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miércoles, 20 de enero de 2010

Libros que no se leen, libros que se dejan a medias y literatura fantástica (sobre 'El nombre del viento', de Patrick Rothfuss, y 'La gárgola')


Habría que hablar también de los libros que no se leen y por qué no se leen.

No todos, claro, pero sí algunos de esos que crean cierta expectación, como el último de Auster, el de Murakami, etc.

Lo malo es que el motivo sería casi siempre el mismo: pereza.

Aunque podríamos hacer un esfuerzo y explicarlo un poco.

Tipo: las novelas de Murakami me aburren muchísimo, sólo soporto sus cuentos.

O con un tono más arrogante: considero a Auster un autor agotado desde hace años.

Pero para meterse con Auster y Murakami ya hay muchos otros sitios y este blog aspira a convertirse en otra cosa, no sé muy bien qué, valdría cualquiera siempre que pudiera ser descrita como: bonita, suave y que a veces huele mal.

También estaría bien que esa cosa tuviera un punto friqui y desconcertante.

Un sólo punto, pero muy, muy friqui.

O sea, que hoy vamos a hablar de literatura fantástica.

He intentado leerme El nombre de viento (nada o poco que ver, creo, con La sombra del viento).

Según la editorial (Plaza y Janés), es un gran pelotazo: 12 ediciones, 90.000 ejemplares vendidos en España...

Babelia lo eligió libro de la semana en agosto y en diciembre publicó una entrevista con su autor, Patrick Rothfuss. El tipo me cayó bien y me animó a intentarlo.

En la contra o al empezar, el libro decía:
He robado princesas a reyes agónicos. Incendié la ciudad de Trebon. He pasado la noche con Felurian y he despertado vivo y cuerdo. Me expulsaron de la Universidad a una edad a la que a la mayoría todavía no los dejan entrar. He recorrido de noche caminos de los que otros no se atreven a hablar ni siquiera de día. He hablado con dioses, he amado a mujeres y he escrito canciones que hacen llorar a los bardos.
Me llamo Kvothe. Quizá hayas oído hablar de mí.
Y eso era lo que yo buscaba, una gran historia, una de esas novelas adictivas y divertidísimas que no puedes parar de leer.

Pero me quedé en la pagina 150, más o menos.

Ni me enganchó, ni me interesó, ni para entonces el libro había conseguido arrancar.

Era digno, sí, quiero decir que no había nada en él que pudiera ofender al lector, estaba bien escrito y cumplía todos los tópicos del género: un mundo inventado, una ambientación estilo medieval, alguna espada, criaturas y elementos mágicos...

Poco más.

Podría decir que hasta me recordó por qué nunca leía este tipo de libros: por previsibles.

Aunque hay una excepción, una novela similar en muchos sentidos (en otros, no), que lo tenía todo para no gustarme y que, sin embargo, disfruté muchísimo.

Era la historia de un actor porno que una noche sufre un accidente de coche. Va borracho y muy drogado. Lleva una botella de whisky entre las piernas, así que cuando todo empieza a arder, su pene (sí, hoy toca pene, pilila es sólo para muñecos de nieve) es lo primero en chamuscarse.

Mientras está en el hospital tratando de salvar su vida y afrontando una dolorosísima recuperación, empieza a recibir la visita de una tal Marianne Engel, paciente de psiquiatría que dice haber conocido al protagonista en la Edad Media y que le cuenta historias de amor de esa y de otras épocas históricas.

La gárgola era un disparate, a ratos hasta daba vergüenza que fuera tan cursi. Y luego se ponía muy gore y casi te revolvía las tripas. O apestaba a Ken Follet por una trama que había de constructores de catedrales. Andrew Davidson, su autor, metía también por ahí vikingos, señores del japón feudal, etc. Dudo incluso que tuviera mucho sentido. Pero era justo lo contrario que El nombre del viento: una novela original, distinta de cualquier otra cosa que hubieras leído antes, poderosísima y sobre todo, divertida, muy, muy divertida.

Booket, ahora en enero, acaba de publicarla en edición de bolsillo.

Supongo que por eso me he acordado de ella.

(La imagen que encabeza la entrada es de Oscar Graubner. La que aparece en ella es Margaret Bourke-White fotografiando Nueva York desde una gárgola del edificio Chrysler.)

lunes, 1 de junio de 2009

Resaca tóxica (leyendo a Tsutsui en urgencias)


Domingo por la mañana.

Me despierto y lo primero que compruebo es que aún sigo respirando.

Bien.

Pero ha vuelto la bola.

Esa bola hija de puta en la garganta.

Un bola de carne, mi propia carne hinchada: la campanilla (perdón, úvula), la glotis, todo el paladar.

Duele y agobia.

Sobre todo agobia: la carne, mi propia carne, quiere matarme. Y de la peor forma: inflamándose e inflamándose hasta asfixiarme.

¿Aún respiro?

Si, creo que sí.

Resaca tóxica.

Alergia.

¿Anisakis?

No, eso no, anoche fui bueno y no comí sushi.

Ni nada de pescado.

Sólo copas, venga copas, ni me acuerdo de cuantas.

"Ron, ron, ron, la botella de ron."

Me visto (sin ducharme) y salgo corriendo a urgencias.

¿Aún respiro?

Sí, creo que sí.

Cojo un libro.

¿Qué libro puede llevarse uno a la sala de espera del hospital?

Yasutaka Tsutsui, sin dudarlo.

Al menos, para una resaca tóxica (una fractura o un ataque de pánico sería distinto).

¿Aún respiro?

Sí, creo que sí.

Pero mejor, corro.

El libro que elijo, el único que tengo de Tsutsui, se llama Estoy desnudo y lo ha publicado ahora Atalanta, la nueva editorial de Jacobo Siruela, el hijo de la duquesa de Alba (algo bueno tenía que haber hecho esa mujer, aunque sólo sea por la cantidad de años vividos).

Son cuentos. Ocho cuentos.

Dos magníficos: Estoy desnudo y La ley del talión.

Los otros, a ratos. Algunos, curiosos. Otros, divertidos. Y también los hay cargantes. Pelín tostones.

Pero todos, todos, todos tienen algo que merece la pena.

¿Aún respiro?

Sí, creo que sí.

Y ya he llegado al hospital.

Puedo ponerme a leer tranquilo. Si me desmayo, seguro que habrá alguien que sepa hacerme una traqueotomía.

Tsutsui nació en 1934. Dicen que es el nuevo autor de culto japonés.

Nuevo aquí. En su país deben conocerle desde hace años.

No es un japonés en plan samurái crepuscular (Mishima). Ni un japonés en plan "me gusta el jazz, soy muy cosmopolita y tengo una gran vida interior, aunque quizá algo rarita" (Murakami).

Tsutsui es más bien el tipo de japonés tarado, cruce de manga un poco guarro (no porno), algo de 'Humor amarillo' y algo de película sangrienta de yakuzas, pero sin yakuzas.

Simplificamos y exageramos. Como siempre.

En sus cuentos hay demonios que entran en una oficina y se ponen a matar a todo el mundo. Hay extraterrestres cabrones que no terminan de entenderse con los humanos (tiene dos cuentos sobre el tema, los que menos nos han gustado). Hay autobuses llenos de locos y viajes en avionetas suicidas. Hay chupatintas que quieren perder la virginidad y niños a los que les van cortando los deditos de uno en uno.

Hay sexo, pero como hablan de sexo los japoneses: con desvergüenza e ingenuidad. O pudor, si es que eso es posible. Pudor y vicio. O pudor y cierto espíritu de viejo pervertido.

Hay sangre, con esa misma contradicción o ambigüedad tan japonesa: entre lo naïf y el gore.

Hay humor. O muy negro, negrísimo y retorcido, o muy infantil, casi de chiste y de tropezones, como de 'Vídeos de primera'.

Y hay, sobre todo, imaginación, mucha, muchísima imaginación. Como todo lo anterior: siniestra y, al mismo tiempo, de colorines.

Nuestros cuentos preferidos son los que ponen a un tipo normal frente a una situación extrema, como Estoy desnudo o La ley del talión.

En el primero, una pareja está follando en un hotel. Se produce un incendio y los dos tienen que salir casi desnudos a la calle.

En el segundo, un tío vuelve a casa y se encuentra que un peligroso asesino ha secuestrado a su mujer y a su hijo.

Y mejor no contar más: hay que leerlos.

Por eso, quizá, está bien llevarse a Tsutsui a urgencias: porque sabes que lo tuyo es parecido, pero que no llegará ni mucho menos a tanto. O quizá sí.

Y por la sangre, y los muertos, y los accidentes, y el humor negro, y los cruel y disparatada que es la vida.

En realidad, todo eso lo tienes a tu alrededor, en esa gente que sufre y que no le queda más remedio que pasar la mañana del domingo en un hospital.

Y es una mierda. Una puta mierda tanto dolor, el de la gente que espera, no el nuestro, que casi ni existe, aunque algún día existirá. Tan inútil todo.

Pero te lo cuenta Tsutsui y mola. Incluso te da fuerzas para seguir respirando y para recibir con una sonrisa en la cara el chute de corticoides que volverá a poner todas tus carnes en su sitio.