jueves, 27 de febrero de 2014

El sí de los perros (ya en las librerías)


Aquí más información.

Y aquí las primeras páginas.

Aquí se puede comentar.


jueves, 23 de mayo de 2013

Sobre 'Daniela Astor y la caja negra', de Marta Sanz


Leo Daniela Astor y la caja negra, la nueva novela de Marta Sanz, y el blog (este blog) resucita de pronto.

Así por las buenas, sin necesidad de excusas, apuestas o unas cañas de por medio.

Al revés, casi que escribo a contrapelo en el ordenador viejo porque el de siempre se ha roto, esquivando mil tentaciones y unos cuantos trabajillos de mierda, intentando corregir por enésima vez la nueva novela y, sobre todo, luchando contra la pereza primaveral que este año más que nunca parece infinita, monstruosa, inabordable.

El universo entero convertido en un bostezo.

Pero es que hay que hacerlo.

A ver, Daniela Astor y la caja negra es una novela de Marta Sanz. O sea, una novela hipnótica y exigente, a ratos inquietante e incómoda y a ratos juguetona e irónica, un desafío y un caramelito para el lector. Pero un caramelito, ojo, que puede ser peligroso.

Sí, y ésta es la primera buena noticia: las novelas de Marta Sanz son esos caramelos con droga de los que nos hablaban en la infancia para que desconfiáramos de los desconocidos y que hemos estado esperando toda la vida. Los chupas y saben a mil sabores distintos. Sabores que nunca has probado antes y tan pronto te dan un poco de risa como te hacen sentir un miedo muy extraño. Un miedo que tiene que ver con darte cuenta de que las cosas quizá sean de una forma muy distinta a como las habías imaginado siempre. Un miedo también relacionado con notar que el suelo se mueve bajo tu pies o con descubrir que dentro de ti hay un pequeño y miserable hijo de puta. Digo pequeño y miserable hijo de puta por decir algo, que nadie se dé por aludido. Era sólo un ejemplo.

Los libros de Marta Sanz siempre te hacen más listo. La idea no es mía, me la comentaba el otro día alguien en una fiesta de disfraces. Juro que la anécdota es cierta. Puede que te hagan también mejor persona. O, al menos, una persona distinta, que es lo que hacen siempre los libros que de verdad merecen la pena: según los lees, empiezan a pasar cosas dentro de ti. Algo se rompe, algo cambia, algo surge, aunque sea pequeño.

Eso para empezar y como generalidad sobre Marta Sanz. Ahora Daniela Astor y la caja negra.

La historia es muy sencilla. O no. Catalina H. Griñán, mujer de unos 50 años, escribe el guión de un documental sobre las actrices del destape con las que soñaba cuando tenía 12 años y jugaba con su amiga Angélica a ser como ellas.

Por un lado, se nos cuenta la vida de esas mujeres: Amparo Muñoz, Bárbara Rey, Sandra Mozarowsky (alucinante su historia y las teorías de la conspiración en torno a ella), etc.

Por otro lado, Catalina reconstruye desde la madurez su paso de la infancia a la adolescencia, se mete en una piel que hace años dejó de ser suya, y revive un episodio muy dramático que es el verdadero eje de la novela. Luego hablaremos de él aun a riesgo de joderle la historia a quien todavía no la haya leído.

Lo primero que sorprende de Daniela Astor y la caja negra es que consigue una de las cosas más difíciles en literatura: desprende autenticidad. No hablo de verosimilitud, no es que resulte creíble, eso es más o menos fácil, hablo de cierta intimidad, intimidad no babosa. Hay una voz que te cuenta algo muy personal e importante, necesario. Es una voz sin fisuras, como la de otras novelas de Marta Sanz, pero ahora se vuelve aún más incuestionable si es que eso es posible. Catalina habla y nosotros sólo podemos callarnos y escucharla. Estamos obligados a ello. El vínculo que esta voz establece con el lector es muy intenso.

Y ese vínculo, a medida que avanza la historia, se estrecha y se estrecha cada vez más.

Porque encima esta novela tiene algo de trampa (no de tramposa). Tú entras y lo primero que ves es a dos preadolescentes jugando, fantaseando y riéndose. Pero poco a poco se va volviendo todo mucho más serio y te va quitando el espacio que tenías a tu alrededor para moverte con libertad, para salirte si no te gustaba o para levantarte e ir al baño. No es sólo que te atrape, es que te obliga. Otra vez vuelve la obligación, casi en un sentido moral y casi como una fuerza física. Es una obligación que tiene que ver con el desarrollo de la historia y del propio personaje, con el telón de fondo de la novela. Incluso después de acabarla, permanece el vínculo. No es un libro que cierras y ya está: a otra cosa, mariposa. Es un libro que no terminas de cerrarlo del todo. Para bien o para mal te acompaña. Y te sigue obligando.

Daniela Astor y la caja negra te acompaña y te obliga porque te cuestiona. Te hace plantearte ciertos temas y cuál es tu posición respecto a ellos. No se trata de algo meramente intelectual, de yo pienso esto o pienso lo otro pero da igual porque ambas posiciones son perfectamente intercambiables y no influyen en mi vida para nada. No, es justo lo contrario, y de eso habla la novela: de cómo las ideas y las imágenes determinan la realidad y se encarnan en ella, de los modelos que se nos transmiten desde el cine, desde los medios o desde la literatura, de cómo forjamos nuestra identidad a partir de unos sueños y unas fantasías que son una auténtica mierda, como dice la protagonista nada más empezar la historia.

Catalina a los 12 años juega a ser Daniela Astor, actriz rubia natural con un lunar sobre su carnoso labio superior, un descapotable y un magnate que pretende casarse con ella. Catalina –tan inteligente, tan cabrona, tan tierna en el fondo y sin querer reconocerlo, tan frágil y tan cínica, tan adorable– juega y no es que nosotros juguemos con ella, es que sus juegos son los nuestros, entonces –finales de los 70– y ahora. Sus fantasías son las que determinan y configuran la vida de tantas y tantas mujeres en las últimas décadas y en actualidad. Y las que mandan sobre el deseo de los hombres. O sea, también sobre sus vidas. Hablo de modelos de belleza, pero sobre todo de modelos de vida. Hablo de exigencias impuestas desde fuera, de un bombardeo constante, de eso tan bonito y tan foucaultiano de ver cómo el poder, un poder ciego y difuso, toma el control de los cuerpos, los penetra, los posee o los destroza llegado el caso. Hablo, por ejemplo, de ese proceso mediante el cual el cuerpo, en este caso el cuerpo femenino, se convierte en objeto de consumo. Y de consumo en un doble sentido: el de las portadas del Interviú, por ejemplo, a las que Marta Sanz dedica un brutal capítulo en las novela y que explica muy bien por qué todas o casi todas esas actrices del destape acabaron tan mal: no eran más que carne para la inmensa picadora de un país que jamás renunció a su miseria moral y política. Objeto de consumo también en el sentido de ampliación del mercado, de creación de toda una series de ansiedades y necesidades nuevas relacionadas con el cuerpo. Esa obsesión que a nosotros nos parece tan natural pero que nuestras abuelas jamás sintieron por tener un buen culo, o unas grandes tetas, o gastar un altísimo porcentaje de sus ingresos en baratijas del Zara fabricadas en cualquier taller de Bangladesh, donde sus trabajadores encima tienen el mal gusto de morirse de pronto de cien en cien o de mil y mil, y nos recuerdan así, aunque no lo pretendan, cuál es el carísimo precio que pagan algunos por nuestros estúpidos caprichos. 

Daniela Astor y la caja negra habla del origen de todo esto y de los mecanismos que lo perpetúan, y por eso a mí no me parece tanto una novela sobre la Transición o el destape (que sí, que también) como una novela sobre nosotros, absurdos ciudadanos en crisis del siglo XXI.

Podría decir también que algo muy parecido ocurre con los hombres, pero no sería del todo cierto, o no sería en absoluto cierto, e implicaría abrir un debate que excede las pretensiones de esta reseña.

Y cuidado, porque a partir de aquí pueden filtrarse detalles de la trama y de la novela que se la joderán a quien no la haya leído y quiera hacerlo.

Daniela Astor y la caja negra trata otro tema espinoso: el aborto. De nuevo el poder y los cuerpos. Pero esta vez la dominación se ejerce por medios mucho menos sutiles, la presión es tan real y tan primitiva como una pareja de la policía que detiene y lleva a la cárcel a una mujer por abortar en esa España de los 70 en la que supuestamente muchas otras mujeres se estaban liberando a sí mismas y al resto por desnudarse en el cine o en las revistas.

Marta Sanz plantea el tema del aborto de una forma muy valiente: sin gilipolleces. No elige a una adolescente, ni a una mujer violada o en la miseria más extrema, o a punto de parir un bebé enfermo y que se pasará toda su vida sufriendo en una cama. Tampoco explica los motivos de esa mujer para abortar. No quiere entrar ahí. Incluso la enfrenta con su marido al tomar la decisión. Marta Sanz plantea el derecho de la mujer a elegir de manera rotunda y absoluta.

Tan rotunda y tan absoluta que, ay, puede hacer que durante su lectura surjan mil dudas y cierta incomodidad, puede también que algunos desacuerdos, al mismo tiempo que se disfruta o se sufre (para bien) la novela, mientras te entusiasmas o te emocionas con ella.

Daniela Astor y la caja negra te cuestiona, ya lo advertíamos antes, y puede hacer que brote más de un conflicto latente o más de un ramalazo reaccionario.

Éste, por supuesto, es uno de los mayores halagos para su autora, aunque yo no sé si estoy de acuerdo con ella y al hablar de conflictos, ramalazos y desacuerdos lo más probable es que me refiera a mí, y quizá por eso la tal Daniela o la tal Catalina me hayan revuelto tanto (otra vez para bien), y me persigan desde entonces. No consigo quitármelas de encima.

Quizá por eso, supongo, tenía y quería escribir esta reseña que lleva semanas dando vuelta en mi cabeza y unos cuantos días aquí abierta como un borrador que escribo y reescribo, corrijo y corrijo, sin que termine de convencerme. O sin que me convenza en absoluto.

Y es que la sensación que prevalece es la de no haber llegado ni siquiera a rozar la novela. Se me quedan demasiados temas, demasiadas escenas y demasiados personajes que ni siquiera he mencionado. Si Marta Sanz es siempre mucho más lista que tú y te excede en todo, hagas lo que hagas, esta vez se ha crecido aún más y por esta novela desfilan lo mismo magistrales escenas de iniciación sexual inspiradas en las películas de terror de la época que una durísima crítica a determinada izquierda o una relación entre una madre y una hija llena de rencores, reproches y cariño, que es como para ponerle un piso. Hay también momentos para la emoción, una emoción contenida, en absoluta sensiblera o manipuladora, y hasta aparece Sálvame, sí, sí, Sálvame, el programa de televisión en un final apoteósico que mete hostias como panes a ese otro gran escritor e intelectual llamado Jorge Javier Vázquez.

Nadie escribe como Marta Sanz y en Daniela Astor y la caja negra lo vuelve a demostrar.

Por eso, si has llegado hasta el final de esta reseña eterna y fracasada tengo una mala noticia que darte: has perdido el tiempo de la manera más boba.

Déjalo ya, corre a la librería o la biblioteca, y hazte con un ejemplar. Descubrirás que los caramelitos con droga existen y que después de probarlos ya nada vuelve a ser igual.

(Lo de Jorge Javier es coña, claro. Lo de gran intelectual y escritor. Pero las hostias no, esas aparecen en la novela y van muy, muy en serio.)

lunes, 12 de noviembre de 2012

'm', la novela






Anunciamos novedades (primero aquí y luego aquí) y parece que ya han llegado.

Novedades o mejor, una sola noticia con un nombrecito muy corto, tan corto como m.

m es una novela que ya está impresa y a punto de llegar a las librerías.

m la ha publicado una editorial nueva, Piel de Zapa, nueva pero con un gran y estupendísimo bagaje por parte de sus responsables.

Aunque mejor seguimos hablando de m en su blog: elblogdelanovelam.blogspot.com

Allí te cuento un poco más y en breve espero colgar el arranque de la novela y todo lo que vaya surgiendo.

Si te interesa o te interesaba este blog, puede que m también te guste. Son dos historias muy distintas, pero en el fondo tienen mucho en común.

martes, 6 de noviembre de 2012

'm', las inminentes novedades que anunciamos en la última entrada se llaman 'm'...

m de matadero.

m de multiverso.

m de matriz o de maternidad.

m de megalomanía.

m de mierda.

m también de teoría M:



Por favor, sigan atentos, si es que aún queda alguien ahí fuera, ya falta menos...

viernes, 19 de octubre de 2012

Pronto puede haber novedades

Por favor, permanezcan atentos.



lunes, 12 de marzo de 2012

Sobre 'Un buen detective no se casa jamás', de Marta Sanz


Desde que dejé el blog he engordado.

Y he perdido un montón de pelo.

También han pasado cosas buenas.

El viernes, por ejemplo, recibí el nuevo libro de Anthony Bourdain. Se llama En crudo.

Y el jueves alguien me dijo: si vuelves a abrir el blog, hacemos una fiesta.

A tanto no creo que llegue, pero ya me he tomado un par de cañas a su costa.

Así que le debo una entrada.

Hablemos de algún libro.

Del mejor que he leído en los últimos meses.

Se llama Un buen detective no se casa jamás y lo ha escrito Marta Sanz. Lo edita Anagrama.

Un buen detective no se casa jamás es la continuación de Black, black, black.

Marta Sanz retoma a su detective Arturo Zarco.

Le saca de Madrid con el corazón roto (dice él) y se lo lleva a una ciudad de la costa valenciana, una especie de Benidorm, aunque en ningún momento se llega a concretar donde están.

Va a ver a Marina Frankel, una vieja amiga con mucha pasta, y se queda en casa de su familia: con la hermana gemela de Marina, su tía, el marido podólogo de su tía, un par de niñas también gemelas y Charly, la mucama.

Del argumento, mejor no contar más.

Un buen detective... no es una novela negra, como señala su autora, a pesar de que hay en ella un detective y un misterio que poco a poco iremos descubriendo.

Un buen detective... es más bien un cuento de hadas, como también señala su autora.

Hay mucho de alucinación, delirio o pesadilla en Un buen detective...

Hay cierta bruma o niebla que lo envuelve todo y hace que las cosas se desdibujen y pierdan consistencia.

Hay también algo muy siniestro y peligroso detrás de esa bruma, hay una amenaza que se intuye y que tarde o temprano se lo acabará llevando todo por delante.

Hay catarsis y hay lucha de clases.

Pero es que la vida de la gente rica es un poco así.

Y cada vez más.

Ricos y ordinarios son estos personajes.

Nada pijos ni estreñidos.

Porque lo que sí es Un buen dective... es una novela roja.

Pero novela roja al estilo de Marta Sanz.

O sea, a lo bestia y nada estreñida tampoco.

Cuando uno empieza a leer Un buen detective... lo primero que piensa es en lo bien que se lo ha debido pasar Marta Sanz escribiéndola. Se la ve muy cómoda, muy irónica, muy lírica.

Lírica en el mejor sentido posible, nada cursi. Todo lo contrario, con un punto a veces terrible, otras escatológico, en ocasiones grotesco...

Pero enseguida Un buen detective... se transforma en algo distinto. Ese sentido lúdico, esa mezcla de ironía y lirismo, se convierte en una seguridad absoluta.

Ya no parece que escriba divirtiéndose, sino ensimismada, un poco como si hubiera entrado en estado de trance. Supongo que eso tiene que ver con su capacidad para mantener el tono a lo largo de toda la novela (con la excepción de un capítulo mucho más sobrio) y con la acumulación de imágenes potentísimas, metáforas deslumbrantes y otras barrabasadas por el estilo. Un chorreo que va construyendo un texto sólido, solidísimo, incuestionable, sin una sola grieta o fisura. Y lo que es aún más importante: con efectos hipnóticos.

O entras o no entras en Un buen detective... Si te quedas fuera, tú te lo pierdes. Pero si aceptas el reto que te propone Marta Sanz, ya solo queda dejarte arrastrar por ella y seguirla asombrado y con los ojos muy, muy abiertos para no perderte ni un solo detalle de ese mundo que va creando con cada palabra, con cada frase, con cada coma. Y en el que nada es lo que parece. Habrá que esperar al final para descubrir qué es lo que de verdad ha pasado y quienes son los auténticos protagonistas de la historia.

Un buen detective... es un libro lúcido y rabioso, extraño y exigente, muy exigente. Toda una experiencia que se atreve a meterse en mil charcos y asumir mil riesgos.

Una última cosa: si Un buen detective... tiene valor por sí mismo, más valor tiene en relación con Black, black, black. El uno enriquece al otro y, al mismo tiempo, son muy distintos. No es que haya una evolución o una superación de Black, black, black. Tampoco hacía falta. Pero sí hay un salto, un afán por despegarse y por buscar caminos distintos.

Al final, lo que te quedan son ganas de más y también una pregunta: ¿qué va a ser lo siguiente?, ¿hasta dónde va a llegar Marta Sanz con su próximo libro?

domingo, 24 de abril de 2011

Resaca de Sant Jordi 2011


24 de abril, domingo de Pascua, último día de la Semana Santa, al menos en Madrid.

Me despierto poco antes de que empiecen las carreras de caballos.

Sobre la mesa del salón siguen los libros de Sant Jordi: el que regalé y el que me regalaron.

Regalé La última noche (ed. Salamandra), de James Salter, un libro de cuentos. Cuentos de amor. Muy, muy cabrones. Aún recuerdo lo que me afectó en su día. Hay un poco de todo, pero todos desgraciados. Desgraciados sin el menor romanticismo, de la forma más áspera y real, con frases como ésta:

Uno nunca tiene la compañía humana que desea. Siempre es algún sustituto.

Me regalaron Paprika (ed. Atalanta), de Yasutaka Tsutsui. Es la primera novela suya que publican en España. Hasta ahora sólo habían traducido sus cuentos: muy frikis, muy bestias, muy divertidos, muy inteligentes. Hablé de ellos en relación con otra resaca.

Paprika va, por lo poco que cuenta la solapa, de sueños, de un psiquiátrico donde experimentan para introducirse en ellos y controlarlos, y de cómo eso acaba convirtiéndose en una gran conspiración para dominar el mundo. Creo.

Es ciencia ficción.

No me costó elegirlo, fue un flechazo: en cuanto lo vi quise que me lo regalaran, aunque había muchos otros libros apetecibles. Quizá influyó el que llevara todo el día leyendo cuentos en el móvil de Philip K. Dick, otro grande de la ciencia ficción.

La literatura del siglo XXI o es ciencia ficción o no me interesa.

La literatura del siglo XXI o es grotesca o es mierda pretenciosa y vacía.

La literatura del siglo XXI o es excesiva o está muerta.

Exagero, claro.

Pero en el fondo, o de alguna de las muchas maneras posibles, lo que digo es cierto.

Más ciencia ficción:



Es la canción más bonita que he oído en mucho tiempo (sí, bonita) y grotesca. O si no, al menos irónica.

Que la vuelta no os resulte muy dura.

sábado, 5 de marzo de 2011

Postal desde Marruecos (sólo un poema de Beckett enviado a la vuelta)


bien bien hay un país
donde el olvido donde pesa el olvido
dulcemente sobre mundos sin nombre
allí a la cabeza se le hace callar la cabeza es muda
y se sabe no nada se sabe
muere el canto de las bocas muertas
sobre la arena de la playa hizo el viaje
no hay nada que llorar

mi soledad la conozco vamos la conozco mal
tengo tiempo eso es lo que me digo tengo tiempo
pero qué tiempo hueso hambriento el tiempo de un perro
del cielo que palidece sin cesar mi grano del cielo
del rayo que trepa ocelado temblando
sobre mieras de tinieblas de años

queréis que vaya de A a B yo no puedo
no puedo salir estoy en un país sin huellas
sí sí es algo hermoso lo que tenéis ahí es algo hermoso
qué es no me hagáis mas preguntas
espiral polvo de instantes qué es lo mismo
la calma el amor el odio la calma la calma
(El poema lo copio de Obra poética completa, de Samuel Beckett, claro, editado por Hiperión y traducido por Jenaro Talens.)

(La foto es sólo una constatación de que la revolución allí aún no ha llegado aunque las vacas sí, ellas ya llevan pendiente. Un pendiente que se llama TRAZABILIDAD.)

martes, 15 de febrero de 2011

La industria editorial encuentra por fin el modelo de negocio que la va salvar de la crisis, la piratería y el apocalipsis: ¡MUJERES DESNUDAS!

No, no es coña, es un anuncio italiano para vender libros:



La protagonista es Ruby Robacorazones.

La supuesta sobrina de Mubarak, la mujer por la que Berlusconi podría acabar en la trena, la que ahora se ha propuesto hundir a los bancos y salvar la industria editorial...

Por suerte hay otro tipo de mujeres.

Por suerte hay hombres que escriben sobre ellas.

O mejor, que escriben sobre sus relaciones con ellas.

Por suerte esos libros merecen la pena.

Yo estas semanas he leído dos.

El primero se llama Epígrafe (Ed. Periférica), de Gordon Lish.

El segundo es A la caza de la mujer (Ed. Mondadori), de James Ellroy.

Los dos son extraños y retorcidos, los dos son sinceros e histriónicos.

Los dos son muy distintos.

A ver si en breve me escribo una entradita sobre ellos.

domingo, 16 de enero de 2011

Algunas cosas que Thomas Bernhard no podía soportar



Tengo que escribir algo (cuatro líneas, quizá sólo dos) sobre Thomas Bernhard para otro sitio y las primeras palabras que me salen son rabia, enfermedad, muerte, odio hacia su propio país (Austria) y sus habitantes (los austriacos), odio hacia sí mismo...

... También genio, coherencia, ensimismamiento, párrafos obsesivos y casi eternos en los que da gusto perderse...

... Y más rabia, y más muerte, y más me cago en todos vosotros, nazis, cabrones, pobres de espíritu, miserables...

¿Existe algún vínculo entre Austria y España?

¿Tal vez el catolicismo?

Aunque ellos tienen a Sisi como símbolo nacional y nosotros la mayor tasa europea de paro, precariedad y explotación.

O sea, somos superiores y supongo que por eso Thomas Benrhard nos quería tanto:



Pienso también en El sobrino de Wittgenstein, la frase que encabeza el libro:
Doscientos amigos
asistirán a mi entierro
y tú tendrás que pronunciar un discurso
ante mi tumba
Me obsesiona esa frase que no es suya, sino de su amigo Paul Wittgenstein, y que suena como una maldición, o una condena, como un deseo sádico y narcisista, y que exige, por supuesto, una media sonrisa como respuesta, y pedir otra ronda, y seguir diciendo tonterías, y llegado el momento, no cumplir, de ninguna manera, ni discurso ni acudir al entierro ni siquiera visitar la tumba.

Luego, sí, muchos años después, Bernhard escribió uno de los grandes, grandísimos, libros sobre la amistad, ese El sobrino de Wittgenstein.

Pienso en Trastorno, pienso en Extinción, pienso que hay un montón de obras suyas que aún no he leído, y eso por un lado es bonito (sí, bonito), anima a seguir, pero por otro, cabrea: leo mil mierdas por motivos de trabajo (y mil maravillas), pero nunca encuentro tiempo, por ejemplo, para leer a Bernhard.

Aunque anoche, sí, en el sofá, leía sus poemas, editados por La uña rota, en un libro que en realidad son tres y que se llama Así en la tierra como en el infierno - Los locos Los reclusos - Ave Virgilio. Tres poemarios con cosas como ésta, fragmento del poema París:
No lo soporto ya, ser menos que el vendedor de espárragos,
ser menos que la adivinadora y menos que
el cura, que da con el pie al cacharro de agua bendita de Notre Dame.
No lo soporto ya, ser más pobre que el mendigo
que se ha guardado mis últimos diez francos sin decirme «bon jour»,
más pobre que las furcias y los niños que, bajo los castaños,
chupan helados con la lengua del diablo,
que parecen las lenguas de ese mundo cálido, centelleante y casual.
Ninguno de ellos tienen nombre, no se llaman primavera, ni verano,
ni invierno, llevan el hermoso nombre común de PARÍS
y se los puede ver de noche con bocas abiertas
y mejillas hundidas, silenciosos y roncos ante los dolores terrenales
que les ha enseñado la ciencia,
para que puedan acusar a Dios.
Más sobre el libro, o los tres libros, aquí.

Y este enlance es sólo para Don Zana.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Un par de libros que han hecho que 2010 valiera la pena (la lista con los mejores del año pero en este caso reducidísima)

Termino 2010 aprendiendo a bailar con James Brown:



Pero antes (o casi antes) me siento en la obligación (sí, obligación) de elegir los mejores libros del año.

Los mejores: o sea, los que más me han gustado de los que he leído, los que en un momento dado han hecho que 2010 valiera la pena (entre otras 1.000 ó 20.000 cosas más). Aunque piquen, o escuezan, o hagan que todo se tambalee a tu alrededor.

O precisamente por eso, lo de siempre.

Y como ha sido un año a medias en el blog, reduzco la lista de los 10 de 2009 a ¿cinco?, ¿cuatro?, ¿tres?

No, esta vez sólo dos.

Algo así como mejor novela extranjera y mejor novela española, o mejor novela de un autor consagrado y mejor novela de otro que está empezando.

Y la primera, no por orden de preferencia, que en eso no me voy a meter, es Homer y Langley, de E. L. Doctorow.

Me remito a lo ya dicho.

La segunda es Nada es crucial, de Pablo Gutiérrez (Ed. Lengua de Trapo).

Me remito en este caso a lo escrito en otro sitio (On Madrid), copio y pego, aunque en realidad, todo se resume en una palabra: milagro. Porque lo que hace Pablo Gutiérrez aquí es un milagro: el de crear todo un mundo. Sí, claro, como Doctorow, es que en eso consiste la literatura:
De qué va. Historia del nene Lecu, Antonio Lecumberri, nacido en un descampado de Ciudad Mediana, hijo del Señor y la Señora Yonqui. E historia de Magui, que creció en el pueblo de Belalcázar, señalada por todos desde que su padre decidió abandonar a la familia para fugarse con un muchachito. La novela sigue la infancia y la evolución de ambos personajes en la España de los años 80 y 90, hasta que sus destinos se cruzan en la juventud. Gutiérrez ha sido incluido en la lista de los 22 mejores narradores hispanoamericanos menores de 35 años elaborada por la revista Granta y con Nada es crucial ha ganado el premio Ojo Crítico.

Qué nos gustó. Pablo Gutiérrez parece haber escrito Nada es crucial en estado de gracia. O mejor, en estado de trance, conectando con algo muy profundo dentro del lector y arrastrándole a lo largo de toda la novela a base de talento, imaginación y un ritmo casi hipnótico. A veces resulta terrible; a veces, divertidísimo; a veces, poético y a veces, o quizá siempre, consigue todo eso al mismo tiempo. ¿Algo más? Sí, la ternura que inevitablemente provocan Lecu y Magui en el lector. ¿Y algún pero? El final, aunque mejor no comentar nada y que cada uno saque sus propias conclusiones.
Y ya, cierro por este año, con una idea que no puedo quitarme de la cabeza y con cierta pena por no haber hablado de unos cuantos libros muy, muy buenos, libros recientes, de los últimos meses, libros estupendos, como Mi gran novela sobre La Vaguada, o El cuarteto de Whitechapel, o El apocalipsis de los trabajadores.

Da pena, sí, pero es que Belén Esteban acaba de decir en la tele que la pena es la mujer del pene.

Lo juro.

O sea, que quizá otro día, para empezar 2011, aunque creo que he renunciado a seguir escribiendo reseñas aquí (digo sólo reseñas): me da muchísima pereza.

Feliz año a todos.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Vamos a morir todos (o sea, otra forma de decir feliz navidad)

No se me ocurre mejor villancico.

Además, el vídeo es espectacular:



Y dice cosas como ésta (traduzco libremente):
Cuando no puedas dormir por la noche y no haya nadie a quien agarrarte
recuerda que yo estoy en las mismas
tienes que reírte en la oscuridad
todos somos uno entre un millón
pero estamos vivos, existimos, aún formamos parte del juego.
Pues eso, un año más, a seguir jugando, en la cena de navidad o donde sea, pero muy, muy en serio.

(Lo he encontrado en Música preventiva, donde tienen otras seis canciones para sobrevivir a la navidad y a mí me están funcionando. Hasta allí llegué gracias a gintonicdream.)

jueves, 16 de diciembre de 2010

Jean Genet como otro centenario más que celebrar pero esta vez casi sin puntos ni comas

Resucita el blog así de pronto porque ya me da un poco de vergüenza cada vez que voy al supermercado de mi barrio y veo a la cajera y pienso ay pobre que sigue su foto como la primera entrada del blog y encima hago chistes sobre cosas tan importantes como Vargas Llosa y los supermercados y también me atrevo a predecir por enésima vez la muerte de la industria editorial como hoy en un bonito despacho de una bonita editorial situada en una de las calles más bonitas de Madrid donde mi padre tenía también un despacho pero el suyo alquilado a la viuda de Onetti y una vez vinieron a robarlo y entraron con cuerdas por la ventana y no se llevaron nada pues nada allí tenía el menor valor menos una tortuga que yo le traje de uno de mis viajes porque entonces yo viajaba o sea que yo hoy estaba en ese otro despacho de la editorial esperando para entrevistar a una gran mujer que vende muchos libros y para entretenerme decía tonterías como de costumbre y hablaba más de la cuenta y decía primero cayeron las discográficas después cayó la prensa y los siguientes vais a ser vosotros editores y una becaria me tenía que aguantar sin llevarme la contraria mientras soñaba con marcharse de España y dejar toda esta mierda atrás y hacía bien y ojalá lo consiga y tenga una vida maravillosa en cualquier otra parte.

Hay aún otro motivo para volver a escribir aunque eso es quizá una excusa y me refiero al centenario del nacimiento de Jean Genet porque este blog además de muerto ya sólo escribe cuando se muere alguien que a su autor le interesa o cuando se celebra un cumpleaños de otro alguien mientras también esté muerto y mientras la cifra sea tan redonda como los 100 años que el domingo le hubieran caído a Genet al que el autor de este blog leyó con fruición durante unos sanfermines en Pamplona pero es que eso era lo mejor que tenía que hacer entonces aparte de todas esas cosas que suelen hacerse en sanfermines y que mejor es no nombrar porque es mejor decir que le leí y luego le seguí leyendo y luego le odié años y años hasta que un libro llamado El niño criminal y editado por Errata Naturae me lo volvió a descubrir igual que ahora la misma editorial que sí resistirá el diluvio y hasta el apocalipsis publica otros dos libros de Genet con entrevistas y demás el primero y el otro una novela pero aún así yo vuelvo a coger aquel libro que me acompañó a los sanfermines de 1994 para abrirlo al azar y encontrar un fragmento subrayado que habla de bares y de amor:
Todas ellas frecuentaban, por la noche, los bares estrechos que no tenían la fresca alegría y el candor de los bailes de mala nota. La gente se amaba en ellos, pero en medio del miedo, en medio de esta especie de horror que nos procura el sueño más amable. Nuestros amores tienen alegrías tristes, y aunque tenemos más ingenio que los novios domingueros a la orilla del agua, nuestro ingenio atrae la desgracia. Una risa no eclosiona aquí sino provocada por un drama. Es un grito de dolor.
Copio y pego también un vídeo precioso que he encontrado en youtube y en el que Genet demuestra que sólo había una cosa más poderosa que su afán por tocar los cojones y mantener su postura de soy un maldito que estuvo en la cárcel y fui marica antes que nadie y ladrón y lo peor de lo peor y eso más fuerte que él mismo se llama VANIDAD:



(Lo de no poner ni puntos ni comas hoy es un entrenamiento: ensayo para convertirme en moderno. Y si no, al menos, para dar el pego. Prometo no repetirlo más. El fragmento de Genet pertenece a Santa María de la Flores.)

sábado, 6 de noviembre de 2010

Vargas Llosa en el supermercado y Michel Houellebecq en mi móvil


Voy al supermercado y cuanto estoy a punto de pagar, me encuentro dos ejemplares de El sueño del celta, la última novela de Mario Vargas Llosa, en el sitio donde normalmente la cajera deja el boli y el papelillo de la tarjeta para que lo firmes. O el cambio si pagas en efectivo.

Nadie se los ha olvidado. Es que los venden.

Desde hace ya tiempo, en este supermercado de mi barrio (de la cadena Gigante) venden libros.

Hay unos expositores en la entrada, pero nunca había visto ejemplares de ninguna otra obra en un lugar tan privilegiado.

Pienso, lo primero, que la editorial (Alfaguara) ha debido pagar una pasta para que coloquen sus "productos" allí.

Pienso, luego, que esa imagen a Vargas Llosa le debe poner cachondísimo. Porque él es liberal y a los liberales, ya se sabe, no hay nada que les guste más que un mercado, un supermercado o, en su defecto, un hipermercado.

A mí, la imagen me incomoda y me desconcierta.

Me gusta por lo que tiene de popularización de la literatura. O sea, por acercar los libros a la gente, todo tipo de gente.

Me irrita como una muestra más de la hipermercantilización de nuestras vidas y de aquellas cosas que más nos gustan, o que consideramos lo suficientemente importantes como para dejarlas al margen de los intercambios comerciales. O, al menos, para establecer otro tipo de relaciones de compra-venta: en otro contexto, con otras reglas, etc.

Y sí, ya sé, es puritano, pero es que yo soy muy puritano, y por lo tanto, hipócrita: ¿qué diferencia hay entre vender libros en una librería o venderlos en un supermercado?

Mucha, muchísima.

Por suerte, llevo el móvil. Con él hago la foto que encabeza esta entrada y dentro de su memoria, guardo decenas de libros.

Últimamente no paro de leer en el móvil (un smartphone, es decir, uno de esos teléfonos con la pantalla muy grande y que hace casi de todo). Antes lo creía imposible, ahora me parece comodísimo. Leo, sobre todo, a Houellebecq, esta semana me ha dado por ahí: tan reaccionario, tan repugnante, tan sectario, tan lúcido, magistral siempre.

Él tiene un libro que se llama El mundo como supermercado (Ed. Anagrama), así que le dejo que piense por mí y que ofrezca una posible explicación de mi malestar al ver los libros de Vargas Llosa en la caja de del supermercado. Corto y pego (las cursivas son del autor; las negritas, mías):
Los peligros que actualmente la amenazan [a la literatura] no tienen nada que ver con los que han amenazado y a veces destruido a las demás artes; están mucho más relacionados con la aceleración de las percepciones y de las sensaciones que caracteriza a la lógica del hipermercado. Porque un libro sólo puede apreciarse despacio; implica una reflexión (no en el sentido de esfuerzo intelectual, sino sobre todo en el de vuelta atrás); no hay lectura sin parada, sin movimiento inverso, sin relectura. Algo imposible e incluso absurdo en un mundo donde todo evoluciona, todo fluctúa; donde nada tiene validez permanente: ni las reglas, ni las cosas, ni los seres. La literatura se opone con todas sus fuerzas (que eran grandes) a la noción de actualidad permanente, de presente continuo. Los libros piden lectores; pero estos lectores deben tener una existencia individual y estable; no pueden ser meros consumidores, meros fantasmas; deben ser también, de alguna manera, sujetos.
Y sí, claro, hay una relación innegable entre ambos hechos. Quiero decir entre que los libros de Vargas Llosa estén en la caja del supermercado y que yo lleve las obras completas de Houellebecq en mi móvil. Son dos, sólo dos de los muchos cambios que ya se están produciendo en la industría editorial. Dos muestras más de su fragilidad, del nerviosismo y la confusión, de cómo todos buscan mantenerse a flote y a veces da la impresión de que algunos han perdido el norte.

Imposible no cerrar hoy con el Lost in the supermarket de los Clash: