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lunes, 7 de diciembre de 2009

Dos películas muy literarias que aún no vas a poder ver y otra que no tiene libro detrás pero que ya deberías haber visto

Veo en El País el trailer de Una educación, película escrita por Nick Hornby que estrenan a finales de febrero.

Aquí debajo el trailer en versión original subtitulada:



No es la adaptación de una de sus novelas, es un guión original.

A mí Hornby (el de Alta fidelidad) no siempre me gusta, a veces es un poco pesado, pero me cae bien y me hace gracia.

Es de los pocos que se puede plantear una historia como la de la película: la relación de amor entre una adolescente y un tío maduro sin un componente perverso.

O sea, crear algo así como una antilolita, o darle la vuelta al mito, o lo que sea.

Ella es lista y real (por lo que parece), no una pequeña putita.

Él es listo y real (por lo que parece), no un tarado ni un gran cerdo.

Me apetece verla.

También en febrero (el 5) se estrena La carretera, basada en la novela de Cormac McCarthy:



Pero esa no voy a verla.

Sufrí tanto leyendo el libro (sí, sufrí), me conmovió hasta tal punto, que sería una especie de traición a McCarthy.

¿Cómo se puede poner en una película algo así?:
Salió a la luz gris y se quedó allí de pie y fugazmente vio la verdad absoluta del mundo. El frío y despiadado girar de la tierra intestada. Oscuridad implacable. Los perros ciegos del sol en su carrera. El aplastente vacío negro del universo. Y en alguna parte dos animales perseguidos temblando como zorros escondidos en su madriguera. Tiempo prestado y mundo prestado y ojos prestados con que llorarlo.
La carretera es eso: "La fragilidad de todo por fin revelada".

O, como dijo otro, una película de Mad Max escrita por Samuel Beckett.

Y también, y sobre todo, una de las mejores historias de amor entre un padre y un hijo que se han escrito jamás.

Cuando la estrenen, seguimos hablando de McCarthy y de La carretera.

Más cine, ya que estamos en mitad del puente, iros esta noche a ver una película que se llama (500) Días juntos.

O bajárosla de Internet.



(El trailer subtitulado aquí)

Parece una de esas tonteriitas en plan comedia romántica.

Pero no lo es.

Ni de coña: es divertida, divertidísima, y terrible, y real.

¿Como la vida misma?

No, porque es además inteligente.

Y está contada de maravilla.

Y tiene una banda sonora con canciones como ésta, de Regina Spektor, perfecta para reconciliarse con el rollo moderno después de unas cuantas semanas enganchado a Glenn Gould.



Ale, a divertirse, que luego vendrán las navidades y será peor.

Mucho peor incluso.

Insoportable.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Crónica a toda prisa de algunas lecturas del fin de semana (Joan Margarit, Pere Ginferrer, Esther García Llovet, etc)

Leo a Joan Margarit y uno de sus poemas, Versos para Billie, me lleva a escuchar esta canción:



Sí, lo sé, me he hecho mayor de golpe, más mayor todavía, quiero decir: ya sólo pongo vídeos de chalados que tocan el piano o negras de vida turbulenta que cantan como Dios.

Pero es que ambos, Glenn Gould y Billie Holiday, son los únicos que consiguen emocionarme en estos momentos.

No voy a cortar y pegar el poema de Margarit, aunque es estupendo.

Quizá otro día.

Sí voy a copiar el arranque de Canción para Billie Holiday, de Pere Gimferrer:
Y la muerte
nadie la oía
pero hablaba muy cerca del micrófono

Con careta antigás daba un beso a los niños
Y también el final de ese mismo poema:
No nos dan mermelada ni pastel de cereza
ni el amor ni la muerte extraña fruta que deja un sabor ácido
Leo en diez minutos, no me duran más, los suplementos culturales de un par de periódicos.

Una frase se me atraganta: vacía y tópica, vale, pero pesada, pesadísima, intolerable, porque la reproducen muy grande, como si tuviera algún valor, y porque se refiere a Rafael Sánchez Ferlosio.

Ni aunque quisiera podría repetirla aquí.

El sábado mientras ceno, o mientras intento cenar, un tal Zindo escribe un comentario en la entrada sobre Me acuerdo, de Joe Brainard.

Entro a ver uno de sus blog, cuaderno de notas.

Es moderno, muy, muy moderno.

Pero tiene una entrada preciosa sobre el silencio.

Y esta otra, se llama soplar, corto y pego.

en un comentario etimológico probablemente falso pero del todo afortunado, pascal quignard sugiere que las palabras latinas flare -soplar así como se sopla una flauta- inflare, fellare, tienen su origen en la griega phalos, y todas, de alguna manera u otra, suponen infundir energía, cargar la realidad, el ejercicio de otorgarle a la realidad una forma aumentada

Me deja tan impresionado que hasta me obliga a lanzarme a las calles.

A eso, a "otorgarle a la realidad una forma aumentada".

O a que ella (la realidad) me la otorgue a mí.

O a celebrar un cumpleaños en el que no se soplan velas pero sí se soplan gin tonics.

(Y como siempre, lo más importante es lo que se calla: la verdadera, la gran lectura del fin de semana, ha sido una novela llamada Las crudas y escrita por Esther García Llovet. Muy buena. Se merece toda una entrada. Puede que la siguiente.)

martes, 24 de noviembre de 2009

Algo de cómics (sobre 'George Sprott 1894 - 1975', de Seth y otras lecturas recientes)


Hace tiempo que no hablo aquí de cómics.

Y eso que he leído algunos buenos.

Me divirtió El apartamento, de Kang Full, editado por Planeta DeAgostini. Era un manhwa. El manga coreano se llama manhwa y, según cuentan, no tiene nada que ver con el japonés. Los dibujos de éste eran muy naifs, casi infantiles, pero encajaban de puta madre con el guión, muy eficaz, eficacísimo, como de peli oriental (y buena) de terror.

¿Tramposo? No sé, me quedé a medias: es una serie de cuatro álbumes o libros o como se llamen, y de momento, sólo ha salido el primero.

Y disfruté mucho con De mano en mano, de Ana Miralles y Emilio Ruiz, editado por Edicions de Ponent.

La idea de partida quizá no fuera muy rompedora: seguir la trayectoria de un billete de 20 euros, desde que sale del banco hasta su final, o uno de sus finales posibles.

Lo bueno es lo que Ana Miralles y Emilio Ruiz hacían con eso: no daban respiro al lector, le mareaban (en el mejor de los sentidos) y le sorprendían continuamente. Lo llenaban todo de vida y de esos dibujos, quizá algo antiguos para lo que se lleva ahora, pero con unos colores y algunas escenas potentísimas.

También molaba por lo que tenía de retrato lúmpen de la ciudad: con sus putas, sus chabolas, sus trileros, etcétera.

Y hasta de fábula sobre la existencia humana. Eso era bonito: el final, con una pareja desnuda en la cama. Ella, una mujer valiente y estupenda. Como son algunas mujeres. Él, un tipo débil y angustiado. Como son casi todos los hombres. Y el billete, en medio, como símbolo no ya de la mercantilización de nuestras vidas o de lo putas que somos todos, sino de esa sucesión de imprevistos, azares, desgracias y micropelotazos en la que al final nos acabamos convirtiendo.

El último cómic que he leído juega en una liga aparte, la liga de los grandes.

Se llama George Sprott 1894 - 1975 y el responsable de todo es un tal Seth, canadiense, de 1962 y reconocidísimo tanto por sus obras anteriores, que no he leído, como por sus trabajos para el Washington Post o el New Yorker.

A mí los cómics tan, tan buenos me asustan.

Casi siempre me acaban decepcionando: o son muy pretenciosos o les falta algo.

Pero éste no.

Éste es perfecto.

Uno de los cómics más perfectos que he visto y leído en mi vida.

Aunque no necesariamente el que más me ha gustado.

A veces, las obras que más te marcan, las que consiguen partir tu vida en dos, son las más modestas y hasta las fallidas.

Volviendo a George Sprott 1894 - 1975, sí que se merece el calificativo de novela gráfica.

Es una historia con un trasfondo de eso, de novela, una de esas grandes novelas yanquis (aunque aquí todo sea canadiense), muy ambiciosa, con afán de totalidad. Y, al mismo tiempo, con un universo propio y extraño, incluso con un punto muy friqui y cerrado sobre sí mismo.

Cuenta la muerte y, sobre todo, la vida de ese tal Geoge Sprott, estrella de una televisión local durante más de 20 años gracias a un programa llamado Hitos boreales, en el que hablaba de las expediciones y la vida en los polos.

Llegó a ser el más visto de su tiempo. Luego vino la decadencia y cinco años después de su muerte, la cadena destruyó todas sus grabaciones. Hoy sólo los más viejos se acuerdan de él.

George Sprott 1894 - 1975 es el retrato de un mundo que ya ni siquiera existe y de una persona que casi parece real, con sus éxitos, sus aciertos y sus miserias. Alguien que tuvo suerte en la vida, al que las mujeres quisieron y que hasta se convirtió en una leyenda local.

Pero también acabó cayendo en el olvido, víctima de ese fracaso tan íntimo, o tan a la vista de todos, que supone envejecer y el paso del tiempo.

Seth transmite todo eso, sin cargar las tintas, sin forzar lo que no necesita ser forzado, con una inmensa melancolía.

Y la soledad de un esquimal perdido en mitad de una tormenta de la que ni siquiera sabe si saldrá vivo.

Visualmente es magistral y lo cuenta de puta madre: estructurando la historia a partir de capítulos muy breves, en los que mezcla recuerdos del propio protagonista con entrevistas a quienes le conocieron, anécdotas sobre los lugares en los que transcurrió su vida y mil cosas más.

Y al final, como tantas otras veces, sólo te queda el asombro ante el hecho de que puedan existir libros así y que alguien sea capaz de levantar todo un mundo en tan pocas páginas. Y la tristeza, claro, de haber visto tu propio destino y el de todas aquellas personas a las que quieres.

O sea, que mejor no lo leáis.

Iros por ahí, de copas o a jugar a las chapas o a cuidar vuestras granjas en Facebook.

O seguir viendo vídeos de Glenn Gould.

Yo últimamente no paro de buscar en YouTube momentos tan maravillosos y perfectos, sí, también perfectos, como éste:

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Odio los prólogos (pedantería, impostura, un par de carcajadas y 'El bibliómano ignorante', de Luciano de Samósata)


No me gustan los prólogos.

Evito leerlos.

Y si no, los leo una vez terminado el libro.

No suelen aportar nada.

Son puro peloteo, o repetición de un tópico tras otro.

Eso cuando no les da por contarte de qué va la historia.

No me gusta que me jodan el libro.

No me gusta que nadie me influya a priori o me imponga sus ideas y su interpretación de lo que viene después.

Odio los prólogos.

Y exagero, como siempre.

Y generalizo, sin el menor escrúpulo.

Si además se trata de un libro que no llega a las 100 páginas y el prólogo tiene más de 30, alguien debería presentar cuanto antes una denuncia.

Es una trampa.

Un timo.

Un editor ladrón quiere venderte cuatro paginitas de mierda como si fueran un libro y para disimular, rellena con cualquier cosa.

Sí.

¿Sí?

No.

No siempre.

Si esa editorial se llama Errata naturae, olvídate de todas las tonterías que acabo de escribir.

En lo que va de año, sólo he leído tres prólogos que merezcan la pena.

Uno era el de Rodrigo Fresán a Delitos a largo plazo, de Jake Arnott, aunque creo recordar que contaba más de la cuenta.

Los otros dos eran de Errata naturae: el de Inés Antón a El niño criminal, de Jean Genet, y el de Iván de los Ríos a El bibliómano ignorante, de Luciano de Samósata.

El de Inés Antón era muy foucaultiano (de Foucault, Michel Foucault, un filósofo francés): muy frío, muy lúcido. Y daba la impresión de que la autora estaban absolutamente implicada con Genet.

No se limitaba a repetir lo que otros ya habían dicho. Hacía eso tan difícil: se atrevía a repensarlo.

El de Iván de los Ríos es muy distinto.

Es casi una fiesta: con mucho humor y con toda la mala leche que exigen los textos de Luciano de Samósata.

De los Ríos divaga y mezcla en muy pocas páginas a Jiménez Losantos con Edward Said, la mesa de novedades del VIPS con Thomas Bernhard, y a san Agustín con Glenn Gould.

Todo un despliegue, quizá excesivo, sí, quizá con demasiadas ganas de lucirse, pero con motivos de sobra para ello.

Yo no sé quién es este Iván de los Ríos (profesor de Filosofía Moral en una universidad yanqui), pero qué gusto leer de pronto:
La infamia se subasta y se adquiere y entonces la infamia ya no es infamia sino el saber, el arte, el talento, la cultura. Cuando uno quiere darse cuenta es demasiado tarde. Resulta que ellos tenían razón. Tenían razón los Coelhos, las Allendes, lo Ruices Zafón; tenían razón el catedrático impostor, el bufón y el diletante: la escritura es un producto y pensar no es más que un título, un currículo largo y bien nutrido, un estante repleto de libros cuanto más gordos mejor porque el saber, qué duda cabe, ocupa lugar.
En las pocas páginas de su prólogo crea una autoficción, nos cuenta la vida de Luciano de Samósata, critica la mercantilización y la sacralización de la cultura, se cuestiona qué es y para qué sirve un intelectual, hace una apología del humor y no sé cuántas cosas más.

Después del prólogo, vienen los dos textos de Luciano, autor satírico del siglo II d. C., padre de la ciencia-ficción y a quien Iván de los Ríos considera algo así como el Woody Allen de los clásicos.

¿Woody Allen?

No se puede estar de acuerdo en todo (ni hace falta): a mí, Luciano me parece mucho más bestia, más furibundo, más amargo.

Como cuando convierte su primer texto en una denuncia de cierto personaje de la época que compra libros y libros sin el menor criterio, sólo para intentar medrar y que nadie descubra lo mucho que le gustan los chavalines.

Y tronchante cuando insulta, se burla y saca a subasta, en el segundo texto, a todos los filósofos de la antigüedad: Sócrates, Heráclito, Diógenes, Epicuro, Pitágoras...

Es, en el fondo, una cuestión de actitud.

Y de desconfianza frente a la cultura y a todos los desmanes que se cometen en su nombre.

Hablamos de lo que Luciano critica en El bibliómano ignorante: la pedantería, la impostura, el fetichismo, la falsa solemnidad, el afán por rentabilizar hasta la última coma...

Hablamos de hace casi 2.000 años.

Y de ahora mismo.

Hablamos, sobre todo, del mejor remedio para protegerse de esas amenazas, la clave que comparten Luciano de Samósata e Iván de los Ríos: una inmensa carcajada.