
Se ha muerto Benedetti.
No tenemos nada que decir al respecto: casi no le conocíamos ni nos interesaba demasiado.
No hay por qué hablar de todo, no hay por qué hablar siempre.
Especialmente si no te pagan.
Qué privilegio cerrar la boca y quedarse en silencio.
Qué bonito que Wittgenstein, uno de los filósofos más grandes y más tarados de la historia, acabara el Tractatus con esa proposición tan conocida: "de lo que no se puede hablar, mejor es callarse".
Es lo que tenía Wittgenstein: sabía terminar muy bien las cosas. Como su vida.
Se iba a morir y soltó otra gran frase: "decidle a todo el mundo que he tenido una vida maravillosa".
¿Y la depresión?, ¿y sus intentos de suicidio?, ¿y su renuncia a todo: al judaísmo, a la filosofía, a la herencia multimillonaria de su familia?, ¿y esos trabajillos de mierda que tanto le gustaba hacer cuando ya no podía soportarse a sí mismo: profesor en un colegio de niñas o jardinero en un monasterio?, ¿y su huida constante?
Nada de ello importaba en ese último momento, o parecía sólo un mal chiste, lo importante era algo diferente: algo mucho más grande y extraño, algo maravilloso y dolorosísimo, algo llamado vida.
Wittgenstein tenía otra cosa buena: un sobrino, Paul Wittgenstein.
Thomas Bernhard le dedicó una novela-elegía: El sobrino de Wittgenstein.
Nosotros cuando queremos llorar, también leemos El sobrino de Wittgenstein.
El sobrino de Wittgenstein empieza con esta frase:
Doscientos amigosPaul Wittgenstein y Thomas Bernhard fueron amigos. Los dos eran austriacos y muy inteligentes. Los dos estaban enfermos.
asistirán a mi entierro
y tú tendrás que pronunciar un discurso
ante mi tumba
Bernhard abandonó a Paul Wittgenstein y dejó que se muriera solo.
Ni siquiera fue al entierro.
Por eso le escribió este libro, que es en realidad una elegía, ya lo hemos dicho, ese discurso que Bernhard debía haber pronunciado ante la tumba de Paul.
A Thomas Bernhard también hay que leerlo.
Luego han abierto una nueva librería. Varias personas nos han preguntado por ella.
Está en un mercado, el Mercado de San Miguel, en Madrid, al lado de la Plaza Mayor.
Es un mercado de toda la vida, pero que ahora lo han reformado, lo han puesto muy moderno y muy exiquisto, y lo acaban de inaugurar.
No, en realidad no es un mercado.
Un mercado es otra cosa.
En un mercado hay gritos y huele mal, en un mercado hay marujas y gente gorda, en un mercado siempre te intentan timar mientras te llaman cariño, o reina, y mientras te guiñan un ojo.
Esto, el nuevo mercado, es un parque temático.
Muy pijo, muy bobo.
Y como vivimos en una sociedad capitalista y hemos leído a Marx, cada vez que nos encontramos este tipo de iniciativas, pensamos que hay detrás algún crimen, alguna forma más o menos sutil de coacción y de violencia.
¿Alguien se acuerda del heroico verdulero y del pescadero que defendieron hasta el final sus puestos frente a esta gran maniobra especulativa que, según cuentan, tiene detrás a personas muy "conocidas de la cultura y la gastronomía"?
Pues el otro día el verdulero y el pescadero también estuvieron en la inauguración, muy feos, muy reivindicativos, muy dignos, como una versión castiza de Astérix y Obélix, reclamando el espacio que les corresponde pero que aún no les habían dado. Quizá porque no pegaban y rompían la estética.
¿Y la librería?
Es una librería gastronómica. Pero muy desangelada, en una esquina, con muy poquitos libros. Todo muy previsible.
A nosotros nos suena a excusa. A ese tipo de cultura que sólo sirve para hacer "bonito" o para quedar de guays o para pasar el rato. Aunque ni sus propios responsables lo sepan y aunque nosotros seguro que exageramos, como siempre.
O no. Porque una librería, como un mercado, debe tener eso que llaman alma o espíritu o encanto. Para que te timen y te engañen, pero al día siguiente siempre vuelvas a por más: a por otra sonrisa, a que te llamen corazón, a que te guiñen otra vez el ojo. Y a llevarte un filete que sea todo nervios, o un pescado lleno de anisakis.
(En realidad esta entrada iba a hablar de otra cosa: de literatura gastronómica, de Aduriz y su editorial Gourmandia, o del salvaje de Anthony Bourdain. Pero se nos ha vuelto a ir la olla. A los dos los dejamos para otro día.)
