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viernes, 1 de enero de 2010

Primera postal del año (Scott Fitzgerald, la necesidad de inventarse una nueva sonrisa y quizá algún otro propósito para 2010)


Empiezo el año en la playa, viendo a los chavales que hacen surf y jugando con el ipod.

Busco la banda sonora perfecta.

Para 2009 o para 2010.

No consigo encontrarla.

Tampoco encuentro las fuerzas necesarias para hacer balance del último año.

En lugar de eso, centro toda mi energía, ommmmmmmmmmmmmmmm, en 2010.

Trato de visualizarlo.

Visualización positiva.

Me imagino, me siento en él.

Y lo primero que me viene a la cabeza, casi por arte de magia, es este fragmento de El Crack-Up, de Francis Scott Fitzgerald, aquí traducido por Mariano Antolín Rato para una vieja edición de Bruguera:
Y una sonrisa... ¡Sí, me conseguiré una sonrisa! Todavía estoy trabajando esa sonrisa. Debe combinar las mejores cualidades de un director de hotel, de una vieja comadreja experimentada en sociedad, de un director de colegio en día de visitas, de un ascensorista de color, de un marica marcándose un perfil, de un productor consiguiendo material a mitad del precio de su valor en el mercado, de una experta enfermera al empezar en un nuevo empleo, de una modelo en su primer anuncio, de un extra esperanzado que pasa cerca de la cámara, de una bailarina de ballet con el dedo infectado, y por supuesto, el gran resplandor de amable agrado común a todos los que, desde Washington a Beverly Hills, tienen que existir en virtud de la mueca.
Yo creo que ese va a ser también mi propósito para 2010: una sonrisa, mi nueva sonrisa, la sonrisa perfecta, letal y definitiva.

Eso, y si me queda tiempo, aprenderé a montar en patinete.

Lo juro.

Sed muy felices todos.



martes, 29 de diciembre de 2009

Tengo armas en mi cerebro (sobre 'Autorretrato', de Édouard Levé)


Leo Autorretrato, de Édouard Levé, traducido por Julia Osuna Aguilar y editado por 451 Editores.

Autorretrato es una variación de Me acuerdo, el libro en el que el pintor Joe Brainard iba diciendo todo el rato me acuerdo de esto y me acuerdo de aquello y me acuerdo de lo de más allá, y así te contaba su vida.

Pero Autorretrato es mejor.

Levé no dice todo el rato me acuerdo.

Y quizá por eso él sí que resulta hipnótico.

Levé escribe un largo, larguísimo párrafo de más de cien páginas, empalmando unas frases con otras, habla de sus amores, sus viajes, sus recuerdos, sus gustos, sus costumbres, sus manías, lo que ha visto o vivido, las personas con las que se ha cruzado...

Levé, a veces, resulta tan trivial que hasta te sonroja. Puede pasarse páginas y páginas diciendo no sé qué de los Levi´s 501, o que se corta el pelo a sí mismo, o sus dificultades para mear en un urinario público cuando hay alguien delante. Pero luego te suelta una de esas confesiones que te hiela sangre.

Sí, te hiela la sangre.

Y lo hace como si nada.

Levé es un exhibicionista, claro.

Y Levé, como todos los exhibicionistas, está desesperado.

Levé se mira a sí mismo, se analiza, se abre en canal, intenta comprenderse.

Lo que pasa es que Levé lo hace en público, se muestra, se expone, se acaba convirtiendo en libro.

Levé también acabó suicidándose dos años después de publicar Autorretrato, y leyéndolo, lo entiendes, pobre, se veía venir, te dices, como una abuela.

Levé escribe: "No me sé los nombres de las estrellas. A menudo me propongo memorizar textos largos para entrenar la memoria. Contemplo los seres fantásticos de las nubes. No he visto ni un géiser, ni un atolón ni una fosa submarina. No he estado en la cárcel. Me gustan las luces tamizadas".

Y de repente suelta algo tan bonito como "Tengo armas en mi cerebro". O "En la playa las chicas suscitan en mí menos deseo que en una biblioteca. Me gustan los museos, sobre todo porque me agotan. No hago predicciones". O "Puede que escriba este libro para no tener que volver a hablar". O "No explico. No justifico. Voy rápido". O "Prefiero acostarme a levantarme, pero prefiero vivir a morir".

Y así muchas, muchísimas otras cosas.

Levé hace una especie de Canto a mí mismo, pero sin ese entusiasmo agotador y tan yanqui de Walt Whitman.

Todo lo contrario.

Lo de Levé se parece más a esas larguísimas listas que escribía Scott Fitzgerald en sus noches de insomnio, cuando ya lo había perdido todo y necesitaba algo, lo que fuera, que atrapar.

O a lo que agarrarse.

Levé dice: "Toda la música de Daniel Darc, de Durutti Column, de Portishead, de los Doors y de Dominique A va conmigo".

Yo me quedo con Portishead, aunque últimamente, cada vez que sale una canción suya en el aleatorio del ipod, procuro evitarla y salto a la siguiente:

martes, 28 de julio de 2009

Sobrevivir al sueño americano (sobre 'Netherland', de Joseph O'Neill)


Otra vez en Madrid.

Leo Netherland. El club de Críquet de Nueva York (Ed. El Aleph), de Joseph O'Neill y traducido por Susana Rodríguez-Vida.

Supongo que es por el artículo que publicó el otro día El País.

Contaban que Obama recomendó el libro y lo ha convertido en un best seller.

El New York Times, además, lo eligió como una de las diez mejores novelas de 2008.

No sé si me ha gustado o no.

Ni siquiera si lo recomendaría: depende de a quién y para qué.

Pero es una buena novela.

Aunque a ratos me haya irritado y me haya aburrido.

Aunque sea tan, tan americana.

Cuando digo americana me refiero a cierto afán por mirarse el ombligo, en contra de lo que aseguraba el artículo de El País.

Mirarse el ombligo no como individuo (algo muy español), sino mirarse el ombligo en tanto que país: preguntándose sobre sí mismos, analizándose, trazando una identidad y un destino colectivo.

Y si muchos de los personajes (todos o casi todos) son inmigrantes (antillanos o europeos), mejor, mucho mejor, la tierra de promisión, más americano todavía.

Hay también otros rasgos, quizá más importantes de ese americanismo (por llamarlo de alguna forma): un tono y una manera de ver el mundo: demasiado comedido, demasiado sensato, huyendo lo mismo del desgarro que del tópico, muy, muy realista, con un punto sofisticado, puede que incluso excéntrico, pero a un paso del costumbrismo, o cayendo directamente él.

(Empalmo adjetivos, uno detrás de otro, intentando atrapar algo que se me escapa, pero que seguramente enseñen el primer día de clase en todos los talleres de escritura de todas las universidades yanquis. Así les salen luego todas las novelas tan parecidas.

Y exagero, claro.)

Netherland tiene mucho de eso, aunque es también otra cosa: una fábula, la historia de alguien que descubre que la vida no era tan maravillosa como creía, su desconcierto inicial y cómo sigue adelante o, al menos, cómo lo intenta.

"La desdicha me pilló desprevenido", dice el narrador.

De pronto ocurre algo y el protagonista no podrá agarrarse ni a su gran trabajo (en un momento dado presume de ganar 10.000 dólares brutos al día) ni a su matrimonio ni a su adorado hijo ni a su familia.

¿Qué ocurre?

Identidad y destino colectivo: el 11-S.

No le afecta directamente, y eso es uno de los mayores aciertos del libro, pero sí hará que todo se tambalee y empiece a cambiar. Sin gritos, sin dramas, de forma muy sutil. El miedo irrumpe en su vida, la sensación de amenaza constante. Su mujer se replantea su matrimonio y el entorno en el que quiere criar a su hijo. Decide dejar solo al protagonista en Nueva York...

Él entonces vuelve a jugar al críquet con un grupo de gente procedente de las Antillas; conoce a un tipo muy carismático y algo oscuro, un tal Chuck; planean construir juntos un estadio, etc, etc, etc.

A partir de este argumento, sería fácil hacer una caricatura: un analista financiero blanco y muy pijo descubre, gracias al deporte y al contacto con los pobres, valores como la camadarería o el civismo, y que el sueño americano aún es posible.

Pero no: Netherland es algo mucho más complejo y correoso, más amargo, más incómodo, más ambiguo.

Como la vida misma.

Hay otros dos elementos: la nostalgia, que marca el tono y lo contamina todo, lo ensucia, lo distorsiona, empalaga. Un coñazo la nostalgia.

Y Nueva York.

O'Neill te transmite todo su amor por la ciudad. Y aquí hay retratos magníficos de ella: algunos, sí, recuerdan a Fitzgerald (Francis Scott Fitzgerald, otro día te hablamos de él), pero otros no tienen nada que ver y son igual de buenos, los del hotel Chelsea, por ejemplo, tan decadente como lleno de encanto, o el del gran apagón de 2005.

Dan ganas hasta de volver allí.

Pero no, ni de coña, por suerte el arrebato se pasa muy pronto.

De momento nos toca seguir en Madrid, protegiendo la ciudad, esta ciudad, para que todos los demás os vayáis tranquilos de vacaciones.

lunes, 8 de junio de 2009

Un paseo por la Feria de Libro (impresiones)


1. Hay mucha gente. Gente de todo tipo, como cada año: niños, familias, viejos, jovenzuelos. A algunas casetas no puedes ni acercarte.

2. Los autores que firman, detrás del mostrador y con el cartelito encima, me producen una sensación extraña, más que nunca, no sé por qué. Como animales tristes y desconcertados.

3. No hay grandes colas. Incluso los autores más mediáticos despiertan poco interés. Arrasa Geronimo Stilton, que es un ratón, un actor disfrazado de ratón. Los padres, con sus hijos, esperan tranquilos. Pero hay un guardia jurado controlándolo todo. Por si de pronto los niños enloquecen en masa, supongo.

4. También tiene una gran cola Ibañez, el de Mortadelo y Filemón. Hasta le han puesto en una especie de carpa. Le siguen en número de fans Javier Cercas, Manuel Rivas y Boris Izaguirre.

5. Está el padre Mundina, el cura que se ha pasado toda la vida hablando de plantas. La gente para, se le queda mirando y dice: anda, pero si aún sigue vivo. Y luego continúan el paseo. Todos hacen (hacemos) lo mismo.

6. Mi Supercolega librera me enseña un libro muy chulo: El magnífico plan de Lobo, de Melanie Williamson (Ed. Edelvives). Es infantil. Una fábula sobre el capitalismo. El lobo se ha quedado sin dientes y engaña a las ovejas: las pone a trabajar para que le paguen una dentadura nueva. Su idea es comérselas a todas en cuanto vuelva a tener piños. La vida misma. Igual, igualito que los contribuyentes financiando a la banca. Lo bueno es que en los cuentos, a veces, sólo a veces, triunfa el proletariado.

7. Otro colega me habla de un cómic, Madman. Parece un rollo muy friqui, pero tiene gracia: sus enemigos son los beatniks: Kerouac, Allen Ginsberg y toda esa gente.

8. No veo nada que me llame demasiado la atención, ningún libro. Hojeo la adaptación al cómic de El curioso caso de Benjamin Button, de Francis Scott Fitzgerald (Ed. Gadir). Pero otro colega me dice: no te lo compres, ya te lo dejo yo.

9. Me encuentro con Kiko Méndez-Monasterio. Kiko escribió una de las novelas más extrañas del año pasado: La calle de la luna (Ed. Ambar), una mezcla de El guardián entre el centeno y El viaje al fin de la noche. Contaba el proceso de corrupción de un pijo de provincias que se viene a estudiar a Madrid. Era una novela muy de derechas, muy nostálgica, muy sentimental. Y al mismo tiempo, muy amarga y muy vivida. No hacía trampas. Era una buena novela. Otro día te hablamos de ella. Hay mucho que decir al respecto. Tanto, que Kiko debería convertirse en el gran reaccionario de este principio de milenio tan bobo, un Céline, un Chateaubriand. Le sobra talento y desesperación. Le necesitamos.

10. La caseta de Vips es la más ridícula de toda la Feria. a las chicas que la atienden les han puesto uniforme, con el polito rojo y la gorra. No sé qué coño venden, pero están desbordadas.

11. Paro en la caseta de Visor. Cojo un libro: Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas, de Raymond Carver. Abro al azar y leo:
Olvida todas las experiencias que impliquen muestras de dolor.
Y cualquier cosa que tenga que ver con la música de cámara.
Museos en tardes lluviosas de domingo, etcétera.
Los viejos maestros. Todo eso.
Olvida a las jóvenes. Trata de olvidarlas.
A las jóvenes. Y a todo eso.
Decido comprarlo. En la misma caseta, justo al lado, firma Alejandro Jodorowsky. Pero yo no me lo creo. Me aburre muchísimo, como todos los charlatanes, y los esotéricos, y los neomísticos. Parece viejo y cansado. Da la impresión de que los trucos le han dejado de funcionar.

Maestro, me dan ganas de decirle, para recuperar la vitalidad recurra a la psicomagia, haga uno de sus conjuros: cáguese literalmente en todos sus libros y después, coja a sus seguidores y métalos en la caseta. Préndales fuego. Libere su alma de semejante responsabilidad, de tanta gente que recurre a usted con la esperanza de curarse.

Yo no, yo no quiero curarme. Yo, en todo caso, aspiro a la Salvación.

Y por eso me largo ya de la Feria.

Y haré caso a Carver.

Prometo olvidar: la música de cámara, los museos, las tardes lluviosas de domingo y a las jóvenes. Sobre todo a las jóvenes.

También a esa escritora que veo poco antes de salir: como una vieja estrella del rock, con gafas de sol y una cara de mala hostia que asusta.

Eso es actitud.

No habrá firmado un libro en toda la tarde, pero a mí me ha convencido: prometo leerla en cuanto llegue a casa.

Sus obras completas.

Una señora con semejante distancia frente al mundo, o tan soberbia, o tan desencajada, o tan puesta de ansiolíticos, seguro que tiene algo importante que decir.

lunes, 11 de mayo de 2009

De un Goncourt a otro (o la incapacidad de Europa para contarse a sí misma)


Leemos el último Goncourt.

El Goncourt es un premio francés muy importante. A diferencia de casi todos los premios españoles no tiene dotación económica (10 euros según la wikipedia) y se otorga a una obra ya publicada, no a un manuscrito, con lo que se supone que la elegida es la mejor novela francesa del año.

El de 2009 aún no lo han dado. El de 2008 fue para Atiq Rahimi, un afgano refugiado en París, autor de La piedra de la paciencia (Ed. Siruela).

Vuelve a ser un libro muy cortito y tenía todo, o casi todo, para que no nos gustara. Pero sí que nos ha convencido.

Es la historia de una mujer afgana que cuida a su marido herido. Él es un talibán al que le han metido un tiro en la cabeza: no habla, no se mueve ni siquiera hace un gesto.

Ella en cambio habla y habla, le echa en cara un montón de cosas y le va contando todos sus secretos.

Sonaba a un cruce entre Cinco horas con Mario y Johnny Cogió su fusil.

Nos daba mucha pereza.

Era y es además una novela "teatral": todo transcurre en un único espacio (la habitación en la que está el marido) y se sustenta en el monólogo de la mujer.

Parecía aburrida o muy previsible o quizá ñoña y sensiblera.

Pero no: la novela sorprende, porque sorprende el personaje de la mujer, que va creciendo y creciendo, y que no es nada tópico. Y luego, van pasando cosas, se cruzan historias y otros personajes mientras la guerra sigue ahí fuera, siempre en segundo plano: los tiros, las bombas, las matanzas.

Tiene mucha carga dramática y de denuncia, pero también algo espectral, casi de relato de terror o fantástico.

El año pasado le dieron el Goncourt a Gilles Leroy por Alabama Song, en la que reconstruía la vida de Zelda y Francis Scott Fitzgerald, desde que se conocen y son muy felices durante los años 20 hasta la muerte de ella en el incendio de un psiquiátrico en el que estaba internada.

Para nosotros Scott Fitzgerald es un escritor muy, muy grande, y pensamos que nos iba a gustar.

Pero no nos gustó nada, o nos gustó muy poco. Creo que fuímos los únicos.

Sí, estaba bien, pero ¿para qué?

No aportaba demasiado. Fitzgerald ya lo contó en su día y lo contó como Dios: su proceso de descomposición (derrumbe lo llamaba él), el de su señora y el de toda una época.

Alabama Song pretendía ser una reivindicación de Zelda, pero hacía eso tan moderno que es mezclar realidad y ficción y que a nosotros nos pone muy nerviosos.

Si vas a contar la verdad, adelante, inténtalo: escribe una biografía o una biografía novelada.

Si quieres inventar, inventa. Pero no les llames Scott y Zelda ni pretendas reivindicar nada más que tu propio ingenio.

O llámales Scott y Zelda, pero delira. Y déjalo claro: hazla a ella travesti y a él, vampiro, por ejemplo, que está muy de moda.

El año anterior el Goncourt fue para Las benévolas, de Jonathan Littell, la historia de un nazi muy malo, que fue bastante polémica y hasta dijeron que era la novela del siglo, pero nosotros no pasamos de la tercera página: nos parecía una copia barata y ya caducada de Dostoievski o algo así, el principio lo habíamos leído mil veces y no nos interesaba nada.

La memoria de los Goncourt no nos llega a más.

¿A dónde vamos a parar? A que las supuestas mejores novelas francesas de los últimos tres años no hablan de Francia ni de los franceses, y sólo una transcurre en el presente, pero en el presente de Afganistán.

Novelas históricas, novelas sobre escritores muertos hace más de 50 años y novelas exóticas (ojo, esta es buena): tres de las grandes pestes de la literatura contemporánea.

Francia, y con ella toda Europa, cada vez se muestra más impotente a la hora de contarse a sí misma y a su tiempo.

Hay grandes, grandísimas excepciones, y mucho más que excepciones, sólo hablamos de una tendencia: lo que se vende, lo que se reconoce, lo que se premia.

Y seguramente exageremos, como siempre.

(Hoy, por cierto, han cerrado una clínica cerca de casa: se dedicaba a practicar circuncisiones ilegales los fines de semana. Al lado hay un burdel. Eso sí que es presente. Eso sí que es Europa. El médico era jordado y la putas, africanas o sudamericanas. Lo coge un escritor de verdad y con talla moral, tipo Juan Manuel de Prada, y se gana el Nobel.)