cuentos, el libro valdría la pena. Mucho, mucho, mucho. Pero aún hay más, otros nueve relatos, y cada uno de ellos tiene frases, ideas, escenas y situaciones, que justifican de sobra su lectura y que convierten a Herrero en uno de nuestros escritores 'jóvenes' (34 años) más potentes y personales.

A nosotros es uno de los libros que mas nos ha gustado en lo que va de año.

Después de recomendarlo, ya nos podemos ir tanquilos de viaje.

Mañana intentaremos escribirnos también algo, quizá los libros que nos hemos llevado, aunque sólo sea para joder y dar un poco de envidia a los que aún siguen trabajando.

viernes, 3 de abril de 2009

Hoy va de sangre, entrañas y mondonguillos


Íbamos a hacer toda una serie titula Cómo no ser Fernando Savater. Pero alguien nos advirtió que la rima de Ser con Savater sonaba fatal.

Mierda, tenía razón.

De todas formas, aun no hemos descartado la idea. Incluso podríamos volver a ella con otros nombres. Por ejemplo: Cómo no ser Juan José Millás, cómo no ser Almudena Grandes, cómo no ser Sánchez Dragó o cómo no ser Juan Manuel de Prada.

(Excurso sólo para los más culturetas: ¿Cómo?, ¿también Juan Manuel de Prada?, ¿acaso hay alguien en el mundo que no quiera ser Juan Manuel de Prada? Perdón, es cierto, recapacitamos, hasta Philip Roth cambiaría su eterna candidatura al Nobel por el puesto de tertuliano en Intereconomía del Sr. de Prada. Y su cabreo constante. Quizá sólo esa rivalidad entre dos monstruos de las letras explica la crítica de de Prada a la última de Roth. Tronchante. Y la respuesta de Iván Thays, superdolido, desde su modélico Moleskine Literario. A ver si esta Semana Santa nos podemos leer Indignación y somos capaces de darle la razón a de Prada. Nos encantaría.)

Bueno, a lo que íbamos, que cuando estamos en el hipódromo, además de ver a Savater, que siempre nos jode y nos gafa las carreras, suele andar por allí Abraham García con sus sombreros, sus corbatas y sus cosas de colores.

Y a nosotros, Abraham García es un señor que nos cae muy bien.

Es cocinero, pero nada que ver con esos cocineros modernos que ahora van todos vestidos de negro. Y es un gran lector. Y además, escribe.

Hace tiempo le estuvimos entrevistando y nos cayó muy bien. Hablamos de libros y de caballos. Nos regaló una joyita El noble bruto y sus amigos, de Adolfo Botín Polanco. Una edición numerada (636 de 1.000) publicada por Quartago. Es un libro que habla de eso, de caballos, escrito por un oficial de caballería que desapareció en la Guerra de Marruecos.

También nos dio un soplo para ese domingo en el hipódromo. Motarassed, nos dijo. Hay que apostar por él. No funcionó, pero tampoco le guardamos rencor por ello. Todo lo contrario.

Y nos contó que estaba escribiendo un libro de casquería y que quería que fuera muy especial.

El libro lo acaba de publicar Planeta y sí que es especial. Por el tema, claro, pero también, por ejemplo, porque Abraham García es el único cocinero que puede permitirse el lujo de citar a Joyce o a Pessoa sin que te entren ganas de vomitar. O directamente, de meterle una patada en la boca (metafórica patada, se entiende).

¿Alguien se imagina a Arola citando a Joyce? Por cierto, ¿alguien se acuerda de ese librito que le escribió David Trueba a Sergi Arola hace ya unos años contando que Arola molaba mucho porque antes tocaba la guitarra, o que de pequeño se iba a tomar el vermú con su abuelo, o que el abuelo le cocinaba a Arola o que era Arola el que le cocinaba al abuelo, o no sé qué? Pues eso, que quisieron hacer un Confesiones de un chef (maravilloso libro de Anthony Bourdain) y les salió algo muy ñoño y muy aburrido, al menos así es como lo recordamos ahora.

De tripas corazón es todo lo contrario. Es un libro de cocina con sus recetas y eso, pero también con muchas otras cosas como anécdotas, curiosidades y las ya mencionadas citas por todas partes (Pla, Paco Ignacio Taibo, Gamoneda, Neruda, Vallejo, Góngora...).

Y las recetas, atención, están escritas. Más que una sucesión de pasos en infinitivo o imperativo ("pelar la cebolla, freír la patata" o "pele la cebolla, fría la patata"), Abraham te va dando las instrucciones y de pronto, en mitad de la receta, te suelta algo como:
"Debe saber que el puto hígado, y por breve que sea la cocción, cierra sus poros haciéndose mucho menos permeable a la salsa que otras viandas y cortes, de ahí que resulte decisivo que no hierva para esta receta o adquiriría una solidez de adobe, inadecuada para estos tiempos, donde la construcción vive tal crisis que, incluso de los Tres Cerditos, el triunfador es el que edificó con paja".
Y como dice puto y habla de crisis y se pone apocalíptico, a nosotros nos mola. ¿Cuándo vamos a quitarnos de encima la coprolalia?

"Un homenaje a la casquería", escribimos en el On Madrid. Y también que Abraham era barroco y castizo, pero en el mejor de los sentidos. Insistimos en ello y recomendamos el libro a todos los amantes de la cocina y las vísceras.

¿Lo malo? La edición. Los de Planeta no han entendido lo que tenían entre manos. O no lo han sabido hacer mejor. Parece que es un recetario cualquiera de hace 10 o 15 años, con ese papel tan gordo y tan brillante, tan de lujo, y esas fotos con tanto colorinchi, tan irreales y esos estilismos... Porque sí, también en las fotos de cocina se hacen estilismos.

El libro debería haber sido algo parecido a Cerdo e hijos, del cocinero francés Stéphane Reynaud y editado por Phaidon. Pero a la manchega, como Abraham García. O sea, sin mantelito a cuadros rosas.

De nada, Sr. Lara por las ideas. A ver si nos pone en nómina, pero sin horario, que nosotros antes de las 12 no nos levantamos nunca, aunque luego nos tengamos que acostar a las seis de la mañana.

Y gracias a Don Zana por su mensaje, he intentado contestarle pero no me ha dejado el blogger. Bienvenido. Nos encantan los desconocidos, a veces más que los conocidos. Y le invitamos a hacerse seguidor. Si de verdad está sólo, allí encontrará a un montón de mujeres. Si es que le gustan las mujeres, claro. Y si hoy no he escrito follar ha sido por usted. Sólo por usted. El próximo día, intento meter la palabra sodomía donde sea.

Os deseamos feliz fin de semana a todos, o feliz semana santa, con una de esas canciones que ha marcado nuestra vida Gente abollada, de Surfin Bichos.

¿Y esta nueva gilipollez? Porque el disco en el que estaba tenía un título precioso: La luz en tus entrañas.

jueves, 2 de abril de 2009

La Corín Tellado de lo sobrenatural (Stephenie Meyer, nuestra supercolega librera y el Día del Libro Infantil y Juvenil)


Ja, ja, ja.

Cómo os reíais anoche de la última entrada. Pero mira que sois malas.

Y digo malas porque este blog es un poco como Antonio Gala: sólo lo leen mujeres. O sea, que triunfamos seguro. Todo son seguidoras. O casi. Más las que no quieren ser groupies y prefieren quedarse en la sombra. Pero luego, bien que llaman al móvil: mételes caña, ja, ja, ja, dales fuerte.

Qué huevos.

Sólo una se queja: dices muchos tacos. Todo el rato con follar, mierda, puta...

Y ja, ja, ja, ja, ja, ja.

Luego está nuestra supercolega sin nombre. Nos aconseja que nos cortemos, que no nos metamos con ciertas cosas. Claro, ella es periodista y conoce bien el miedo. Lo tiene dentro.

Ja, ja, ja, ja, ja, ja.

Ya veremos si no acabamos censurándonos. O en la cárcel de los bocazas: la más absoluta miseria. Más que ahora queremos decir.

Una de las llamadas de anoche fue de otra supercolega. De aquí en adelante: nuestra supercolega librera (también sin nombre).

Trabaja en las afueras, en una cadena de librerías. Pero las afueras pijas, no las afueras chungas.

Como ayer era el superlanzamiento de The host (la huésped), la nueva novela de Stephenie Meyer (la de la foto), que ha vendido millones y millones de libros en todo el mundo de la serie Crepúsculo y hoy, el Día Mundial o Internacional o Lo Que Sea del Libro Infantil y Juvenil, charlamos con ella un rato...

Nosotros: ¿Qué tal ha ido el lanzamiento de la novela de Meyer?
Supercolega librera: Soso.
N: ¿No habéis vendido mucho?
SL: Sólo cinco ejemplares.
N: ¿No había expectación?
SL: Con éste, no. Con los otros sí. Con la serie de Crepúsculo había hordas de adolescentes y una lista muy largas de prereservas. Esta vez teníamos sólo tres prereservas.
N: ¿Qué es una prereserva?
SL: Se les guarda el libro y se les hace descuento y tal.
N: Dicen que la serie de Crepúsculo era para adolescentes y The Host es la primera novela de Meyer para adultos...
SL: Nosotros la hemos puesto también en juvenil.
N: ¿Y tú has leído a la Meyer?
SL: Le eché un vistazo, pero era insoportable, muy repetitiva y muy previsible: sabes todo el rato lo que va a pasar, es un poco la Corín Tellado de lo sobrenatural.
N: ¿Sobrenatural?
SL: Sí, los otros iban de una adolescente que se enamora de un vampiro, una novelita rosa. Y ésta va de una extraterrestre que se mete dentro del cuerpo de una mujer y las dos se enamoran del mismo hombre.
N: ¿Un triángulo?
SL: Sí, lo venden así: el primer triángulo de la historia con sólo dos cuerpos.
(Cuidado: a partir de aquí reventamos toda la serie Crepúsculo)
N: Qué fuerte, nosotros habíamos leído que el vampiro enamorado y la adolescente sólo se besaban...
SL: No, que va, si hasta tienen un hijo.
N: No me digas...
SL: Sí y hay un parto muy bestia porque el bebé es vampiro e intenta matar a la madre, la destroza entera, una escabechina...
N: Qué cabrón el niño.
SL: No, no es malo, es que es vampiro.
N: Ah, claro... Pues oye, me está molando.
SL: Lo que pasa es que luego el padre, como es vampiro, la convierte a ella en vampira y la resucita.
N: Normal si la quiere. Yo haría lo mismo. Y hay también hombres lobos...
SL: Sí y se pelean.
N: ¿Puede hacerse una lectura política?, ¿lucha de clases?, ¿alguna analogía posible con la Guerra Civil?
SL: No, se pelean por la chica.
N: Y esto, lo leen también los adultos...
SL: Sí, se lo llevan las adolescentes y sus madres. Las madres se quedan hasta las tantas leyéndolo. Los devoran y luego vuelven a los dos días a por más.
N: Es curiosos esto de los libros para adolescentes que le encantan a los adultos, como El ñoño con el pijama de rayas... ¿Tan mal estamos?
SL: Tan mal estamos.
N: Pero tú no eres una de esas libreras culturetas y pesadas. A ti te encanta Larsson y Harry Potter.
SL: Sí, pero esto no tiene nada que ver.
N: Pues ya que hoy es el Día del Libro Infantil y Juvenil, recomiéndanos algo para los chavalines.
SL: La serie de Ulysses Moore, de Pierdomenico Baccalario, editado por Montena. Son seis libros, para niños de nueve o diez años, hay que recuperar unas llaves y resolver un misterio. Son muy buenos: con aventura, intriga y misterio. Les entretiene y les hace pensar.
N: Oye, ¿y notáis mucho la crisis?
SL: No, no mucho. Se vende y se crece.
N: ¿Y crees que ayer me pasé con La fiesta ha terminado?, ¿me censuro? Es que no tengo nada contra el tipo que lo ha escrito, sólo me dio mucha rabia y me irritó mucho. Pero ahora me da palo. Tú sabes que somos buenos...
SL: No, no lo censures. A mí me gustó mucho.
N: Bueno, vale, ¿y pongo tu nombre o prefieres ser sólo la supercolega librera?
SL: No, no, mejor no pongas mi nombre...
N: Joder, qué cobardicas sois todas...

miércoles, 1 de abril de 2009

"La fiesta ha terminado." ¿Qué fiesta? (Reseña de la novela de Daniel Vázquez Sallés. Ed. RBA)


Hoy estamos perezosos y torpes, no acabamos de verlo claro.

Llevamos tanto tiempo amenazando con hablar de La fiesta ha terminado, de Daniel Vázquez Sallés y editado por RBA, que ya ni nos apetece.

En realidad, ni siquiera sabemos si merece la pena dedicarle tiempo y espacio a un libro sobre el que no tenemos nada bueno que decir.

Pero vamos allá, intentaremos ser rápidos y asépticos. Aunque seguramente al final la caguemos.

¿Por qué lo leímos? “Una novela dura y exigente, que revela a un escritor de raza”, decían. Y muchas cosas más.

¿Es tan bueno?, preguntamos. Y nos respondieron que sí.

Creímos que podía ser un descubrimiento, como lo fue el año pasado Naturaleza infiel, de Cristina Grande, editado también por RBA.

Y nos gustó el planteamiento: Ruth y Mo son una pareja con dos hijos. Rondan los 40 y todas las semanas se encuentran en un hotel para follar. El polvo les sale a 250€. Luego vuelven a casa y todo es tan normal. Pero Ruth empieza a enamorarse del Mo del hotel y a odiar al Mo padre que tiene que aguantar el resto del tiempo. Prometía, ¿verdad?

A partir de ahí, pensamos que Vázquez Sallés nos iba a contar con mucha mala leche y ninguna piedad el proceso de descomposición de una pareja, sin buenos ni malos, sólo dos personas que ya no se aguantan y que sacan lo peor de sí mismas.

La portada, además, era muy bonita.

¿Y por qué no nos gustó? Al principio nos pareció que Vázquez Sallés se complicaba innecesariamente la vida y que luego, poco a poco, se iría soltando. Pero no, fue cada vez peor, cada vez más farragoso.

¿Cómo de farragoso? Abrimos al azar por la página 259 y copiamos:
"A salvo de ese oxígeno tóxico, en ese cuarto de baño hace una canícula abrasadora. Sin ventanas que muestren el quebranto de la luz de la tarde, lo único que resplandece es la llama parpadeante del fluorescente. Dibujado a intermitencias en el espejo cuadrado cercado de baldosas aventajadas, Mo observa con detalle las máculas de guerra grabadas en su corteza corporal."
¿Es esto escribir bien?

¿Es ésta la dureza y exigencia de la que hablaban? Dureza, sí, muchísima.

Y como siempre, el estilo se acaba convirtiendo en una cuestión moral (¿lo dijo Flaubert o fue Homer Simpson?).

Pues eso, que uno empieza poniendo tantos adjetivos y tantas palabras raras y a la fuerza acaba cayendo en los peores tópicos y volviéndose muy convencional.

¿Cómo de tópico?, ¿cómo de convencional?

(Y aquí venían tres párrafos que, después de muchas dudas, hemos decidido eliminar.

¿Por qué?

- No nos sentíamos cómodos con ellos.

- Parecía que hubiera algo personal contra el autor . Y no era así.

- Es la segunda novela de un escritor desconocido.

- No estamos aquí para mentir o para ser simpáticos, pero tampoco para hacer sangre.

- El libro, que nosotros sepamos y al margen de las entrevistas promocionales, ha pasado bastante desapercibido.

- Con lo que hay, ya queda bastante claro lo que pensamos de la novela.

- No queremos pecar de "graciosos" y perdernos por una serie de chistes encadenados.

- Lo que criticábamos lo podemos resumir en cuatro líneas. Poníamos un par de ejemplos sobre esos tópicos de los que hablábamos: tópicos que idealizan la prostitución y ese otro tópico que dice que toda mujer de izquierdas en realidad lo que quiere es que se la folle un buen macho fascista, reaccionario y que rezume testosterona, aunque sea viejo e impotente.

Podríamos haberlos eliminado sin más, pero siempre está bien respetar a los lectores y ofrecerles una explicación. Aunque seáis cuatro de momento y tanta gracia os hiciera a todos, cabrones.

Os dejamos el final.

Nota escrita en la madrugada del 2 al 3 de abril de 2009.)

¿Y el final? Tan convencional como lo demás. Cuidado que lo reventamos: Mo va a rescatar a Ruth a la isla, porque una mujer necesita siempre de un hombre que vaya a rescatarla, y juntos siguen hasta el final de sus días. Mo con su amante puta, que ya no es puta, sino que se casa con otro muy pijo (aquí todos son pijos). Y Ruth echa mucho de menos al fascista italiano y piensa que el viejo cabrón en el fondo tenía razón y en la última línea, al fin, ella comprende que la fiesta ha terminado.