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sábado, 5 de marzo de 2011

Postal desde Marruecos (sólo un poema de Beckett enviado a la vuelta)


bien bien hay un país
donde el olvido donde pesa el olvido
dulcemente sobre mundos sin nombre
allí a la cabeza se le hace callar la cabeza es muda
y se sabe no nada se sabe
muere el canto de las bocas muertas
sobre la arena de la playa hizo el viaje
no hay nada que llorar

mi soledad la conozco vamos la conozco mal
tengo tiempo eso es lo que me digo tengo tiempo
pero qué tiempo hueso hambriento el tiempo de un perro
del cielo que palidece sin cesar mi grano del cielo
del rayo que trepa ocelado temblando
sobre mieras de tinieblas de años

queréis que vaya de A a B yo no puedo
no puedo salir estoy en un país sin huellas
sí sí es algo hermoso lo que tenéis ahí es algo hermoso
qué es no me hagáis mas preguntas
espiral polvo de instantes qué es lo mismo
la calma el amor el odio la calma la calma
(El poema lo copio de Obra poética completa, de Samuel Beckett, claro, editado por Hiperión y traducido por Jenaro Talens.)

(La foto es sólo una constatación de que la revolución allí aún no ha llegado aunque las vacas sí, ellas ya llevan pendiente. Un pendiente que se llama TRAZABILIDAD.)

domingo, 13 de diciembre de 2009

Un puente que se llama Samuel Beckett sólo puede acabar hundiéndose


También es peligroso quedarse un sábado por la noche en casa poniendo como excusa todos los trabajillos de mierda que se tienen a medias, o pendientes, o lo que sea, y acabar descubriendo que han inaugurado esta semana un puente en Dublín que se llama Samuel Beckett.

Recuerdas entonces por qué Beckett huyó de Irlanda y por qué huyeron también los demás: nadie fue capaz de entenderles. Ni les entenderán nunca.

Podrían haber llamado Samuel Beckett a una plaza, o un bar, o una biblioteca, o un hospital psiquiátrico, esto último tendría su punto. O mucho mejor, un sendero por el bosque que sólo sirviera para perderse y pasar unos cuantos días desorientado y a la intemperie. O, lo perfecto, perfectísimo, un cementerio de bombines y bicicletas rotas.

Pero nunca, nunca, nunca un puente.

Nunca una de esas estructuras que funcionan como metáfora de la comunicación, la racionalidad, la línea recta como distancia más corta entre dos puntos y el triunfo del hombre sobre su entorno.

A no ser que el puente no lleve a ninguna parte.

O que quieran hundirlo.

O que ya esté roto.

Y mucho menos un puente tan feo y tan hortera como el que les ha colocado nuestro Santiago Calatrava a los irlandeses.

(Excurso arquitectónico: ¿soy el único, aparte de los venecianos, que se siente profundamente ofendido por las cosas que hace el señor Calatrava?, ¿a nadie más le parece su estilo antiguo y desfasado?)

Lo peligroso un sábado por la noche es ponerte a hojear libros de Beckett.

Hojear las novelas: Watt, Molloy, Malone muere, El innombrable, Compañía, Cómo es...

Y lo peligroso es encontrar cartas en ellos recibidas hace más de 15 años.

Cartas de cuando todavía no se usaba el mail.

Pero que podrían haber sido escritas esta misma noche.

De no ser por determinadas ausencias.

Ausencias, o pérdidas, que cada vez pesan más.

Corto y pego de Molloy, un fragmento cómico, en la traducción de Pedro Gimferrer (que imagino que ahora será Pere Gimferrer) para Alianza y Lumen:
Sí, eran otros mis verdaderos puntos débiles. Y desde luego si no enumero ahora su lista impresionante ya nunca la enumeraré. Y en efecto, ya nunca la enumeraré, o tal vez sí, yo creo que sí. Aparte de que no quisiera daros una idea errónea de mi estado de salud que, sin poder ser calificado de brillante, o insolente, era en el fondo de una robustez inaudita. Porque, de otro modo, ¿cómo hubiera podido llegar a la enorme edad que he alcanzado? ¿Gracias a mis cualidades morales? ¿A una higiene adecuada? ¿Al aire libre? ¿A la subalimentación? ¿A la falta de descanso? ¿A la soledad? ¿A la persecución? ¿A los terribles alaridos silenciosos (es peligroso lanzar alaridos)? ¿Al cotidiano deseo de ser tragado por la tierra? Venga, hombre, venga. El destino es rencoroso, pero no tanto. Fijaos en mi madre, por ejemplo. Me pregunto de qué acabó por morirse. Posiblemente la enterraron viva. La mala pécora tuvo buen cuidado de transmitirme todas sus porquerías de cromosomas. Con el cutis plagado de granos desde mi más tierna edad. Bonito, ¿eh? El corazón palpita, vaya si palpita. De mis uréteres ya no os digo nada. Y las cápsulas suprarrenales. Y la vejiga. Y el glande. Madre mía. Os diré una cosa, ya no orino, palabra de honor. Pero mi prepucio, sat verbum, rezuma orina, día y noche, bueno, creo que es orina, huele a riñón. Y yo que había perdido el sentido del olfato. ¿Puede hablarse de mear en tales condiciones? También mi sudor, y me paso el día sudando, huele de un modo peculiar. Y creo que mi saliva, siempre abundante, despide ese olor. Sí, me desprendo de mis toxinas, no será la uremia quien acabe conmigo. Si hubiera una justicia, a mí también me enterrarían vivo, como último recurso.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Dos películas muy literarias que aún no vas a poder ver y otra que no tiene libro detrás pero que ya deberías haber visto

Veo en El País el trailer de Una educación, película escrita por Nick Hornby que estrenan a finales de febrero.

Aquí debajo el trailer en versión original subtitulada:



No es la adaptación de una de sus novelas, es un guión original.

A mí Hornby (el de Alta fidelidad) no siempre me gusta, a veces es un poco pesado, pero me cae bien y me hace gracia.

Es de los pocos que se puede plantear una historia como la de la película: la relación de amor entre una adolescente y un tío maduro sin un componente perverso.

O sea, crear algo así como una antilolita, o darle la vuelta al mito, o lo que sea.

Ella es lista y real (por lo que parece), no una pequeña putita.

Él es listo y real (por lo que parece), no un tarado ni un gran cerdo.

Me apetece verla.

También en febrero (el 5) se estrena La carretera, basada en la novela de Cormac McCarthy:



Pero esa no voy a verla.

Sufrí tanto leyendo el libro (sí, sufrí), me conmovió hasta tal punto, que sería una especie de traición a McCarthy.

¿Cómo se puede poner en una película algo así?:
Salió a la luz gris y se quedó allí de pie y fugazmente vio la verdad absoluta del mundo. El frío y despiadado girar de la tierra intestada. Oscuridad implacable. Los perros ciegos del sol en su carrera. El aplastente vacío negro del universo. Y en alguna parte dos animales perseguidos temblando como zorros escondidos en su madriguera. Tiempo prestado y mundo prestado y ojos prestados con que llorarlo.
La carretera es eso: "La fragilidad de todo por fin revelada".

O, como dijo otro, una película de Mad Max escrita por Samuel Beckett.

Y también, y sobre todo, una de las mejores historias de amor entre un padre y un hijo que se han escrito jamás.

Cuando la estrenen, seguimos hablando de McCarthy y de La carretera.

Más cine, ya que estamos en mitad del puente, iros esta noche a ver una película que se llama (500) Días juntos.

O bajárosla de Internet.



(El trailer subtitulado aquí)

Parece una de esas tonteriitas en plan comedia romántica.

Pero no lo es.

Ni de coña: es divertida, divertidísima, y terrible, y real.

¿Como la vida misma?

No, porque es además inteligente.

Y está contada de maravilla.

Y tiene una banda sonora con canciones como ésta, de Regina Spektor, perfecta para reconciliarse con el rollo moderno después de unas cuantas semanas enganchado a Glenn Gould.



Ale, a divertirse, que luego vendrán las navidades y será peor.

Mucho peor incluso.

Insoportable.

martes, 27 de octubre de 2009

Algunos viejos amigos (Samuel Beckett, San Agustín y la Guinness Special Export)


Hay que defender las bodegas.

O si prefieres, las licorerías.

Me refiero a esos establecimientos en los que venden todo tipo de bebidas alcohólicas.

Yo el otro día vi uno que estaban abriendo, o que acaban de abrir, en la calle Colón, justo al lado de La Ardosa, y me metí.

Empecé por las ginebras.

No tenían nada del otro mundo: Hendricks, Bulldog y cositas por el estilo.

A los rones preferí no hacerles mucho caso, por mi alergia, o lo que sea, para que no se me cierre la traquea y morir así de pronto, aunque me pareció que algunos mecerían la pena.

Y cuando ya estaba a punto de marcharme, vi unas Guinness Special Export.

La Guinness Special Export es un prodigio de cerveza, una maravilla, un disparate, muy distinta de la Guinness normal.

Es como volver a la adolescencia y recuperar la virginidad.

Recuperarla sólo por el placer de perderla otra vez.

La Guinness Special Export sabe como sabían entonces las cervezas negras: fuertes, rotundas, amargas, capaces de hacerte sonreír con un solo tercio.

Porque se vende por tercios y yo, hasta ahora, nunca la había tomado en España.

Tiene ocho grados de alcohol y es muy espesa.

Como el jarabe.

O como su espuma.

Me marché a casa feliz.

Ya sólo faltaba algo que leer mientras me bebía una, dos o las que hicieran falta.

Iniciamos, a partir de aquí, una especie de maridaje literario.

Así de esnob.

Y prepárate para lo que viene.

Primero pensé en Flann O'Brien, pero es que un par de días antes lo había intentado con La vida dura, editada por Nórdica, y se me vino abajo.

Seguro que es culpa mía, no de O'Brien.

Quizá no fuera el momento.

Pensé luego en Beckett, ese libro tan, tan importante que hasta le he prohibido la entrada en mi dormitorio.

Como a una amante letal.

Hablo de Obra poética completa, publicado por Hiperión y traducido por Jenaro Talens.

Pensaba en algún poema así:
qué haría yo sin este mundo sin rostro sin preguntas
en el que ser dura sólo un instante en el que cada instante
se vierte al vacío en el olvido de haber sido
sin esta ola en la que al fin
cuerpo y sombra se sumergen juntos
qué sin el silencio fosa de los murmullos
jadeando furioso hacia el socorro hacia el amor
sin este cielo que se eleva
sobre el polvo de sus lastres
Pero ese no era el espíritu.

La respuesta estaba mucho más cerca, en un libro que esa misma tarde me habían devuelto: Las confesiones de San Agustín.

Lo que yo necesitaba, con la Guinness Special Export en la mano, eran palabras de búsqueda, de entrega, de pérdida, de arrepentimiento, de redención.

Ahora es cuando se supone que debería incluir algún fragmento.

Lo he intentado, pero no funciona.

Se descontextualiza.

Puede incluso sonar a cachondeo y nada de eso: hablamos de una de las obras más grandes de la literatura universal.

Mejor, dejo el enlace a la edición que tiene colgada el Cervantes.

Hojeala ahí, salta de una página a otra.

Lo entenderás enseguida.

Para leer a San Agustín no hace falta creer en Dios.

Al revés, se le entiende mejor desde el ateísmo.

Pasa como con Kierkegaard, o con Pascal, o con casi todos los místicos.

Yo, de hecho, ya sólo quiero leer a los santos o a los místicos: su rechinar de dientes, sus noches oscuras, sus aleluyas y sus alabanzas al Señor.

Estoy hasta los huevos de modernos.

Vuelvo a esperar un milagro.

Y si no, me conformo con los grandes de la ciencia ficción, los más grandes, contundentes y disparatados, como la Guinness Special Export, o como Kurt Vonnegut, una de mis últimas lecturas, pero de él, mejor, te hablo otro día.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Una oración por todos nosotros, bebedores (sobre 'Beber para contarla')


Parece que esto va a ir hoy también de hígados enfermos.

O a punto de enfermar, o que no tardarán en hacerlo, o que asumen demasiados riesgos, o que tal vez se salven, pero de milagro.

Da igual.

Hoy no importa la enfermedad.

Lo que importa es el hígado, esta vez humano, y para más señas, irlandés, sometido a una ingesta masiva de alcohol y escurrido luego a conciencia para que chorree literatura.

Importa por un libro, Beber para contarla, editado por La otra orilla y que reúne 15 textos de escritores irlandeses recopilados por Peter Haining.

En todos ellos está presente, de una u otra forma, el alcohol.

Entre los autores, hay viejos conocidos: Joyce, Beckett, O´Brien, Patrick McCabe y hasta Shane McGowan, el de The Pogues, explicando cómo y por qué montó el grupo y escribiendo frases como las que siguen:
No quería insultar a la inteligencia de las personas y no quería dármelas de puto intelectual. No quería que la música tratase de la angustia y de lo terrible que es estar tumbado en tu cuarto chutándote heroína y toda esa basura. No quería que hablara de lo puta que es la bebida, de lo mala que es, sino que más bien quería hacer una celebración de las drogas, de la bebida y de la vida. Quería festejar el lado oscuro de la vida que tanto disfruto. Me flipan los pubs, las drogas y el sexo.
Por si alguien no lo sabe, su idea funcionó, y McGowan, con The Pogues, hizo cosas así:



Luego, volviendo al libro y a quienes escriben en él, hay sorpresas. O autores menos conocidos, como Malachy McCourt, hermano espabilado y crápula de Frank, el de Las cenizas de Angela, que aquí nos cuenta cómo abrió el primer bar para solteros de Nueva York. Era, por supuesto, un auténtico bar irlandés.

Y sobre todo, Eamonn Sweeney. Atentos, editores que leéis esto, aunque estéis de vacaciones, aunque os dé mucha pereza, aunque no hayáis oído hablar de él en la vida, corred y contratad inmediatamente los derechos de su novela Waiting for the Healer. A juzgar por sus doce primeras páginas, publicadas aquí con el título de La despedida de soltera, es un trallazo. "Realismo guarro, irlandés, original, violento y doloroso", lo definen. Pero mejor no contar nada. Mejor enfrentarse a él sin saber dónde te estás metiendo. No dejéis que nadie os lo joda, ni siquiera J. L. Miranda, que lo traduce y escribe una introducción. Leedla, sí, pero después, al acabar. Es uno de los mejores relatos de todo el libro.

Otros textos son flojitos. Pero aún así. Este libro es mucho más que un conjunto de cuentos o de historias cogidas de aquí y de allá. Beber para contarla es un estado mental. O mejor, un paisaje retratado desde distintos ángulos y a lo largo de cientos de años.

Un paisaje de pubs y de tabernas, de miseria, de golfos, de asesinos con buen corazón, de mujeres con aspecto de ejercer la prostitución pero que dicen vender entradas para el cielo (o sea, que sí, que son putas), de borrachos que mueren ahogados y de terratenientes que celebran su ruina, de ingleses estúpidos que jamás entenderán la tierra que pretenden seguir explotando, de emigrantes, de granjeros que no han conocido el amor, de paradojas y de pasión por el absurdo, de misticismo, de grandeza de espíritu, de amargura y de nostalgia, de humor, muchísimo humor, y de moribundos que al cerrar los ojos sueñan con el aire viciado de un bar.

Es, claro, un retrato de Irlanda, a través de uno de sus símbolos nacionales: el culto a la cerveza, el whiskey y, en general, cualquier otra bebida con la suficiente graduación.

Pero es también eso que pretendía Shane McGowan con The Pogues: una reivindicación del alcohol y de todos esos vicios que nos permiten seguir viviendo. Aunque duelan, aunque poco a poco nos vayan minando.

Y al final, cuando acabas esa otra joya, De visita, relato de Bernard MacLaverty con el que se cierra el libro, te dan ganas de entonar una oración, parafraseando aquella con la que Joseph Roth terminaba La leyenda del santo bebedor, algo así como:

Denos Dios (o quien sea) a todos nosotros, bebedores, fuerza y salud suficiente para seguir disfrutando del alcohol aún muchos años y a ser posible, hasta el final de nuestras vidas.

Amén.

jueves, 25 de junio de 2009

Una tarde rodeado de muertos y borrachos (sobre la Videoteca de humanidades)


(Aviso: Las tres primeras imágenes son fotos de los vídeos. No son los vídeos. Si alguien quiero verlos, tiene que ir a doclecticos.blogspot.com y descargárselos.)

Lo bueno de los muertos es que dan muy bien en cámara.

Como si el dejar la vida atrás garantizara la fotogenia.

O les otorgara un brillo y una presencia que no tuvieron antes.

Esa es la primera conclusión que sacamos después de descargarnos unas cuantas entrevistas y documentales de la Videoteca de humanidades.

Vemos a Bukowski recitar un poema borracho, o responder a un entrevistador borracho, o viajar en avión borracho.

Vemos a Juan Rulfo con unas absurdas gafas de sol contestando a una jovencísima Mercedes Milá. Seguro que él también está borracho.



Vemos a Buster Keaton interpretar el guión, sin palabras, que Samuel Beckett escribió para él. El alcoholismo de ambos es de sobra conocido.



Hay más, muchos más autores, en la Videoteca de humanidades. No todos borrachos, lo de estos tres quizá se trate sólo de una casualidad. Pero sí que están todos muertos, escritores y filósofos como Borges, Bolaño, Hannah Arendt, Luis Cernuda, Deleuze, Cortazar, Foucault, Sartre, Onetti...

Sólo se salva algún que otro arquitecto aún con vida, como Calatrava o el ya centenario Oscar Niemeyer.

La Videoteca de humanidades lleva en marcha desde abril de este año y tiene dos objetivos. Cortamos y pegamos de su web:
Primero, ser un sitio en que se reúnan de forma ordenada materiales en video relacionados con el mundo de las humanidades (en su mayor parte documentales) que se encuentran en la red, haciendo que todos estén disponibles en descarga directa; segundo, ofrecer subtítulos en español para aquellos materiales que aún no los tienen.
No sabemos quién está detrás, sólo que nos mandaron un mail pidiéndonos nuestra opinión.

Mola y se lo están currando bastante: cuelgan algo todos los días.

Queríamos haber cerrado hoy con un vídeo de Boris Vian.

La La Videoteca de humanidades aún no tiene ninguno. Seguro que pronto lo incluirán. Recurrimos a Youtube:



Antes de ayer se cumplieron 50 años de su muerte.

En La Vanguardia, entre otros sitios, escribieron de él.

Quizá otro día lo intentemos también nosotros.

De momento, te dejamos con un poema suyo, muy cerdo y muy gracioso. Cortamos y copiamos de Poemas en francés:
Primer amor

a Jean Boullet

Cuando un hombre ama a una mujer
De entrada, la sienta en sus rodillas
Tomando cuidado de levantarle el vestido
Para no estropear sus pantalones
Porque tela sobre tela
Gasta la tela
Enseguida, verifica con la lengua
Si a ella la operaron de las amígdalas
Si no, sería contagioso
Después, como hay que ocupar las manos
Busca, tan lejos como pueda
Y rápido constata
La presencia efectiva y real de la cola
De una laucha blanca manchada de sangre
Y tira, tiernamente, del hilito
Para tragarse el tampax.

jueves, 21 de mayo de 2009

Fracasa de nuevo. Fracasa mejor. (Los libros de esta semana)


Esta mañana había gritos en la calle.

Han intentado secuestrar a una mujer, una clienta del tugurio chungo que hay en los bajos del edificio.

Luego ha venido la policía, con las sirenas y todo el lío.

Pero no me he enterado de nada: dormía.

Es el calor, supongo.

Ya está aquí. Y enloquece a la gente.

Qué asco.

¿Un nuevo apocalipsis?

Seguro.

Otro más.

Agotador.

O "asustante", como diría la ministra.

Ella sí que da miedo: promete superar a Esperanza Aguirre como mandamás de Cultura.

Pero lo peor es el trabajo: tenemos un huevo de cosas pendientes, tonteriítas por las que nos pagan, y muy pocas ganas de hacerlas.

Hoy volveremos a ser rápidos, rapidísimos, y montaremos el escaparate con los libros que nos apetece leer.

1. Epiléptico. La ascensión del gran mal. David B. Ed. Sins Entido. Ahora se han puesto muy de moda los cómics en los que el autor nos cuenta la enfermedad de un pariente. Mira si no María y yo, de Miguel Gallardo, o Arrugas, de Paco Roca, los dos premiadísimos.

Pues el primero en hacerlo, creemos, fue el francés David B., con esta obra autobiográfico en la que hablaba de la epilepsia de su hermano.

La epilepsia, la enfermedad sagrada, como decían los griegos.

Epiléptico está considerado uno de los grandes cómics de los últimos años y en esta edición se han publicado por primera vez en España los seis tomos juntos.

Le tenemos ganas. Muchas. Aunque luego estos cómics tan, tan aclamados, siempre nos decepcionan.

2. Clarke Street 64. Andrew Holmes. 451 Editores. La historia de Dash y Max, dos rateros al servicio de un criminal que decide secuestrar a un niño de seis años, aunque parece que ellos no están de acuerdo con la decisión y no van a consentirlo...

Una novela inglesa, dura y de barrio, parece, con humor, según cuentan, y protagonistas perdedores pero que quizá tengan mucha más dignidad que el resto.

Asegura la contra que al autor, un inglés de 1972, la crítica le ha comparado con Martin Amis, Elmore Leonard, Ian McEwan y Nick Hornby.

¿Se puede ser todo eso a la vez?

Ojalá que sí.

3. El arte de perder. Lola Beccaria. Ed. Planeta. ¿Cómo?, ¿una novela distinguida por Planeta con uno de esos premio suyos (el Azorín=68.000€)?

Sí, nos apetece, queremos intentarlo, darle una oportunidad. Le vemos posibilidades

Y además, es de una mujer que busca el amor en Internet.

¿En plan Bridget Jones o la Chick Lit?

No, no creemos.

Se puede hablar de mujeres que buscan el amor sin ser gilipollas, sin caer en todos los tópicos, sin asumir un discurso tan frívolo y tan reaccionario como el de Sexo en Nueva York.

O, al menos, se debería hacerlo.

Quizá Lola Beccaria lo haya conseguido.

¿Por qué ella?

Entre otras cosas, porque empieza la novela con una cita de Beckett que nosotros llevamos tatuada en el culo. O tal vez en el pecho. Ya no recordamos muy bien dónde:
"Lo has intentado. Has fracasado. No importa. Inténtalo de nuevo. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor."
Mañana más.

viernes, 17 de abril de 2009

Nihilismo* borracho e ilustrado (Bacon, Beckett y Shane Macgowan)

(*El significado de nihilismo aquí)

Alguien llama por teléfono (¿la supercolega sin nombre?). Nos habla de la exposición de Bacon. Coño, Bacon, si ya se acaba.

Nos metemos en la web del Prado: dice que es hasta el 19 de abril.

Siempre pasa lo mismo: todo el mundo habla de las exposiciones cuando se inauguran, incluso antes, pero nadie dice luego: corre, imbécil, que están a punto de cerrar, que te la pierdes...

Es la obsesión contemporánea por todo lo nuevo. Pura superstición, como los viajes.

Nosotros preferimos siempre llegar tarde. Nos gusta lo viejo, lo gastado, lo que está a punto de consumirse... Como nuestras botas.

Pero no nos perdamos.

Bacon mola. Vete a verlo. Merece la pena.

Hazte un huequito delante de Tres estudios para figuras al pie de una crucifixión (el tríptico que encabeza esta entrada), aunque para ello tengas que pegarte con todos los demás. Habrá mucha gente, seguro. No los odies: tú también eres gente. No les desprecies. No te creas mejor, más listo, más guapo. Pero resiste. Empújales si es necesario. O mételes un codazo. Incluso una patada en el culo.

Mira esos tres cuadros. Míralos juntos: ¿te gustan?, ¿te producen angustia?, ¿te dan miedo?, ¿te sientes agredido?, ¿las figuras gritan, ríen o bostezan?, ¿te identificas con ellas?, ¿son humanas?, ¿acaso lo fueron alguna vez?, ¿están muertas o vivas?, ¿por qué no miran?, ¿por qué no tienen ojos?, ¿dónde están?, ¿quizá en el infierno?, ¿qué es ese espacio naranja y geométrico?, ¿algo así como el alma?, ¿podríamos considerarlos un retrato?, ¿y un autorretrato?, ¿y una representación de la santísima trinidad?

Es uno de los primeros cuadros de Bacon, uno de los más potentes. Ahí está el germen de todo lo que vendrá después.

Y a nosotros, al mencionar a Bacon, el escritor que nos viene a la cabeza es Beckett.

No somos los únicos: todo el mundo los relaciona.

Uno pinta y el otro escribe. ¿Artistas de la angustia, del absurdo, de la desesperación, de la pérdida de todos los valores, de una humanidad que ya no es humana sino alguna otra cosa?

Uy, qué pedante e intenso para ser viernes.

De Beckett lo más conocido es Esperando a Godot. Pero tiene unas novelas que a nosotros nos gustan más, como su trilogía: Molloy, Malone muere y El innombrable.

¿De qué va? Pues como las figuras de Bacon: ¿tal vez del proceso de desintegración y descomposición de una persona y de la humanidad entera?

Bueno, ya vale de palabrejas, un poemita, porque Beckett escribió también poemas. Los tienes todos en Obra poética completa, editado por Hiperión:

bebe solo
come quema fornica revienta solo como antes
los ausentes ya muertos los presentes apestan
saca tus ojos vuélvelos sobre las cañas
discuten quizá ellos y los ays
no importa existe el viento
y el estado de vela

Bacon y Beckett tenían otra cosa en común: su país, Irlanda, aunque los dos huyeron de allí.

Los irlandeses son así, un poco como los españoles: conocen sus miserias y mantienen una relación difícil con la patria. Son también católicos, pobres y borrachos. Y eso explica muchas cosas.

Si Bacon hubiera nacido en Francia, ya no sería Bacon. Ni tendría una caja vacía de Wiskhy Vat 69 en su estudio. A Beckett también le gustaba el alcohol (mucho) y necesitaba un par de copas para aguantar tanta angustia.

Nosotros los imaginamos juntos en cualquier pub, charlando y riendo. Con ellos está Shane Macgowan, ex cantante de The Pogues e irlandés ilustre, otro monumento a la descomposición y al alcoholismo, casi una pieza de museo.

Pero se pone a cantar y se te olvida todo.

La canción se llama Dirty old town y mientras la buscábamos, nos ha alegrado mucho descubrir que el bueno de Shane sigo vivo.

Pero vosotros, no, no sigáis su ejemplo: sed buenos y no bebáis mucho este fin de semana.