Recurro a la Ética de Spinoza para que me recuerde cosas como que "la devoción es el amor hacia quien nos asombra" (Definición de los afectos, X, Parte III) o que "el regocijo no puede tener exceso, sino que es siempre bueno, y, por contra, la melancolía es siempre mala" (Proposición 42 de la Parte IV).
Pero se me cruza una canción, More than rain, y es tan graciosa la presentación que hace Tom Waits en este concierto que me quedo con ella.
Con More than rain y con un poema de Gabriel Ferrater, La vida furtiva:
Seguramente será como ahora. Estaré despierto, iré arriba y abajo por el corredor. Como un minero que sale de un pozo, me subirá desde el silencio de toda la casa, brusco, el ronquido del ascensor. Me detendré a escuchar el abofeteo de puertas de metal y los pasos en el rellano, y adivinaré el instante en el que arrancará a temblar la angustia del timbre. Sabré quienes son. Les abriré enseguida. Todo perdido, que entren éstos, a quienes se lo tendré que decir todo.
De hecho, cuando lo estaba leyendo han llamado a la puerta.
Pero no eran "éstos".
Ni siquiera he tenido que decirlo todo.
Al revés, sólo ha hecho falta que yo cerrara un poco la boca y escuchara lo que a mí me tenían que decir para así, quizá, y sólo quizá, ayudar a alguien que había tenido un día mucho peor que el mío.
"Choke those little bad days! Choke'em down to nothing! There are your days, Choke'em! You choke my days, I'll choke yours!..." Lo dice Tom Waits y él de lluvia sabe más que nadie.
(La foto del muñequito con la cara de Spinoza y la web de sus superodiadores las descubro aquí. Y la presentación de Tom Waits está transcrita en YouTube, a la derecha del vídeo, en el enlace donde pone "más información".)
En 1968 se metió en un garito de St. Pauli, el barrio rojo de Hamburgo.
Había ladrones, vagabundos, putas, travestis... Todos borrachos. O todos drogados. El lumpenproletariat.
Cuenta la leyenda que Petersen pidió un cerveza, se sentó y dejó la cámara de fotos por allí en medio. Fue al baño y cuando volvió, los clientes del bar habían cogido la cámara y se estaban fotografiando los unos a los otros.
Petersen tenía 23 años, había estudiado fotografía y, a pesar de ser sueco, mantenía un vínculo muy estrecho con el barrio y su gente.
Se acercó a los que tenían la cámara y les dijo: ¿por qué no me dejáis a mí que haga las fotos?
Los siguientes dos años los pasó allí, en el bar, el Café Lehmitz, fotografiando a la gente.
Muchas noches hasta se quedaba a dormir, como tantos otros clientes, completamente borrachos o sin otro sitio donde caerse muertos. El Lehmitz tenía una habitación en la parte de arriba con unos cuantos colchones. Al parecer, no cerraban nunca.
Otras veces, Petersen desaparecía durante meses. Se marchaba a Estocolmo, revelaba las fotos, las seleccionaba, etc.
Y después, otra vez al Lehmitz, a seguir haciendo fotos, sí, pero también a compartir las que ya tenía con sus protagonistas, a enseñárselas, a hablar de ellas y conocer mejor a esas personas.
Petersen no era un turista. Petersen no era una ONG o una monja. Petersen no era un paparazzi de la miseria.
Petersen siempre pedía permiso y se identificaba. A Petersen le conocían todos y hasta los ladrones se lo querían llevar con ellos para que les fotografiara mientras daban un golpe.
Lo extraordinario de Petersen, lo que incomoda, lo que conmueve, lo que hace a sus fotografías únicas, es ese respeto, esa forma de mirar, de tú a tú, sin buscar el morbo ni fingir compasión.
Algunas son tan sórdidas y al mismo tiempo tan bellas (sí, bellas), tan sinceras, tan llenas de vida que pueden provocar terremotos en los espíritus más sensibles (de verdad sensibles, quiero decir, no ñoños ni impostores).
Incluso si después del terremoto las sigues mirando, lo más probable es que te acabes reconociendo en todas esas personas, pobres diablos como tú, que ríen o lloran, sufren, se arrastran e intentan divertirse.
Después de esos dos años, Petersen volvió alguna que otra vez al Lehmitz.
Pero ya no era lo mismo.
Casi todas las personas a las que él conoció habían desaparecido.
La mayoría habían muerto, o se habían esfumado sin que nadie supiera muy bien qué fue de ellas.
Otros, en cambio, tuvieron suerte y lograron salvarse. Inge la Rubia, por ejemplo. Rubia por la cerveza y no por el pelo. Esa dio el pelotazo. A Inge le tocó la lotería, se casó y se fue a vivir a Berlín.
Petersen hoy es un fotógrafo reconocidísimo y una de las imágenes del Café Lehmitz sirvió de portada para el disco Rain Dogs, de Tom Waits (en el vídeo de abajo, la puedes ver a partir del minuto 2.47).
Un disco que se cerraba con una canción como Anywhere I lay my head (también en el vídeo de abajo) se merece más que ningún otro una foto de Petersen.
(Y yo hoy hablo de Petersen y del Café Lehmitz porque ayer alguien me regaló un libro que se llamaba así, Café Lehmitz, con más de 80 fotos de la colección y editado por Schirmer/Mosel. Aunque curiosamente no incluye una de mis imágenes favoritas, la que encabeza esta entrada. La tengo en el escritorio de mi ordenador. Me obsesiona. No consigo entenderla: ¿cuál está más enamorado de los dos?, ¿y más enfermo?, ¿quién es el lobo y quién es el cordero?, ¿recordarán algo a la mañana siguiente? El que quiera, puede seguir todo el fin de semana haciéndose preguntas al respecto. Y gracias, mil veces gracias, a quien hoy ha hecho posible esta entrada.)
En formato analógico (papel) o digital, eso no importa.
Reivindicar la lectura como acto íntimo, creo que ya lo he dicho: en silencio o con música de fondo, tirado en el sofá o en el metro rodeado de extraños, incluso mientras andas por la calle o mientras cocinas.
Incluso si es para comentarlo luego en un blog.
Pero íntimo, intimísimo, casi una comunión (perdón por la cursilería) entre el hombre y el libro.
Sólo eso.
Porque si no, parece que el libro no basta.
Como si la literatura necesitara muletas.
O como si quisiéramos convertirla en otra cosa: un espectáculo (más aún, quiero decir, que es lo que jode), un circo, un castillo de fuegos artificiales.
Y de fondo, detrás de todo ello: una mayor mercantilización.
Más negocio, más muertos.
Y menos tiempo para leer.
Me iba a convertir en muy, muy purista, un talibán del tema.
Y sin embargo, me llega un mail de Getafe Negro, el Festival de Novela Negra de Madrid, y creo que voy a ir.
Mañana a las 12.00 van a hablar de The Wire.
The Wire es la tercera mejor serie de televisión de la historia.
La mejor son Los Soprano.
La segunda mejor es A dos metros bajo tierra.
Yo aún no he conseguido ver entera The Wire.
En España sólo hay dos temporadas en DVD.
La serie en total son cinco.
El último episodio se emitió en Estados Unidos en marzo de 2008.
Pero aquí ni siquiera puedes comprar la tercera temporada, emitida en 2004.
En Internet, sí, ahí tienes toda la serie para que te la bajes gratis y la disfrutes.
¿En qué coño piensan los de Warner, sus distribuidores en España?
El caso es que mañana hay en Getafe una mesa redonda para hablar de The Wire.
Entre otros, estará Enric González.
De Enric González no diré nada porque últimamente en este blog parece que todo es peloteo.
Sólo una cosa: yo es de los pocos que leo todos los días.
Si no leo su columnita (como la llama él) en El País, no me quedo tranquilo.
En Getafe también estarán Pablo Herraiz, Antonio Onetti y David Barba como moderador.
The Wire es una serie de policías.
Policías hiperrealistas que, en cada temporada, intentan resolver un caso en la ciudad de Baltimoore.
Son tipos duros que tienen que enfrentarse a toda clase de dificultades.
En ese sentido, recuerda un poco a James Ellroy por la forma en que describe, sin ningún adorno, las luchas internas, las ambiciones de los polis, sus corruptelas, los politiqueos del sistema yanqui o cómo algunos esperan tocándose los huevos la ansiada pensión.
Parecen de carne y hueso.
Pero, poco a poco, sobre todo en la primera temporada, van a adquirir un rollo épico.
O casi, una épica contemporánea y posibilista que podríamos resumir en hacer lo que se tiene que hacer y a pesar de ello, seguir vivo.
The Wire es una serie de tramas curradísimas e impecables, tanto que cuesta entrar y es fácil perderse, pero siguiéndolas puedes hacerte una idea bastante exacta de cómo funciona el mundo.
Y con una galería de personajes impresionante: el listillo tocahuevos y trepa que lo pone todo patas arriba (a las tías, además, les encanta), el brillantísimo detective que lleva años castigado en un despacho haciendo casas de muñecas porque llegó demasiado lejos en una investigación, el negro incorruptible y de perfil casi africano al que todos obedecen (un anticipo de lo que años después iba a ser la imagen pública de Obama), la lesbiana que se enfrenta a la maternidad de su novia y a las exigencias de ésta para que deje las calles y el peligro atrás, el mafioso que ha salido del gueto y ahora estudia un máster en administración de empresas para convertirse en el más poderoso y el peor...
... Y Little Omar, una especia de Lisbeth Salander, por justiciero, por inteligente y por bestia, pero en negro y en marica. Tiene además el trabajo más peligroso del mundo: robar a los narcotraficantes para quedarse todas las drogas y luego venderlas por ahí. O sea, es el enemigo tanto de los polis como de los mafiosos, pero con un sentido del honor y de la lealtad que ha conseguido, por ejemplo, que Obama se una a su ejército de fans y no al del ya mencionado y linkeado coronel que parece un clon suyo.
The Wire hay que verla.
Y escucharla.
Los episodios empiezan todos con el Down in the Hole, de Tom Waits, aunque cada temporada en una versión distinta (la que he colgado arriba es la de la segunda, la original).
A mí, cuando escucho la cancioncilla, me pasa como con el arranque de Los Soprano: se me mueve todo por dentro. Babeo, me pongo cachondo, se me dilatan las pupilas y sí, también, debo reconocerlo: me entran ganas de llorar.
Me gustaría ir mañana a Getafe.
Sería bonito.
Puede que hasta lo haga.
Aunque cada vez me cuesta más cumplir mis planes.
Hoy, por ejemplo, iba a escribir de Nocilla Lab, el final de la trilogía Nocilla, de Agustín Fernández Mallo.
Prometo hacerlo mañana o pasado o cuando tenga un segundo.
De momento, corto y pego lo que ya he dicho en otro sitio:
La apoteosis de la Nocilla. Nocilla Lab se convierte en la más evocadora de las tres, la más extraña, la más poética y la que tiene una mayor fuerza para arrastrar al lector hacia ese universo único y personalísimo que Fernández Mallo ha sabido crear y con el que se ha convertido en el abanderado de una nueva forma de hacer literatura en España.
Y añado: corred y leedla, es buenísima, una pasada.
Tengo unos cuantos discos suyos (con The Birthday Party y The Bad Seeds) y llevo años sin oírlos.
Ni siquiera los he metido en el ipod.
Demasiado intenso, chillón, grandilocuente.
Me gustó, eso sí, lo que hizo como Grinderman, cosas como la canción de abajo (el vídeo original es muy, muy chulo: muy sucio, muy oscuro, muy vicioso, pero Emi no me deja insertarlo aquí).
Este No pussy blues da la impresión de que Nick Cave ya no se toma tan en serio a sí mismo.
Queda la energía, la distorsión y la mala leche, pero parece menos pretencioso.
También tenía gracia cuando le daba el punto marciano y se ponía, por ejemplo, a cantar con esas dos bombas sexuales: Kylie Minogue y PJ Harvey.
O el colmo del despropósito (maravilloso despropósito), su versión con Shame MacGowan de It´s a wonderful world.
Pero Nick Cave se estaba convirtiendo, cada vez más, en un imitador de Leonard Cohen.
En australiano, en ex yonqui, en bestia.
Lo bueno es que lo reconocía y hasta le grababa homenajes al maestro ya viejo y arruinado.
Tampoco esta vez me ha dejado YouTube insertar el vídeo que quería, pero sí este bonito montaje con fotos de Nick Cave y de fondo, su versión de I´m your man:
Y quizá, para terminar de ser Leonard Cohen, después del traje y la voz profunda, le hacía falta una carrera literaria.
En 1989 publicó su primera novela Y el asno vio al ángel (editada en España por Pre-Textos).
Yo la recuerdo como algo ilegible: tan rebuscada, tan barroca, tan excesiva, tan ingenua, tan torpe.
Con ese precedente, no esperaba gran cosa de La muerte de Bunny Munro (editado por Papel de liar y traducida por Miguel Izquierdo).
Y sin embargo, me ha sorprendido, me ha gustado y la he disfrutado muchísimo.
Una novela estupenda.
La historia es la de los últimos días de Bunny Munro, putero, adicto al sexo, canalla de poca monta y vendedor de cosméticos a domicilio.
Bunny tiene una mujer que se suicida al principio y un hijo del que debe ocuparse a partir de entonces.
El Bunny éste parece casi una caricatura de Nick Cave, lo que le da a la novela un punto autoparódico muy gracios0.
Se agradece la ironía y cierto sentido del humor que se mantiene hasta el final.
Se agradece también lo guarro que es.
Bunny se pasa todo el día follando o intentando follar, pensando en "vaginas" (él emplea esa palabra) e imaginando con especial cariño la de Avril Lavigne.
O los minishorts dorados de Kylie Minogue en el vídeo de Spinning around.
Y además de cerdo, Nick Cave sigue siendo tan siniestro como siempre.
A ratos, incluso, parece una de las películas buenas de David Lynch.
Desde la primera página, se crea una atmósfera muy densa, de amenaza constante o casi de pesadilla.
Hay fantasmas, hay pederastas en chándal y hay diablos que van matando mujeres a través de toda Inglaterra, de norte a sur, hasta llegar al protagonista.
Bunny va visitando a sus clientas y deja a su hijo en el coche.
El padre intenta seducirlas a todas y el niño hace cuanto está en su mano por no olvidar a la madre muerta sólo una horas antes.
Al principio, parece que la fiesta de Bunny va a continuar para siempre, pero la historia se va enrareciendo poco a poco, empiezan a pasar cosas y él va perdiendo el control...
Y todo ello, para mostrarnos la desesperación del personaje, su tragedia y su miseria moral, su patetismo, esa muerte que se anuncia tanto en el título como en las primeras líneas.
En La muerte de Bunny Munro, Nick Cave sorprende por su imaginación, pero también por cómo controla la historia y por su capacidad para ensamblar escenas y situaciones potensítisimas: a ratos divertidas, a ratos aterradoras y siempre pelín desquiciadas.
Yo, después de leerla, me he reconciliado con él, me ha divertido muchísimo y hasta prometo que voy a meter todos sus CD en mi ipod.
(Estupendo también lo que escribe Juan Varela en soitu.es sobre La muerte de Bunny Munro como el anuncio de una posible o futura novela multimedia. No estoy de acuerdo en nada, o casi nada, con él. Es más, hasta podría tener ese rollito papanatas de quienes parece que han nacido en Internet, pero es inteligente, muy inteligente, y provocador, y tiene su punto. Igual otro día hacemos una gran defensa de la lectura como experiencia íntima, aunque compartida y en formato electrónico si hace falta. Frente a todo el ruido y la pachanga de quienes aspiran a convertir la literatura en un espectáculo más, desde aquí propondremos la vuelta a cierta vida monástica. Un monasterio, eso sí, laico, alegre y libertino.)
No bebe, no folla, no consume drogas por vía parental.
Es una estúpida perra de ciudad, con un pedigrí estupendo, eso sí, toda una Gil de Biedma: sobrina nieta de Jaime, prima segunda de Esperanza Aguirre.
No miento: hay papeles que lo demuestran. Otro día cuento la historia.
Es que no es vírica, me explica sobre la hepatitis la inútil de la veterinaria después de haber necesitado veinte pinchazos para encontrar una vena y hacer un análisis de sangre, y poco antes de pasarme una factura de casi 200 euros.
Hija de puta, otra como el alergólogo, el que se parecía a César Vidal, otra que va y dice que no se sabe, que puede ser cualquier cosa, que a lo mejor se cura o a lo mejor se muere, que hay que esperar y ver la evolución...
Ya de noche, mi perra me sigue mirando algo triste y cuando abro una cerveza, aparece el rencor en sus ojos.
Como si el hijo de puta fuera yo.
Como si el alcohol que bebo tuviera la culpa de su hepatitis.
Dejo de ver el vídeo, decía, y le pongo una canción a mi perra, Bad liver and a broken heart, de Tom Waits. Me parece perfecta para la ocasión:
Y luego, le cuento un chiste de médicos.
Aunque esta vez no es de Faemino y Cansado, ni siquiera es de médicos, es en realidad de pacientes, y tampoco creo que se trate de un chiste, da la impresión de ser un poema.
Pero a mí me hace muchísima gracia.
Lo escribió Joan Margarit (por fin he encontrado el libro) y se llama Televisión en el servicio de traumatología (lo saco de El primer frío. Poesía (1975-1995). Ed. Visor. La traducción del catalán es de Antonio Jiménez Millán):
Anochece. Rodeados de sofás vacíos, dejan entrar la luz de la pantalla en la oscura caverna de sus sueños. Él, sin piernas –el ruido de aquel tren cruza de vez en cuando su cabeza– ha puesto un cigarro en los labios de él, que dejó los brazos en la torre eléctrica. Cuando en la luz dudosa del deseo aparece la chica más fría y sensual, los dos se miran y se funden en un solo hombre, tan ideal como ella.
Íbamos a hablar de milagros y redenciones, de vagabundos alcoholizados y de niñas santas, del 70 aniversario de la muerte de Joseph Roth y de su libro La Leyenda del santo bebedor.
Pero se no ha cruzado una noticia que primero hemos recibido con escepticismo y luego, casi, casi con asombro: sí, los milagros aún son posibles.
No es que Iggy Pop siga vivo, todo el mundo la sabe, es que ha sacado un disco, Preliminaires,y, por lo poco que hemos oído, el disco mola. Mola mucho.
Mola el cambio de registro. Y la actitud. No es una mamarrachada más de estrella del rock en sus horas bajas.
Iggy Pop dice que está "harto de escuchar a un puñado de brutos idiotas golpeando guitarras para hacer música mala" y ha decidido volver al jazz y a la canción francesa.
El resultado suena un poco a Tom Waits (en King of the dogs) y un poco a Leonard Cohen (en Les feuilles mortes), pero en el fondo sigue siendo Iggy Pop.
Y esto, ¿aún es un blog de libros?
Sí, es que Iggy Pop ha leído a Michel Houellebecq y se ha inspirado en La posibilidad de un isla para el disco: "El libro trata sobre la muerte, el sexo, el fin de la raza humana y unas cuantas cosas más bastante graciosas. Lo leí en un hotel solitario de la costa francesa con gran placer y en mi mente iba creando la música que escuchaba en mi alma mientras lo leía", comenta.
De hecho, el primer singles, del que hay tres vídeos distintos, está dedicado a su personaje favorito de la novela, el perro Fox.
Puedes oír algo más de este nuevo Iggy Pop y verle contonearse a sus 62 años sin camisa ni camiseta en la web del Canal+ francés.
Sigue fibroso, aunque también un poco hinchado, muy poco, con esa textura que sólo da la heroína después de años y años de adicción.
Iggy Pop también debería leer Making Of, de Óscar Aibar, publicado el año pasado por Mondadori.
Como en La posibilidad de una isla (aunque no tiene nada que ver) hay muerte, hay sexo y es muy gracioso.
Además, aparece él como personaje.
Aibar novela con muchísimo sentido del humor la producción de su primer película, Atolladero, un western futurista, crepuscular y desquiciado, con malos malísimos, dinosaurios extraterrestres, F-16 disparando misiles reales en pleno set de rodaje y todos los problemas del mundo.
Atolladero es un retrato del cine español llevado al límite, de su falta de medios, de su improvisación constante, de su afán por querer ser siempre otra cosa y de los personajes que lo pueblan, entre el divismo (muy poco, aquí) y la sordidez.
Y Atolladero es una de esas epopeyas contemporáneas, o sea, ridículas, siniestras, disparatadas. Tanto, que al final, el narrador sólo podrá presumir de haber hecho lo que tenía que hacer y, a pesar de ello, aún seguir vivo.
Un auténtico héroe. Si nosotros hiciéramos lo que de verdad tenemos que hacer, seguro que nos cortaban el cuello. Y a ti también, no te hagas el tonto, lo sabes perfectamente.
Uno de los personajes, decíamos, es Iggy Pop, la estrella internacional de la película. En el libro aparece como Jim Rock y está muy centrado: ya no se acerca a las drogas ni en broma, se toma muy en serio su trabajo y siempre está dispuesto a colaborar en todo. Pero le pierde el sexo.
Reproducimos un diálogo entre el director de la película y Jim Rock, después de que el primero haya pillado al segundo con un "joven y fornido carpintero" detrás de unos matorrales:
- Los sesenta fueron muy extraños –dijo poniéndome la mano en el hombro. Le ofrecí un cigarro y caminamos lentamente de vuelta a los camiones. - Durante más de veinte años hice de todo con todo el mundo –añadió–. Luego llegaron los ochenta y la compañía de discos me obligó a pasar una revisión médica para renovar el contrato. Yo me acojoné, ¿sabes? Si había una persona en el mundo que se merecía estar infectada era yo. - ¿Y qué pasó? –le pregunté con impaciencia. - Joder, pues que estaba limpio, tío. Después de toda una vida follando a destajo con todo tipo de seres, después de años chutándome cualquier mierda con la primera jeringuilla que pillara en el suelo del lavabo de cualquier antro... ¡pues resulta que estaba limpio! Entonces decidí poner un poco de orden y me enrollé con Suhi para probar la monogamia. - Eso está bien, supongo. - ¿Bien?, ¡una mierda! –exclamó llevándose la mano a la entrepierna–. Esto es lo único que me queda y pienso aprovecharlo al máximo mientras funcione. - ¿Y luego? - Luego me pegaré un tiro en la cabeza o cantaré folk, yo qué sé –dijo mirando al infinito con una expresión mística–.
O sea, que al bueno de Iggy le sigue funcionando el asunto. Su inmenso asunto, según la leyenda.
De momento se ha pasado al jazz, sólo eso. Nada que ver con el folk.
Lo intentamos con Giordano, ya lo hemos dicho, pero no hubo manera: dejamos ahí a la pobre niña, agonizando en el fondo del barranco con todos los pantalones sucios.
Y teníamos también este otro libro: Sidecar (Ed. Caballo de Troya).
¿Por qué es tan difícil escribir de amor?, ¿por qué las descripciones y narraciones de encuentros sexuales suelen resultar tan previsibles, tan ñoñas, tan aburridas? O, al revés, como queriendo impresionar, como diciendo: vas a ver lo bestia que soy, lo cerdo, lo cabrón, cómo me lo monto.
¿No decía eso Martin Amis el otro día en el Hay Festival de Granada? Creo que vi un titular al respecto, pero ahora no aparece por ningún lado.
Frente a eso, lo bueno, lo asombroso de Sidecar y de Lema (un gallego nacido en 1975), es la naturalidad y la soltura con la que escribe, tanto de los sentimientos como de los cuerpos retozando.
Sidecar, en realidad, son dos historias, dos novelitas cortas.
La primera se llama Las muertes pequeñas y es la historia de un vendedor de chorizos (muy culto, eso sí) de 25 años que se enamora de una chica que ha hecho la tesis doctoral sobre Foucault, pero a la que le encanta el esoterismo, y con la se propone mantener una relación sin secretos.
Es una historia muy de nuestro tiempo, muy de inseguridades sexuales, de celos y complejos que se creen superados pero que en realidad no lo están en absoluto. También de colegueo entre el protagonista y su compañero de piso, mucho más cínico y descreído; de la necesidad de buscarse la vida y de la influencia de la familia (no necesariamente mala); de ilusiones que no siempre se cumplen, de la búsqueda del propio camino y de lo bien que viene a veces cambiar de aires.
Hay mucho humor, mucha ironía, y preciosas descripciones sexuales, como en ese primer encuentro de los protagonistas, cuando él se pierde entre las piernas de ella y dice, o piensa: "puedo oler tu alma". E ideas brillantes, foucaultianas unas y otras no tanto, como: "el opio es el sexo de los feos". ¿Acaso vivimos alienados por el sexo? Por supuesto, ¿alguien aún lo dudaba?
Las muertes pequeñas es la crónica de una juventud real con un trasfondo también real y político.
Y nos gusta, además, porque se crece y el final, esa noche de juerga y el desenlace, gana mucho.
Pero la que más nos ha gustado es la segunda, El síndrome de Rubens, la novelita de otro personaje muy parecido al anterior: joven, gallego y universitario de letras, y su fascinación por las mujeres gordas, contundentes y en definitiva, hermosas.
El síndrome de Rubens cuenta cuatro historias, las de cuatro mujeres de las que el narrador se enamora: la madre de un amigo, su primera novia, una profesora y un último amor.
A todo lo dicho respecto a Las muertes pequeñas, a la naturalidad, a la ironía, a la lucidez, añádele aquí una nostalgia no empalagosa, situaciones llenas de morbo pero sin que resulten ni forzadas ni retorcidas ni malamente "sucias". Y mucha, muchísima ternura de la buena, de la que casi no se nota.
Hay tanto encanto en El síndrome de Rubens que Lema no sólo convierte a sus mujeres en personajes creíbles y deseables, es que además hace que te enamores de ellas.
Y eso es algo que muchísimos escritores no serían capaces ni de soñar.
O sea, que a Lema también hay que leerle.
Mañana viernes es fiesta en Madrid, el patrón: san Isidro. Nos lo tomamos libre.
Pero no nos busques en Las Vistillas. Este año, no. No vamos a bailar un chotis. Ni a los toros.
El casticismo nos echa mucho para atrás.
Aunque Madrid tiene una cosa que está bien: todo el mundo la insulta y no pasa nada, a nadie le importa. Al revés, cuanto más la desprecias, cuanto más la criticas, cuanto más te cagas en ella, más madrileño pareces.
Cerramos con un himno-canción-homenaje a la ciudad, Este Madrid, de Leño. Dice cosas como:
Es una mierda este Madrid que ni las ratas pueden vivir.
Queremos una central que nos suministre energía para destruir la mucha vegetación que nos estorba y no, no podemos construir.
Increíble el vídeo. Pura arqueología del rock. Si lo aguantas entero, si llegas a los títulos de crédito, sobre el minuto siete, podrás ver el nombre de Teddy Bautista en pantalla. Sí, Teddy, el de la SGAE.
La foto hoy es de Anders Petersen, de una serie muy famosa que hizo en un café de Hamburgo. Tom Wais utilizó una para la portada del Rain Dogs.
No sabemos si representa muy bien el espíritu de Sidecar, creemos que no ¿Tal vez demasiado sórdida? Pero nos gusta.
La diferencia es que Céline también era nazi. Apoyó al gobierno de Vichy cuando los alemanes entraron en Francia y odiaba a los judíos, les culpaba de la guerra, de la pobreza y en general, de cualquier cosa mala que pudiera pasar.
Al acabar la II Guerra Mundial, tuvo que huir para que no le mataran y pasó por la cárcel. Nunca le perdonaron. Ni él se molestó en pedir perdón.
Todo el mundo, menos los nazis, considera que Céline defendió una serie de opiniones política y moralmente despreciables.
Y sin embargo, Céline es uno de los escritores más grandes del siglo XX. Desde todos los puntos de vista.
En 1932 publicó una novela llamada Viaje al fin de la noche y se lo llevó todo por delante. Desde entonces, ya nada volvió a ser lo mismo.
Exageramos.
O no: el Viaje al fin de la noche es la novela más influyente de los últimos cien años. La historia de un tal Ferdinand Bardamu, que una mañana se pone a maldecir a Francia y a los franceses. Y para demostrarse a sí mismo que tiene razón o por no estarse quieto o por hacer la gracia o por lo que sea, acaba alistándose en el ejército y poco después, le mandan a la I Guerra Mundial.
Allí conoce la muerte, el miedo y el horror. Pero eso tampoco le basta y se marcha a África, a enfermar de paludismo y a saber cómo funcionan las colonias, y cuánto se roba, y que la naturaleza no tiene nada de idílico. Y luego, a Nueva York, para trabajar en la fábrica de Ford y alienarse como un obrero más. Y ya de vuelta a Francia, se convierte en médico y abre una consulta en un barrio pobre donde comprueba que la miseria humana no tiene fin.
Los griegos tenían la Odisea, nosotros tenemos el Viaje. Ulises quería regresar a su patria, Bardamu aprende que no tiene un hogar ni un sitio al que volver ni nada que se le parezca. Sólo le queda la huida.
Seguimos exagerando: Hoy en día todos somos celinianos.
Aunque no lo sepas, aunque no te guste, aunque no lo hayas leído, tú también eres celiniano.
Ser celiniano implica no quedarse quieto jamás, una insatisfacción constante, ver siempre lo malo y buscarlo, no encajar en ningún sitio, caer y caer, declararle la guerra al mundo y recibir todos los palos... Pero con mucho nervio y mucha rabia, nada llorica.
Céline luego escribió otros libros y los llenó todos de puntos suspensivos. Novelas atroces, desquiciadas, divertidísimas, maravillosas... Sobre su infancia, su juventud en Inglaterra, la caída del gobierno nazi en Francia o su posterior huida para salvar el pescuezo.
A Céline hay que leerle entero.
Ahora se ha editado en España Céline secreto (Ed. Veintisiete letras), un libro que su viuda, Lucette Destouches, escribió en 2001, en colaboración con Véronique Robert, y en el que recuerda su vida junto a Céline, años y años, desde 1935 a 1961, resumidos en poquito más de 100 páginas.
La buena mujer no aporta nada que no supiéramos ya. Céline lo contó todo. Pero se le agradece el tono, la proximidad y algo tan básico como que no quiera ni despellejarlo ni subirle a los altares.
Su Céline resulta muy real y muy creíble, y a nosotros nos ha gustado porque nos ha dado la oportunidad de reencontrarnos con un viejo amigo: seductor, gruñón, desesperado, intratable, amante de los chismes (la "expresión de una vida en marcha" los llamaba), odiado y perseguido por todos... Y medio loco al final de su vida, cuando ya se había convertido en una especie de monstruo o de mala bestia. Los periodistas acudían a él para oírle despotricar y su editor le pedía más y más libros. Pero casi todos le despreciaban, como Camus, que iba mucho por su casa (su amante daba clases de baile con Lucette), pero que nunca quiso conocerle.
¿Se le podía haber sacado más partido a los recuerdos de la viuda? Nosotros creemos que sí. Pero puede que sea porque la otra que escribe el libro, o la que lo escribe en realidad, Véronique Robert, nos ha caído muy mal: empieza cada capítulo con unos textitos muy cursis y muy bobos, en cursiva. Y eso Céline nunca se lo hubiera consentido. Antes, se la come por los pies.
Cerramos con una cita del Viaje para que entiendas cual es el tono y el espíritu:
"¡Mirad, asquerosos! Dejadme ser amable algunos años más aún. No me matéis todavía. Dejadme parecer servil y desgraciado, lo contaré todo. Os lo aseguro y entonces os doblaréis de golpe, como las orugas babosas que en África venían a cagarse en mi choza, y os volveré más sutilmente cobardes e inmundos aún, tanto, pero es que tanto, que tal vez diñéis, por fin."
Y una canción. Ha sido difícil elegir. Incluso hemos dudado si incluir alguna entrevista con Céline que hay en youtube, o con su viuda. A quien le interese ver en movimiento al viejo y escuchar su voz, que lo busque.
Al final nos hemos quedado con Tom Waits. No sabemos por qué, pero suponemos que él también nos parece celiniano y que nos gusta.