jueves, 26 de noviembre de 2009

Vendrán más años malos y nos darán más premios (elogio de la antipatía a cargo de Rafael Sánchez Ferlosio)


Los premios literarios cada vez me recuerdan más a los certámenes de misses.

O de misters.

Casi nunca entiendo los criterios por los que se rige el jurado.

Ni siquiera sé si deberían seguir existiendo.

Pero de repente, le dan el Nacional de las Letras a Rafael Sánchez Ferlosio y entonces dices sí, cuánto me alegro, ojalá disfrute mucho los 40.000 euros, y no se le atragante la cena en la ceremonia de entrega (si es que hay cena y ceremonia).

Y amén.

A mí, de Ferlosio, me gusta todo, o casi todo, o bueno, muchas cosas.

Y especialmente, lo que no me gusta.

Por ejemplo, me jodió la infancia con sus Industrias y andanzas de Alfanhuí, esa novela que nunca conseguías leer entera.

Siempre, año tras año, el libro de Lengua estaba lleno de fragmentos rarísimos e imposibles de ese tal Alfanhuí.

Había, además, que leerlos en voz alta, o analizarlos sintácticamente, o lo que fuera.

Yo odiaba a Alfanhuí, y le odiaban todos mis colegas, y hasta juramos que si un día nos encontrábamos por la calle a un niño con los ojos amarillos como él le íbamos a romper el alma a patadas.

Pero luego, ya en la adolescencia, leí el Alfanhuí de verdad todo seguido y aquello no estaba mal.

Me gustó también El Jarama (a mí, sí) y me gustó más todavía que Ferlosio renegara de ella, su gran novela, la que todos reverenciaban e intentaban imitar, y que se pasara no sé cuántos años sin escribir narrativa, puesto de anfetaminas y dilucidando extrañas cuestiones gramaticales que no le importaban a nadie.

O lo de su hermano Chicho, el cantautor que en este vídeo da una auténtica lección a los chavales. No sé si de Educación para la Ciudadanía. Pero sí de educación para la vida. Atentos al cometario final de uno de los niños.

Hasta tiene hace gracia lo de su padre, el falangista que escribió parte del Cara al sol.

Pero a mí, de Ferlosio, lo que de verdad me gusta es su antipatía, que sea tan hosco, tan gruñón.

No lo digo por la pose (la suya, si es que es pose).

Lo digo porque me parece un buen lugar en el que instalarse si es que se quiere pensar. O sea, plantearte cómo funciona el mundo, las cosas que ocurren, quién manda, quién se beneficia y las tonterías (o no) que se dicen. Está bien no sonreír, tocar un poco los huevos y desmontar unos cuanto tópicos sobre, por ejemplo, la tolerancia, el poder, España, la democracia, el derecho a la intimidad, el deporte y hasta al mismísimo Dios.

En eso consistía Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, para mí, uno de sus mejores libros. O el mejor.

Eran cositas muy cortas, aforismo, reflexiones...

Yo vuelvo a él con frecuencia, sobre todo cuando veo que me estoy ablandando y que ya no gruño con tantas ganas como antes.

Corto y pego un fragmento. Y hasta por una vez utilizo las negritas. A disfrutarlo y a resistir:
No hay nada que pueda impresionarme tan desfavorablemente como el que alguien trate de impresionarme favorablemente. Los simpáticos me caen siempre antipáticos; los antipáticos me resultan, ciertamente, incómodos en tanto dura la conversación, pero cuando ésta se acaba se han ganado mi aprecio y simpatía. Ese viajero que dice "Buenas noches", al entrar en el compartimento del vagón; que apenas alza los ojos, sin interés alguno, a la comparecencia de viajeros nuevos, que no vuelve a despegar los labios hasta llegar a su estación, para decir: "Que tengan ustedes buen viaje", suscita en mí la convicción –probablemente tan arbitraria como injusta– de que en un choque o descarrilamiento se portaría del modo más heróico y más socorredor, mientras que el dicharachero, que no ha parado en todo el viaje de hablar y de reír, de entablar relación con todo cristo, y no digamos si –¡horror!– hasta contando chistes por añadidura, me impone, en cambio, la más absoluta certidumbre de que no podría dar, en igual trance, sino el más bochornoso espectáculo de histeria y cobardía. La simpatía es un arcaísmo de quienes creen, quieren creer o necesitan fingir que hay todavía un medio, un ámbito de vida pública, en el que los hombres pueden allegarse en algún grado, de manera directa y espontánea, los unos a los otros. La antipatía es resistencia y repugnancia a simular y escenificar –abyectamente– un mundo que no existe.

3 comentarios:

DON ZANA dijo...

Sr. Vilá, Sr. Vilá, Sr. Vilá....

No me da usted tregua.

Últimamente cada vez que abro su blog me emociono. Primero Glenn Gould, ahora mi papá...

Muchas gracias, de verdad.

Y dígale a sus colegas que tengan mucho cuidado cuando vayan a partirle el alma a Alfanhui. Es muy peligroso. El único día que me descuidé con él me dio tal paliza que me mandó al otro barrio (desde el que gustosamente le escribo todas las semanas).

Cuídese mucho.

Anónimo dijo...

Pero si tú eres muy simpático, Vilá, y ese mundo sí que existe.
Y viva también el simpático de Sanchez Ferlosio, sin dudarlo. Creo que todo el que escribe, en su fuero interno, considera que existe ese medio de poder allegarse con el resto.

bailarsobrearquitectura dijo...

Es un libro maravilloso lleno de pepitas de sabiduria. Adjunto enlace a un breve texto que he escrito sobre uno de sus pasajes más enigmáticos (el que se refiere a la ceguera del título) por si a alguien le interesa echarle una ojeada:
http://bailarsobrearquitectura.wordpress.com/2014/03/19/imagen-y-ceguera/
Saludos y enhorabuena por el blog!
Iago López