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miércoles, 17 de marzo de 2010

Una nueva Lisbeth Salander en 'El club de la lucha' (sobre entrevistas y accidentes aéreos otra vez)

Hay algo aún más cómodo que entrevistar a escritores que venden muchos libros, y conceden muchas entrevistas, y ya se saben de antemano lo que les vas a preguntar y lo que ellos te van a responder.

Puedes hacerlo desde casa.

Sin correr.

Ni preocuparte por si llegas tarde.

Ni sonreír.

En realidad, ni siquiera hace falta vestirse.

Las ventajas de las entrevistas telefónicas son infinitas.

Tú estás ahí, tirado en el sofá, en pijama, por ejemplo, con un papel donde te has apuntado las preguntas, y controlando de vez en cuando que la grabadora no falla y sigue haciendo su trabajo.

Nada más.

Y la imaginas a ella, o a él, en las mismas condiciones para crear cierta empatía.

Ella, por seguir poniendo ejemplos absurdos, la gran dama de las novelas de aventuras, millones y millones de ejemplares vendidos de sus historias de piratas, o que transcurren en China, o en el Vaticano, o donde sea, pero ahora la tienes ahí, la imaginas ahí, quiero decir, en igualdad de condiciones: sentada en su mesa camilla, con la bata, las pantuflas y tomándose un cafetito con leche.

O si no, él, el nuevo héroe de la novela negra española, el amigo de los guardias civiles, también en pijama, también en pantuflas, en su casa de una ciudad del extrarradio de Madrid, calentándole la comida a su hijo, o a su hija, o a quien sea.

Pero no, esta entrevista no es como las demás.

Esta supone una gran responsabilidad.

Inmensa.

Este encargo es para una de esas revistas que te encuentras en el respaldo del asiento delantero cada vez que te subes a un avión.

Sí, la que hay junto a las instrucciones de seguridad y la bolsita para vomitar.

Y entonces recuerdas que los aviones se estrellan.

Y que la pregunta que ahora estás a punto de formular quizá sea lo último que alguien lea antes de que su avión con destino a unas baratas pero idílicas vacaciones en la República Dominicana, sigo poniendo ejemplos absurdos, estalla en pleno vuelo.

Se te pone un nudo en la garganta.

Pero sigues adelante de todas formas: eres un profesional.

Un profesional que, cada vez que piensa en aviones, sólo se le ocurren tragedias.

Como a ese otro, el de El club de la lucha, corto y pego de la traducción de Pedro González del Campo para El Aleph:
Te despiertas en el aeropuerto internacional de Air Harbor.
Cada vez que el avión se ladeaba en exceso al despegar o al aterrizar, rezaba para que nos estrellásemos. Momentos como éstos me curan el insomnio con narcolepsia, pues tal vez muramos irremediablemente, reducidos a hebras de tabaco humano prensadas contra el fuselaje.
Así conocí a Tyler Durden.
Te despiertas en el aeropuerto de O'Hare.
Te despiertas en el aeropuerto de La Guardia.
Te despiertas en el aeropuerto de Logan.
Tyler trabajaba de operador de cine a media jornada. Por su forma de ser, Tyler sólo podía hacer trabajos nocturnos. Si un operador llamaba diciendo que estaba enfermo, el sindicato recurría a Tyler.
Algunas personas son nocturnas; otras son diurnas. Yo sólo puedo trabajar de día.
Te despiertas en el aeropuerto de Dulles.
El seguro de vida te paga el triple si falleces en un viaje de trabajo. Rezaba para que hubiera turbulencias y viento de cola. Rezaba para que algún pelícano fuera succionado por las turbinas o para que el fuselaje tuviese algún perno suelto o se condensara hielo en las alas. Al despegar, mientras el avión recorría la pista y los alerones se levantaban, nuestros asientos se mantenían en posición vertical y las bandejas sujetas y el equipaje de mano metido en el compartimiento superior; cuando ya habíamos apagado los cigarrillos y llegábamos al final de la pista de despegue, rezaba para que nos estrellásemos.
Bueno, lo mismo, lo mismo, no, porque yo sólo pienso que el avión se estrella, sin desearlo, y el otro hasta reza para que ocurra.

Y luego, salgo corriendo a YouTube y, en efecto, la escena está ahí:



El club de la lucha es la gran novela americana de los 90 y la película es la gran película americana de los 90, no me canso de decirlo.

La novela es de Palahniuk, Chuck Palaniuhk.

Y la película de David Fincher.

Leí el otro día que a Fincher le habían encargado el remake yanqui de Los hombres que no amaban las mujeres.

Y volví a pensar que Larsson había tenido suerte.

Pobre, toda la que le faltó en vida, le ha tocado después de muerto.

Fincher seguro que acierta.

Fincher siempre acierta.

Para empezar, ha elegido a Carey Mulligan como la nueva Lisbeth Salander.

Yo, a Carey Mulligan no sé si la veo como Lisbeth Salander, pero sí que la vi en Una educación, y me enamoré de ella, casi tanto como de Lisbeth Salander, aunque de forma distinta.

Y me jodió que no le dieran el Oscar.

Es una gran película Una educación, con guión de Nick Hornby.

Id a verla si no os marcháis por ahí el puente: te hace sentir en cada momento justo lo que tienes que sentir: te enamoras, te encabronas, te alegras o te pones muy triste a medida que avanza la historia.

Y si os marcháis, cuidado con los aviones y sobre todo, con las revistas que encontráis en ellos.

Yo mientras seguiré aquí, como siempre, defendiendo la ciudad.

¿Y las entrevistas?

Muy bien, gracias, muy majos y muy listos los dos.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Ventajas de la precariedad (otro trabajillo de mierda: la gran autora contra Breat Easton Ellis)


...Y sin embargo, hay algo gratificante, incluso hermoso, si es que puedo utilizar esa palabra, en esta precariedad voluntaria (la mía), construida a base de contratos rechazados y trabajillos de mierda.

Pienso en esta tarde, por ejemplo, ya casi de otoño, en un hotel justo enfrente del Retiro.

Una sala alquilada por la editorial, una mesa llena de libros firmados por ella, la gran autora, denostada por algunos, o denostada por tantos, pero que los vende como churros en medio mundo.

Ella y yo en el sofá (no, esta vez no es porno) con la grabadora en medio.

Los dos tan educados, tan encantadores, tan profesionales.

Todo tan irreal.

Y entonces yo le pregunto: "Su novela ya aparece en todas las listas de los más vendidos (Fnac, La Casa del Libro, El Corte Inglés) junto a la trilogía de Larsson, un autor al que usted admira y al que considera una buena compañía, pero ¿con quién no le gustaría estar?"

Y ella responde, segura, contundente, sin la menor agresividad: "No me gustaría estar entre los más vendidos con gente como el de American Psyco, Breat Easton Ellis, no quiero estar en compañía de los que se refocilan en la maldad, en la crueldad, en lo feo... ¿Para qué?"

Y tiene razón.

Aunque mi primer impulso haya sido rebatirla. De forma muy, muy tranquila, decirle que Breat Easton Ellis es el gran novelista yanqui de los 80 y principios de los 90, que nadie ha entendido su país como él y que American Psycho, repugnante, sí, es la puta Capilla Sixtina de un mundo y un tiempo enfermo.

Pero eso es sólo mi opinión y seguramente esté equivocado.

Además, ninguno de los dos ha venido aquí para hacer tertulia.

Esto es una entrevista y yo, en las entrevistas, siempre acabo desarrollando una variante del síndrome de Estocolmo: me gusta y me hace gracia cualquiera que se digne a responder mis preguntas.

Ella también.

Ella, hoy, la que más.

Tienes razón, Isabel, no pintas nada al lado de Breat Easton Ellis.

Ni siquiera en este estúpido blog.

Gracias por tu amabilidad y tu tiempo.

Te dejo ya en paz.

Y prometo no volver a nombrarte.

jueves, 18 de junio de 2009

Un buen final (consideraciones después de haber leído 'La reina en el palacio de las corrientes de aire', el último de Stieg Larsson)


(Poco antes de colgar esta entrada, nos llega un mail de la editorial: dicen que en un sólo día han vendido más de 200.000 ejemplares, aunque este tipo de datos ya se sabe el rigor y la credibilidad que suelen tener.)

La fecha oficial de salida era hoy, pero ya anoche, el Vips estaba lleno de ejemplares de La reina en el palacio de las corrientes de aire (Ed. Destino. Traducción de Martin Lexell y Juan José Ortega Román), el final de la trilogía Millennium, el último de Stieg Larsson.

Menudo despliegue.

Tenían un expositor en la entrada. Y había libros también al lado de la caja por si a alguien se le olvidaba.

Y una mesa enorme: cuatro metros por uno, o uno y medio. Todo, todo, todo lleno de Larsson.

Como nos dijo el otro día una librera a la que entrevistamos: ni Crepúsculo, ni Harry Potter, ni Ruiz Zafón, no hay un fenómeno editorial comparable al de la trilogía Millennium.

Ayer también el suplemento Culturas de La Vanguardia, uno de nuestros preferidos, le dedicaba la portada. Y cuatro páginas. Y Sergio Vila-Sanjuán publicaba una crítica.

De momento es la única crítica que hemos visto, aunque seguro que hay otras por ahí.

Sólo estamos de acuerdo con ella en parte.

Pero da igual: es bonito disentir.

Y ahora ya sí, por fin, te contamos qué nos ha parecido a nosotros, intentando destripar lo mínimo, y dejando claro, por si alguien aún no lo sabía, que nos gusta Larsson, y que hemos disfrutado mucho, mucho con él, sobre todo con La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, y que nos seguimos declarando enamorados de Lisbeth Salander.

Al tema:

1. Larsson empieza bien, muy potente, con la llegada a urgencias de Lisbeth y Mikael, justo donde acabó el anterior. Pero luego le cuesta arrancar. Ya le pasaba en los otros. Aunque en éste, mucho más: tiene que recordarle al lector cómo terminó el anterior, toda la trama, todos lo personajes. Se agradece, porque si no, nos perderíamos, pero lastra el ritmo.

2. Lo mismo puede decirse de toda la novela: no resulta tan ágil como las otras. Hay tantos personajes y tantas historias ya acumuladas, que Larsson se ve obligado a ir dando pequeñas notas al lector. Y explica quizá demasiado la trama. Se esfuerza permanentemente en dejarlo todo bien claro: lo que se sabe, lo que no sabe, cada nueva pista y cada paso en la investigación.

3. Pero engancha, claro que engancha. Ese concepto que a algunos les da tanta rabia, como si les pareciera muy vulgar, o como si les jodiera, como si una novela tuviera que ser aburrida y costarte un inmenso esfuerzo leerla. Aunque volviendo a Larsson, a estas alturas, él no necesita ya enganchar al lector: el que llega a esta tercera parte, después de haber leído más de 1.000 páginas, está rendido ante él, entregadito a la historia.

4. Lo bueno, lo que sí consigue, es no decepcionar en sus 854 páginas. Y eso parece casi un milagro. El ritmo sube o el ritmo baja, a ratos aburre un poco y a ratos eres incapaz de dejarlo (un capítulo más, sólo uno más, te vas diciendo), pero Larsson es Larsson y mantiene el nivel. No se le va la olla. No engaña al lector. No quiere convertirse en otra cosa. Larsson no la caga y nosotros, ante eso, sólo podemos darle las gracias.

5. Y ahora, toca un palo: verosímil, lo que se dice verosímil, no es. Hay muchas cosas que chirrían, que no resultan creíbles. Pero mejor aquí no dar detalles ni poner ejemplos. Sólo una aclaración: no nos referimos a Lisbeth Salander. A nosotros, con ella, nos pasa como con un mal amor: nos lo creemos todo. Y mejor cuanto más disparatado. Enlazamos este punto con lo que menos nos ha gustado.

6. Ella, nuestra Lisbeth, no está tan presente. Después de esa apoteosis de la señorita Salander que fue La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, esta última entrega nos sabe a poco. Hubiéramos querido más Lisbeth, más superpoderes suyos, más venganzas, más malos ajusticiados con sus propias manos, más, muchos más. Y nos apuntamos sin dudarlo como caballeros de la mesa chalada. ¿No sabes qué es eso? Pues para descubrirlo tendrás que leerte este último libro.

7. Pero hay otras mujeres. Larsson sigue explorando sus fantasías sexuales y convirtiéndolas en las fantasías de todos sus lectores. O de una parte de ellos. Y de ellas. Primero fue esa Lolita bisexual y promiscua, de apariencia muy frágil pero peligrosa como la que más. Nos referimos a Lisbeth Salander, claro. Después vino la pija madurita, profesional de éxito, brillante y tía buena experimentada, que además es tu amiga, tu mano derecha en el trabajo y con la que practicas el sexo libre y alegremente cada vez que a uno de los dos le apetece. Y ahora hay una nueva, atentos a Monica Figuerola: ex deportista de élite, ex culturista, vigoréxica, rubia, con más de 1,80 de altura, listísima como todas y lectora de ensayos sobre la mitología clásica. Otra bomba sexual. Bien por Larsson. Y bien por Mikael, ese macho alfa, aunque sensible y considerado, al que no se le resiste ni una.

8. Larsson también insiste en la denuncia. En este caso, de eso que llaman las cloacas del Estado. Aunque aquí, el Estado sale bastante indemne. Incluso reforzado. Tampoco daremos más detalles. Pero sí que recomendamos, en otro orden de cosas, la lectura de La reina en el palacio de las corrientes de aire a todos aquellos directivos y responsables de medios de comunicación que pretenden salir de la crisis a base de despidos y de precarizar las condiciones de trabajo de sus empleados o colaboradores. O sea, ofreciendo productos cada vez un poco peores y menos interesantes para el lector.

9. Y unido a lo anterior, lo que más nos ha gustado han sido determinadas sorpresas, algunos giros del argumento, y subtramas tan tronchates como la de los sanitarios (tronchante, trágica y muy, muy creíble), o tan adictivas y que mantienen tan bien la intriga como la que protagoniza Erika Berger.

10. ¿Y el final? Ignoramos los planes de Larsson y si, en efecto, quería escribir 10 libros más o iban a ser 50, pero La reina en el palacio de las corrientes de aire es un digno, dignísimo final, que apenas deja cabos sueltos y con un final-final, esas dos últimas páginas, estupendas. Larsson remata con clase, con inteligencia y con generosidad.

Y ya, mañana salgo de viaje.

Pero es por una buena causa.

No creo que escriba hasta el lunes.

lunes, 15 de junio de 2009

Uno moderno, un clásico y uno político (los libros de la semana)


Anoche acabamos La reina en el palacio de las corrientes de aire, el último de la trilogía de Stieg Larsson (Ed. Destino).

¿Nos ha gustado? Sí.

¿Nos ha enganchado? También.

¿Nos ha entusiasmado? No.

Pero mejor te lo contamos el jueves, cuando se ponga a la venta el libro.

Ahora queremos cambiar de registro.

No más novelas negras.

Por lo menos durante una temporada.

Y eso que tenemos algunas con muy buena pinta.

Ahora el cuerpo nos pide libros serios, aburridos y pretenciosos.

Ahora el cuerpo nos pide literatura.

Es coña, claro.

No creemos que ninguno de estos tres libros sean aburridos o pretenciosos.

Quizá alguno sí que sea serio, pero eso no es malo.

Hoy toca hablar de tres libros que nos apetece leer.

En esta ocasión, uno moderno, un clásico y un ensayo político.

1. Intente usar otras palabras. Germán Sierra. Ed. Mondadori.

La historia de un tipo que se cree el protagonista de la novela que escribe su ex amante. Pero como ella no la acaba, contrata a un autor desconocido para que la termine él.

Suena a metaliteratura (literatura por lo general aburridísima que habla de literatura) y a jueguecito ingenioso.

Pero no, la hojeamos y parece divertida. Divertida e inteligente.

"Una fábula sobre la corrupción, el arte, el deseo de vivir a costa de los demás, la fama cutre, el placer de sentirse observado, la realidad cotidiana vista a través de los medios electrónicos y la narrativa literaria como tecnología obsoleta e improbable refugio de lo duradero", dice la editorial en la contra.

Alguien comenta que es experimental y además, el autor se dedica a la ciencia: da clases y publica artículos de investigación.

Asusta.

Pero no, él es médico, o licenciado en medicina.

Y los médicos, cuando se ponen a escribir, nunca son un coñazo.

Mira a Rabelais, mira a Baroja, mira a Céline, mira a Martín-Santos.

Ahora mismo, no se nos ocurre ni un solo médico-escritor que no nos guste. Aunque seguro que lo hay.

2. Francia combatiente. Edith Wharton. Ed. Impedimenta. Traducción de Pilar Adón.

Ahora que parece que se han puesto de moda (moda relativa) los libros sobre la I Guerra Mundial, llega éste que recopila los artículos que escribió Edith Wharton tras visitar el frente francés.

Lo bueno de esta moda, a diferencia de la manía que antes les dio a algunos por la II Guerra Mundial, es que se recuperan los textos originales, muchos de ellos nunca publicados antes en castellano.

Edith Wharton fue una novelista americana de principios del siglo XX, una de esas autoras de vida intensa y sofisticada. Se la conoce sobre todo por escribir de la alta sociedad de su época. Escribir y criticarla.

Pero aquí cambia de tema. Ya lo hemos dicho.

Abrimos al azar y leemos:

"Hemos conocido al ser más feliz del mundo: un hombre que ha encontrado una misión."

Y lo que sigue es la historia de un cura que ha consagrado su vida a la guerra, ha creado un museo dedicado a ella, con candelabros hechos con balas y vírgenes cuya aureola es en realidad un puñado de bayonetas colgadas detrás de su cabeza.

El cura, además, se encarga de los muertos en el campo de batalla, de saber dónde se entierra a cada uno y cuál es su nombre.

3. Imperialismo. John A. Hobson y Vladimir I. Lenin. Ed. Capitán Swing Libros.

Dos ensayos de principios del siglo XX sobre el imperialismo.

Es decir, sobre el capitalismo y el mundo en el que vivimos.

El primero, escrito por un economista del partido laborista inglés. El segundo, un folleto, como el mismísimo Lenin lo llama (folleto de unas 130 páginas).

Cortamos y pegamos del segundo:
Este ejemplo típico de malabarismo en los balances, el más común en las sociedades anónimas, nos explica por qué sus consejos de administración emprenden negocios arriesgados con mucha más facilidad que los particulares. La técnica moderna de composición de los balances no sólo les ofrece la posibilidad de ocultar al accionista medio la operación arriesgada, sino que incluso permite a los individuos principalmente interesados descargarse de la responsabilidad mediante la venta de sus acciones en el caso de que fracase el experimento, mientras que el negociante particular responde con su pellejo de todo lo que hace...
Suena muy antiguo, ¿verdad? No tiene nada que ver con la actualidad.

viernes, 12 de junio de 2009

Más Larsson, mucho calor y Palestina

Seguimos leyendo a Larsson.

El último, el que sale el jueves: La reina en el palacio de las corrientes de aire (Ed. Destino).

Nos gusta.

Y previsiblemente nos pasaremos el fin de semana pegados a él.

Seguimos también pensando en piscinas.

Piscinas privadas en las que las chicas desnudan sus cuerpos al sol (Radio Futura).



Soñamos con ellas (con las piscinas).

Tenemos pesadillas.

Hace mucho calor y se acaba la Feria.

No vamos a ir.

Ya sólo saldremos de casa por la noche, cuando baje un poco la temperatura.

Habrá mil autores firmando y mil actos programados.

Mañana sábado Amnistía Internacional organiza una mesa redonda: "La población de Gaza y Cisjordania, víctima permanente". Es a las 13.00.

Te dejamos con un poema de Mahmud Darwish. Le llaman el "poeta nacional palestino".

Un pueblo sin Estado y casi sin tierras, al que se le niegan todos los derechos y se le convierte en víctima de décadas y décadas de injusticias, necesita un "poeta nacional", al menos eso, alguien que les dé fuerzas para seguir luchando y que quizá algún día cante su victoria.

Aunque Darwish ya no podrá ser. Murió el año pasado.

El poema se llama En esta tierra y es del libro Menos rosas (Ed. Hiperión. Traducción de María Luisa Prieto):
En esta tierra hay algo que merece vivir: la indecisión de abril, el olor del pan
al alba, las opiniones de una mujer sobre los hombres, los escritos de Esquilo, las primicias del amor, la hierba
sobre las piedras, las madres erguidas sobre un hilo de flauta y el miedo que los recuerdos inspiran en los invasores.
En esta tierra hay algo que merece vivir: el fin de septiembre, una dama que entra,
con toda su lozanía, en la cuarentena, la hora de sol en la cárcel, nubes que imitan a un grupo de
seres, las aclamaciones de un pueblo a quienes ascienden, sonrientes, hacia su muerte y el miedo que las canciones inspira a los tiranos.

En esta tierra hay algo que merece vivir: en esta tierra
está la señora de la tierra, la madre de los preludios y de los epílogos. Se llamaba Palestina. Se sigue llamando
Palestina. Señora: yo merezco, porque tú eres mi dama, yo merezco vivir.

jueves, 11 de junio de 2009

Tenemos el libro más deseado (el último de Larsson) y el menos menos vendido ('El destripador', de Robert Desnos)



Hoy es un día raro.

Fiesta en Madrid.

El Corpus.

¿Cómo?

Corpus Christi.

Nos recuerda a la abuela, a cualquier abuela de cuando las abuelas eran viejas y abuelas, y a sus refranes.

Aprieta el calor e imaginamos a la gente en las piscinas.

También en la Feria.

Hoy había ese encuentro tan bonito, el de los 'worst sellers', preciosa palabra: cinco editores pequeños iban a hablar de sus grandes fracasos, sus títulos menos vendidos.

Los detalles, en Divertinajes, la web de Eva Orúe, la moderadora. Ayer ya te remitimos a ella.

No hemos ido, pero tenemos aquí una de las obras de las que iban a hablar, un libro ilustrado: El destripador, de Robert Desnos y con dibujos de David Sánchez (Ed. Errata Naturae. Traducción de Irene Antón).

En su día hasta lo reseñamos para On Madrid, con lo que nos sentimos un poco partícipes de su fracaso.

Insistimos en recomendarlo, sin ninguna esperanza. Al revés, lo hacemos casi con miedo: quizá terminemos de hundirlo.

Cortamos y pegamos lo ya dicho, una autocita, qué ordinariez:
De qué va. Los artículos que Desnos escribió a finales de los años 20 sobre Jack el Destripador, tras descubrirse en París el cadáver de una mujer que parecía haber sido asesinada por la misma mano. La reconstrucción del caso concluye con un juego literario que involucra al propio autor en el misterio sobre la identidad del asesino más famoso de todos los tiempos...

Qué nos gustó. Desnos, conocido por su relación con el surrealismo y otras vanguardias, escribe fascinado por El Destripador, aunque con la frialdad de un forense al tratar los aspectos más truculentos. Lo mismo puede decirse de los dibujos de David Sánchez: muy claros y muy limpios, pero que chorrean toda la sangre que exige la historia.
Y además de eso, añadimos que ahora que tanto se llevan los libros ilustrados, El destripador es uno de los mejores que han pasado por nuestra manos: por el texto, por los dibujos, por la edición, por rescatar a Desnos y a Jack El Destripador, y sobre todo, por lo bien que se entienden, con 80 años de diferencia, las palabras con las imágenes, las descripciones de Desnos y la interpretación que hace de ellas David Sánchez.

Cortamos y pegamos:
La mañana del 9 de noviembre de 1888, encontraron a Jessie acostada, completamente desnuda, en la cama.
Le habían cortado el cuello de una oreja a otra con una larga incisión. Le habían arrancado la nariz y las orejas. Los senos, seccionados limpiamente, estaban colocados sobre la mesilla de noche. El estómago y el vientre estaban completamente abiertos. La cara, llena de cortes, resultaba irreconocible. Los riñones y el corazón, extraídos de sus alveólos naturales, reposaban en el muslo izquierdo. El asesino se había llevado a modo de lúgubre trofeo toda la parte inferior del vientre, con los órganos que contenía.
Las ropas de la desgraciada estaban colocadas ordenadamente en una silla. Nada indicaba que hubiese habido lucha.
Texto que se corresponde con esta ilustración (sentimos la pésima calidad de la imagen, es una foto hecha con el móvil):



¿Gore?

No, al contrario. Retorcido, casi cruel por su frialdad, sangriento, muy sangriento, pero exquisito y diferente, que es lo que se supone que debe ser un libro ilustrado.

¿Y el último de Larsson?

Aquí lo tenemos, La reina en el palacio de las corrientes de aire (Ed. Destino y traducción de Martin Lexell y Juan José Ortega Román), un tocho de 854 páginas, algo incómodo de leer, tanto en el metro como en el sofá.

Pero eso no parece importarle a nadie. Tampoco a nosotros, que siempre hemos defendido a Larsson y que lo consideramos el único fenómeno editorial de los últimos años también interesante desde un punto de vista literario.

Te remitimos a lo ya escrito sobre Larsson.

Y por primera vez en la vida, todo el mundo intenta quitarnos un libro. Todos quieren que se lo dejemos. A todos les da muchísima envidia.

Hasta nos han amenazado con entrar en casa y robarlo. O secuestrarnos.

Eso estaría bien, tendría su punto, pero no, no puede ser, antes nos toca leerlo a nosotros. Nos han encargado un trabajillo sobre el lanzamiento.

Y el jueves 18, justo el día que se pone a la venta, colgaremos aquí una reseña, o lo que nos salga, contando qué nos ha parecido.

De momento, y como siempre Larsson, empieza bien, un poco poniéndote al día y recordando lo que pasó en las anteriores novelas.

Y sí, se sigue leyendo como los otros: anoche, de una tacada, cayeron casi 200 páginas sin darnos cuenta.

En la web de Antena 3 (también del Grupo Planeta), puedes leer el primer capítulo. Hoy lo han colgado.

miércoles, 10 de junio de 2009

Berlusconi no arderá (sobre la novela 'Esta vez el fuego', de Michele Monina)


Qué escándalo.

Llevamos una semana oyendo hablar del tema.

El País ha publicado las fotos de Berlusconi rodeado de mujeres desnudas o semidesnudas y hombres empalmados en su finca de Cerdeña.

¿Y?

¿De verdad alguien se ha sorprendido?

¿No lo sabíamos ya?

¿Quedaba alguna duda sobre la forma que tiene Berlusconi de entender y ejercer el poder?

Dicen que Berlusconi es el emperador.

Pero no, Berlusconi es Dios.

Omnipotente.

El más rico de su país.

Lo tiene todo.

Y está por encima de cualquier cosa.

Escribe las leyes.

Y se las salta si le da la gana.

Nada le afecta.

Italia le pertenece.

Hagas lo que hagas no hay forma de escapar de él.

Y tiene ramificaciones por todo el planeta.

Le pone los cuernos a sus aliados políticos (Piqué).

O le dice a un arrogante galán de cuarta (Sarkozy) lo peor que se le puede soltar a alguien así sobre su mujer: "Yo te la he dado". Como dando a entender: alguna vez fue mía. Y te la puedo quitar cuando quiera.

Al hombre más poderoso del mundo le describe como: "joven, guapo y bronceado". Y a Merkel la tiene 15 minutos esperando mientras él atiende su teléfono móvil.

Berlusconi es un fanfarrón.

El fanfarrón que decide en Italia lo que es verdad y lo que no.

Y el que lo difunde con sus medios.

Sólo le faltaba ordenar, vía decreto ley, cuando deben morir sus súbditos. Pero eso también lo hizo en el caso Eluana. Y se llevó todo el Estado de Derecho por delante.

Y sí, por supuesto, se folla a quién le da la gana: a tu madre, a tu hermana, a tu hija, a esa inmensa corte de muchachitas vírgenes que aspiran a convertirse en azafatas del Telecupón.

Berlusconi no tiene freno.

Pero eso ya lo sabíamos todos.

¿Y cómo es posible?

¿Por qué, a pesar de todo, le votan sus compatriotas?

Se ha escrito mucho estos días al respecto.

Nosotros hemos leído una novelita que tiene ya diez años, pero que acaba de publicar en España la editorial Periférica: Esta vez el fuego, de Michele Monina (un italiano de 1969).

Es la historia de una manifestación contra Berlusconi en 1994, cuando el bicho acababa de llegar al poder.

Monina escribió el otro día un artículo en Babelia, dónde daba algunos detalles sobre la época y ofrecía su visión del libro y del Berlusconi actual.

A nosotros Esta vez el fuego nos ha interesado. Mucho. Aunque no sabemos si nos ha gustado.

Nos interesa por lo que tiene de explicación del fenómeno Berlusconi.

¿Habla de Berlusconi?

No.

Habla de la oposición que en todo este tiempo no ha conseguido frenarle.

De un sector en concreto: una juventud de izquierdas y políticamente comprometida.

O supuestamente comprometida.

O ingenuamente comprometida.

A nosotros, de hecho, nos pareció una gran retrato de esos jóvenes que dicen que van a parar al monstruo pero que en realidad actúan como si acudieran a una fiesta, o a un partido de fútbol, o un macrofestival de música.

Al principio, nos llamó la atención justo eso: no era autocomplaciente.

Después del 68, y de todas las tonterías que se han contado y aún se siguen contando al respecto, ningún relato de iniciación política debería mirarse a sí mismo con esa ñoña fascinación de: "jo, cómo molo, qué auténtico soy".

En efecto, estos jovenzuelos de Monina carecen de cualquier épica: viajan en trenes pagados por sindicatos con los que no comparten demasiadas cosas, se ponen en huelga pero no trabajan, y sí, lo reconocen: "jo, es que no hacemos nada" o "jo, a ver si maduramos".

Un buen punto de partida para entender cómo Berlusconi se folla a toda Italia.

Y cuidado, porque aquí en España nos follan igual, o el doble.

Y que Dios, o el diablo, nos libre de un Berlusconi porque no levantamos cabeza en 4o años. Y luego, eso sí, nos ponemos todos a hacer cola para despedirle en el Palacio de Oriente.

O sea, que estos jovenzuelos de Monina, en torno a los 25 años en la historia, son muy blanditos.

Van a un acto político, pero casi no hablan de política.

Sus referentes son otros. Su identidad se ha ido forjando gracias a mil mitos, a mil imágenes sin demasiado contenido. Toda esa basurilla audiovisual: el rock'n'roll, la MTV (en la que Monina tiene o presenta un programa), los colores de su equipo de fútbol y una camiseta con la cara del Che.

El resto ya te lo sabes: la universidad como excusa para no enfrentarse a la vida, muchos porros, mucho alcohol, muy pocas ideas (como el propio protagonista denuncia) y mucha, muchísima confusión, un cacao mental impresionante.

En plena manifestación, el narrador va y dice:
Todo parece una película preciosa en la que nosotros somos los intérpretes. Ponemos nuestras mejores caras, aunque en realidad casi no hemos dormido y con las bolsas que tenemos debajo de los ojos podrías ir a hacer la compra y te ahorrarías cien liras. Pero igualmente nos aclaramos la garganta, preparados para proferir invectivas. Hoy hay movidas para Bossi, Fini y Berlusconi, que maldito él, rima en consonante con coglioni, que cuando bajó al campo, como él dice, no sabía que le íbamos a dedicar estos coros. Por otro lado, ¿que significa bajar al campo?
Pues eso, los jovenzuelos se creen en una película y no saben lo qué es bajar al campo.

Berlusconi, en cambio, sí. Berlusconi rima en asonante con coglioni, ja, ja, ja, que gracioso, que bufón, que mamarracho. Pero luego baja al campo, sí, él baja al campo, y se los folla a todos. Berlusconi es en realidad quien dirige la película, y el que la produce, y el que hace el casting, y el que se lleva todos lo beneficios.

Y tú, pobre idiota, sólo eres un extra.

Después, la novela se convierte en otra cosa, se le va un poco a Monina de las manos y esos jóvenes militantes de izquierdas se convierten en hooligans.

Un final efectista y violento, un poco o muy forzado, absurdo.

Aunque Esta vez el fuego tiene algo: es el testimonio de la enésima derrota. Y ofrece algunas de las posibles causas.

Cerraba el otro día Monina su artículo en Babelia con esta frase: "En 1994, año es que se desarrollan los acontecimientos de la novela, el fuego no llegó. Quizá esta vez sí".

Ojalá, ojalá que sí.

Pero parece que no, que esta vez tampoco, que Berlusconi con cada abuso y cada majadería se vuelve más y más fuerte. Más incluso. Hasta convertirse en incombustible.

Lo vimos el domingo pasado en las urnas y llevamos toda una semana escuchando distintas explicaciones al respecto.

(Mañana es fiesta en Madrid y hay un acto que merece la pena en la Feria del Libro. Es a las 13.00. Los representantes de cuatro editoriales pequeñas van a hablar sobre los 'Worst sellers'. O sea, los libros menos vendidos. Modera Eva Orúe y en su Círculo de iluminación te cuenta ella más cosas. Nosotros mañana hablaremos de uno de esos desastres editoriales, que nos gustó mucho, y del último de Stieg Larsson. Casi, casi lo tenemos ya en las manos.)

lunes, 27 de abril de 2009

Enamorados de Lisbeth Salander (Sobre el fenómeno Larsson)


¿Hablamos de Céline (estamos leyendo el libro que ha escrito su viuda sobre él)?, ¿hablamos de El heredero, de Mario Catelli, una novela cojonuda que terminamos el otro día?, ¿hablamos de haikus ahora que Jiménez Losantos amenaza con publicar su propia visión del género?...

Cuesta arrancar los lunes.

Dejamos para los próximos días lo de Céline y Catelli, y descartamos de momento los haikus, aunque abrimos al azar nuestra antología favorita, Jaikus inmortales, editado por Antonio Cabezas y publicado por Hiperión, y transcribimos uno de Basho:
Muévete, tumba,
que mis gemidos son
viento de otoño
Imposible no pensar en la situación profesional de Losantos. Pobre. Y quizá en la nuestra.

Otro día, más haikus.

La siguiente opción es Larsson, el triunfador de Sant Jordi.

¿Hay alguien que aún no sepa quién es este tío?

Stieg Larsson es un sueco que ha escrito una serie de novelas negras. Todo el mundo las está leyendo: Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire, que se editará en España el próximo 23 de junio.

Luego se murió y no pudo escribir más ni ver su éxito, aunque dicen que igual existe una cuarta novela escondida en algún rincón de su disco duro o en la caja fuerte de sus herederos que andan peleándose como fieras por la pasta y los derechos.

Larsson ha sido un pelotazo. Lleva meses en todas las listas de los más vendidos y a nosotros nos parece uno de los fenómenos editoriales más interesantes de los últimos años.

No es una novela ñoña y escrita para adolescentes, como El niño con el pijama de rayas.

No es una novela histórica (nosotros es que odiamos la novela histórica), copia a su vez de alguna otra novela histórica.

No es un thriller sobrenatural sobre los secretos del cristianismo o extrañas sociedades místicas que gobiernan el mundo...

Los libros de Larsson son novelas negras.

Y entonces, viene algún pedante y se mete con Larsson. Él se cree muy listo pero lo que hace es repetir toda una serie de tópicos que desde siempre se han esgrimido contra la novela negra y que nosotros creíamos muy superados.

La novela negra es divertida, lo que a algunos les parece imperdonable. Y la novela negra, a diferencia de otros géneros, no es escapista, sino que se atreve a husmear en los aspectos más oscuros de la sociedad.

Larsson habla, por ejemplo, de importantes empresarios que se dedican a malversar fondos públicos, del pasado nazi de Suecia, de la brutalidad de determinadas prácticas psiquiátricas, de la impunidad con la que actúan los servicios secretos, de la situación de esclavitud en la que viven las inmigrantes que ejercen la prostitución y, en general, de distintas formas de violencia contra las mujeres.

La serie de Larsson no es una obra maestra (¿cuántas obras maestras hay?) y seguramente tampoco sean las mejores novelas negras de la historia (ni mucho menos), pero están muy bien y le dan mil vueltas a cientos de otros títulos supuestamente mucho más serios y mucho más profundos.

Nosotros los disfrutamos, los devoramos y sí, nos enganchamos, como todo el mundo, lo que nos convierte en seres muy vulgares, pero también refuerza nuestra tesis principal: nosotros somos gente.

Aunque el gran acierto de Larsson es el personaje de Lisbeth Salander, tan excesivo ya en la segunda parte, tan fuera de la realidad, que resulta imposible no enamorarse de ella.

Lisbeth es un ser antisocial, una especie de Pipi Calzaslargas en versión punki, como la describió su autor, llena de tatuajes, irresistible tanto para hombres como para mujeres, que pesa sólo cuarenta kilos pero que se entrena con los campeones de su país de boxeo y que es capaz de meterse en cualquier ordenador.

A Lisbeth la han puteado durante toda su vida. Incluso hay quien se cree que es tonta, pero todo lo contrario. Lisbeth es peligrosísima y está deseando poner a los malos en su sitio...

A nosotros por eso nos gustó más la segunda parte que la primera: porque Lisbeth es la auténtica protagonista. Además de por el final. Pero tranquilos, no vamos a reventarlo.

Estaría bien ahora poner una foto de los dos tochos, son libros de muchísimas páginas, uno encima de otro, aquí, en la mesa o delante del ordenador, pero los hemos prestado. Ya es la quinta vez que nos los piden. Y los hemos regalado como tres o cuatro veces más. La de pasta que le estamos dejando a Destino. A ver si el año que vienen aciertan y le dan el Premio Nadal a alguien que merezca la pena.