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domingo, 22 de noviembre de 2009

George Bataille y Glenn Gould contra Benedicto No Sé Cuántos


Termino el fin de semana bebiendo un zumito y leyendo a Bataille (el señor de la foto).

Quizá porque aún recuerdo lo que dijo el otro día Benedicto Ratzinger.

Quizá por motivos que no vienen al caso.

Quizá porque ahora todos se han vuelto posposmodernos y citan mucho a Deleuze y Derrida, pero nadie se acuerda de Bataille.

Deleuze, Derrida y Bataille, tres charlatanes, no hay que creérselos, pero a Bataille por lo menos se le entiende (a ratos), y es divertido, y muy, muy guarro.

Hasta la Wikipedia cuenta que iba para cura, pero cambió la Iglesia por los burdeles.

También cuentan que una vez quiso decapitar a un tío para inaugurar una sociedad de secreta.

Lo dicho: no hay que creérselo, pero tiene gracia: un cruce de Sade con Nietzsche, un bibliotecario jugando a místico y a degenerado.

Corto y pego de El Aleluya y otros textos, editado por Alianza y traducido por Fernando Savater. Sí, Savater:
Sólo la cobardía y el agotamiento mantienen aparte.
Inclinada sobre el vacío, lo que, en su profundidad, adivinas es el horror.
De todos lados se acercan cuerpos desgarrados; enfermos contigo del mismo horror, están enfermos de la misma atracción.
Y hablando de cuerpos desgarrados, veo y escucho a Glenn Gould.

Pero de eso sí que no tiene la culpa Benedicto.

La culpa es sólo de Don Zana y de una serie de comentarios que escribió hace ya tiempo aquí.

Esto hoy ha sido muy corto, pero el vídeo es largo y yo no tengo fuerzas para más.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Nueva crónica del malestar generacional (sobre 'La paz social', de Antonio Doñate)


Leo La paz social.

La paz social es la primera novela publicada por Antonio Doñate, licenciado en Bellas Artes y diseñador gráfico nacido en 1969.

Edita Caballo de Troya.

Lo primero que hay es una voz que habla, una mujer que dice "soy 5.000 horas de gimnasio mental".

Habla y habla sobre sí misma, o teoriza sobre cualquier cosa, con un discurso muy culto, muy guay, muy elaborado, pedante, profundamente pedante, posmoderno pero no en el sentido petardo, posmoderno en sentido académico: intoxicado por los rizomas de Deleuze o la referencialidad de Derrida.

Irrita, aunque sólo hasta cierto punto.

Irrita el personaje.

El libro, no.

Sigues y sigues leyendo: hay algo debajo de todas esas palabras.

¿De verdad la tipa que habla se está mirando el ombligo o, en realidad, está haciendo justo lo contrario e intenta por todos los medios esconder su desesperación?

¿O se mira el ombligo para no ver el resto?

¿Funcionaba así el narcisismo?

Quizá.

Ella está gorda, jodida y frustrada. El tiempo pasa y ya no es una niña.

Tiene miedo, aunque eso no resulta sofisticado y no va a reconocerlo.

Está cagada de miedo.

Y es egoísta.

Y encima está aburriendo mortalmente al tipo con el que quiere ligar, le está tocando los cojones (en el mal sentido), igual, igual que al lector.

Bienvenidos al mundo real y bienvenidos a La paz social.

Luego hay más historias, más voces que van surgiendo en la novela.

¿Novela?

Sí, novela, construida a partir de diez relatos con distintos personajes y ninguna vinculación aparente.

Lo que les une es el malestar y ese discurso ensimismado de casi todos ellos, que hablan y hablan, siguen hablando todo el rato hasta componer una especie de retrato generacional.

Treintañeros que intentan mantener las amistades del pasado mientras otros hacen todo lo posible por olvidarlas, relaciones que acaban y parejas que no son tan cínicas ni tan frías como ellas mismas creen, encuentros casuales, o en apariencia casuales, y padres que hablan con una sinceridad brutal de la muerte de sus hijos.

Todos perdidos, todos desengañados, todos quejicas, todos tan desesperados, tan acojonados y tan narcisistas como la protagonista de la primera historia.

O sea, retrato generacional, sí, pero sin la menor autocomplacencia y sin ninguna épica.

Al revés: La paz social resulta real, puede que hasta demasiado real, y con una profundidad psicológica capaz de manejar infinidad de matices y que tiene muy claro eso que dice uno de los personajes: "nunca se siente una sola cosa al mismo tiempo".

Puede incluso que el lector, a ratos, tenga la impresión de que Doñate le da a todo ese barniz intelectual para distanciarle de lo que cuenta, o anestesiarle un poco, porque si no, resultaría insoportable.

Puede.

Aún así, mejor no confiarse: La paz social es un libro incómodo, de los que hurgan en muchos de esos sitios que se suelen evitar.

Incómodo y necesario: habrá a quien le escueza, a quien le duela o a quien le deje noqueado, lo que parece más difícil es que alguien salga indemne de él.

Pero es que uno no lee para seguir siendo el mismo gilipollas.

Uno siempre aspira a convertirse en otro.

Aunque sólo sea en otra clase de gilipollas.