Dicen que abril es el mes más cruel, pero a mí siempre me ha parecido peor febrero.
O agosto, el final de agosto: es como si el verano se esforzara cada año en morir matando.
Siempre, siempre, siempre, a finales de agosto, hay algo o alguien que intenta matarte.
Aunque sólo sea para que no puedas ir presumiendo por ahí (ojo, esto es un guiño a Julio Iglesias, no un homenaje) de haber sobrevivido a otro verano.
Y normalmente te salvas: de los accidentes de coche que te pasan rozando, de las infecciones tropicales que pretenden contagiarte aquellos que tienen la estúpida manía de viajar cuanto más lejos mejor, de las intoxicaciones alimentarias que llegan disfrazadas de ensaladilla rusa, de los ancianos que te disparan en una discusión de tráfico o de quienes se desmayan en un cine de verano justo delante de ti para que te agaches a atenderles y entonces, morderte la yugular.
Son cosas que pasan y tú te salvas, pero siempre hay alguien que cae.
Cayó Pavese.
Cayó Pascal.
Cayó Nietzsche.
Cayó Lady Di.
(Son sólo cuatro que murieron a finales de agosto, cito de memoria.)
Y hoy, leo, ha caído Fogwill.
Lo primero que pienso es que en estos meses apartado del blog y de pocas lecturas, lo que más he disfrutado han sido sus cuentos: los cuatro o cinco, quizá seis o quizá siete, leídos en los transportes públicos y por la calle, corriendo porque llegaba tarde a algún sitio. Y leídos exclusivamente por el placer de leerlos, quiero decir que nunca pensé escribir nada de ellos, ni aquí ni en ninguna otra parte. Leídos para desintoxicarme y olvidar todo lo demás.
Pero parece que sí, que toca, que la sorpresa de su muerte (yo ni siquiera sabía que estaba tan enfermo) obliga a decir algo sobre lo bueno que fue este tío, lo cruel, lo inteligente, y lo guarro.
Fogwill escribe como ningún otro antes, es imposible confundirle, tiene eso que se llama un mundo propio, pero a lo bestia y al mismo tiempo, fingiendo que no le concede ninguna importancia.
Pura pose, por supuesto, lo de no querer parecer un escritor, y escribir con esa sencillez inicial que luego inmediatamente se convierte en algo muy complejo y que siempre acaba mezclando sexo y política, una ironía muy seca y muy áspera con esas escenas tan suyas de coprofilia, de ménage à trois entre hermanos, de lesbianas karatecas, de soldados follándose a los ovejas. Escenas llenas siempre de violencia (explícita o implícita).
Y todo ello sin despeinarse, como la cosa más normal del mundo.
Toda la potencia narrativa de Fogwill radica precisamente en esa amoralidad. Su falta de escrúpulos, o su supuesta falta de escrúpulos, es la que pone en jaque al lector, la que le incomoda, la que hace que se plantee mil preguntas y también que disfrute hasta el punto de babear o de dibujar en su rostro un gesto indescriptible, mezcla de asombro, fascinación, envidia, cierta repugnancia y una entrega absoluta hacia lo que se está leyendo.
Tan amoral, o tan supuestamente amoral, y tan ambiguo en su escritura como lo fue en su vida.
Baste recordar que Fogwill, el hombre que escribió Los pichiciegos, la gran novela sobre la Guerra de las Malvinas, la que ponía en evidencia todo su disparate y todo su absurdo, la que convertía a los soldados en una especie de topos o armadillos que viven bajo tierra y que durante años estuvo censurada en Argentina, era el mismo que justo en ese momento trabajaba en una empresa inglesa que asesoraba al ejército argentino.
Algunos se rasgarán las vestiduras.
Otros, quizá compendan mejor esa supuesta, sólo supuesta, amoralidad, o la tensión de la que surge, o lo que a partir de ahí, y con un talento infinito, se puede escribir.
Igual que lo que hizo con este poema (que sí pero no, y del que copio el título de esta entrada):
¿Qué?, ¿qué hizo? Lo convirtió en un anuncio de Coca-Cola dirigido por su propio hijo:
Borges describió a Fogwill de forma muy despectiva como el hombre que más sabía de cigarrillos y automóviles del mundo.
A lo que Fogwill, respondió: sí, él escribe mejor, pero yo tengo mucha más vista.
O sea, que sí, un cabrón, un cabronazo, aunque mucho menos que Borges, y muy bueno, buenísimo, imprescindible.
Dejad ya la playa, o la piscina, poneos en pie, volved a ser personas y corred todos a vuestra librería, o a una biblioteca, o descargadlo de internet (creo que hay bastantes cosas suyas colgadas). Leed todos a Fogwill.
(Los relatos a los que hacía referencia y que he estado leyendo son los recogidos en el volumen Cuentos completos, publicado este mismo año por Alfaguara.)
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domingo, 22 de agosto de 2010
martes, 23 de marzo de 2010
Mamá Siberia, perdóname la vida 1 (aproximación a 'Educación siberiana', de Nikolái Lilin, con un fragmento de la obra y un poema de Nietzsche)

Creo que estoy en racha.
Hablo de libros.
En este blog SÓLO SE HABLA DE LIBROS.
Buscaba libros capaces de entusiasmarme y voy empalmando uno con otro.
Ya llevo tres seguidos.
Primero Los pichiciegos, luego Stitches y ahora Educación siberiana.
Educación siberiana lo ha escrito Nikolái Lilin, lo ha publicado en España Salamandra y es una historia, se supone que real, sobre la mafia rusa. Más en concreto, sobre los urcas, una banda, o familia (en sentido mafioso), o comunidad de ladrones siberianos.
Pronto (mañana, pasado, al otro) prometo escribir más sobre él.
De momento, un trocito:
Por dignidad, los criminales honestos nunca hablan de dinero. En la comunidad siberiana todos los bienes materiales, y especialmente el dinero, son despreciados y jamás se los nombra. Los siberianos se refieren al dinero como «eso», «basura», «coliflor», «limones», o bien sólo pronuncian las cifras. Nunca lo guardan en su hogar, porque se cree que atrae la desgracia, destruye la felicidad y espanta la buena suerte; por el contrario, lo esconden cerca de casa, en el jardín, por ejemplo, en casetas para animales domésticos.A mí, al leer el libro, me ha pasado una cosa muy rara.
Me ha entrado una nostalgia brutal.
Nostalgia de Siberia.
Yo nunca he estado en Siberia ni he sentido el menor interés por Siberia y jamás se me ocurriría ir a Siberia.
Pero ahora sé que Siberia es mi única patria posible.
Y no porque sea un criminal.
Es más, estos tipos tan simpáticos, los urcas, la verdad es que dan mucho miedo y fuera del libro no debe ser nada divertido encontrarte con ellos.
Pero Siberia, ay, Siberia, la hermosa, la dura, la rica Siberia, la tierra que todos desean.
Siberia es, más que ningún otro, un paisaje moral.
Y hasta un paraíso.
Aunque eso hay que saber verlo.
Siberia remite a esos poemas tan ingenuos de Nietzsche.
Corto y pego unos versos de Desde altas montañas, que se incluye en Poemas (Ed. Hiperión). Lo traducen Txaro Santoro y Virginia Careaga, con alguna pequeña variación mía:
¿Busqué un lugar donde más fuerte soplara el viento?Nietzsche, para hablar de hielo, sí, a pesar del romanticismo.
¿Aprendí a vivir
donde no vive nadie, en lúgubres zonas de osos polares,
olvidé hombre y Dios, maldición y plegaria?
¿Me convertí en fantasma que deambula por los glaciares?
Pero Caspar David Friedrich, no, ni de coña.
Por eso, precisamente, por el romanticismo.
Y porque Nietzsche, pobre, en el fondo, lo que está haciendo es lo mismo que hacemos todos los siberianos, urcas o miserables burgueses deportados por papaíto Stalin a este lugar que ventila y purifica el alma como ningún otro sobre la faz de la tierra.
Todos, todos, todos, cuando nos emborrachamos para soportar el frío, acabamos cantando la misma canción, esa que en realidad es una plegaria y cuyo estribillo dice "Mamá Siberia, perdóname la vida..."
(La foto, por cierto, es de un tal Mitsuhirato y la cojo de aquí.)
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domingo, 22 de noviembre de 2009
George Bataille y Glenn Gould contra Benedicto No Sé Cuántos

Termino el fin de semana bebiendo un zumito y leyendo a Bataille (el señor de la foto).
Quizá porque aún recuerdo lo que dijo el otro día Benedicto Ratzinger.
Quizá por motivos que no vienen al caso.
Quizá porque ahora todos se han vuelto posposmodernos y citan mucho a Deleuze y Derrida, pero nadie se acuerda de Bataille.
Deleuze, Derrida y Bataille, tres charlatanes, no hay que creérselos, pero a Bataille por lo menos se le entiende (a ratos), y es divertido, y muy, muy guarro.
Hasta la Wikipedia cuenta que iba para cura, pero cambió la Iglesia por los burdeles.
También cuentan que una vez quiso decapitar a un tío para inaugurar una sociedad de secreta.
Lo dicho: no hay que creérselo, pero tiene gracia: un cruce de Sade con Nietzsche, un bibliotecario jugando a místico y a degenerado.
Corto y pego de El Aleluya y otros textos, editado por Alianza y traducido por Fernando Savater. Sí, Savater:
Sólo la cobardía y el agotamiento mantienen aparte.Y hablando de cuerpos desgarrados, veo y escucho a Glenn Gould.
Inclinada sobre el vacío, lo que, en su profundidad, adivinas es el horror.
De todos lados se acercan cuerpos desgarrados; enfermos contigo del mismo horror, están enfermos de la misma atracción.
Pero de eso sí que no tiene la culpa Benedicto.
La culpa es sólo de Don Zana y de una serie de comentarios que escribió hace ya tiempo aquí.
Esto hoy ha sido muy corto, pero el vídeo es largo y yo no tengo fuerzas para más.
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